18 nov 2018 | Actualizado: 17:25
Dom 05 abril. 21.06H
Entre el recuerdo agónico del Titanic y el elogio de buque insignia, el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, de Santander, mira hacia el futuro inmediato con más certidumbre y sosiego que nunca antes en los últimos años, una etapa de zozobra que a punto ha estado de llevarse por delante la viabilidad del histórico centro cántabro. La visita del presidente Mariano Rajoy, de indisimulable carácter electoral, pero también de marcado contenido económico, ha sido un aldabonazo más para configurar el nuevo tiempo que se abre para, en verdad, uno de los hospitales más importantes y señeros del Sistema Nacional de Salud (SNS).

La apacible (y reconocida) trayectoria de Valdecilla se trunca repentinamente un día de 1999, con un desgraciado accidente que, además de costar vidas humanas, trastoca el rumbo del plan director que había en marcha y somete a sus profesionales a un grado de presión contraproducente. Los errores de las distintas administraciones hicieron el resto y el centro cayó en un oscuro túnel de obras eternas, que no parecían tener fin, y que llevaron el desánimo al propio centro y a la sociedad cántabra en su conjunto.

La solución de futuro para Valdecilla requería indudables dosis de ingenio y audacia política, para tratar de idear una solución que, evidentemente, no estaba entre las primeras del manual. Y claro, la diferencia a veces asusta y otras tantas, pone en guardia. Por tanto, la propuesta de colaboración público-privada ideada para finalizar el centro soportó duras críticas casi desde su misma enunciación.

Nada nuevo bajo el sol de nuestro SNS, en el que diferentes medidas de calado, dirigidas a transformar la gestión o posibilitar cambios normativos de alcance, han terminado guardadas en un cajón ante el empuje de una crítica que, en ocasiones, se ha convertido en un auténtico clamor social y profesional sin precedentes que, lógicamente, consiguió su objetivo.

Sin embargo, Valdecilla ha salido milagrosamente indemne de esta amenaza. Primero, porque todas las instancias judiciales han avalado el procedimiento de contratación del nuevo proyecto para la finalización de las obras. Y segundo, porque la documentación técnico-jurídica que acompañó al expediente respondió a las mayores exigencias administrativas. Por mucho que lo intentaron, y a fe que lo intentaron, no hubo manera de parar la solución final para Valdecilla.

Concluyen así 14 años de obras gracias a un contrato de colaboración entre el hospital y la UTE Ferrovial-SIEC, que incluye la construcción de tres torres de hospitalización con una superficie de 86.700 metros cuadrados y una inversión de 101 millones de euros. A cambio, la UTE adjudicataria gestionará durante los próximos 20 años los servicios no asistenciales del centro. Las obras se encuentran en su fase final y concluirán en poco más de un mes.

El Gobierno central ha aportado 57 millones de euros, 28 de ellos autorizados en el último Consejo de Ministros, según se ha encargado de recordar el propio Rajoy, convencido de que Valdecilla trasciende sus fronteras naturales y de hecho es “un hospital de Cantabria para todos los españoles”.

Entre el Titanic que pudo ser y el buque insignia que seguirá siendo, Valdecilla ha encontrado en la colaboración público-privada la necesaria palanca que reactivase definitivamente el plan de obras. Con una fórmula tradicional de contratación, es muy posible que las actuaciones se hubieran demorado aún más, y con ellas los sobrecostes y las demoras. Además, el Gobierno cántabro se apunta el indudable tanto de que el precio del nuevo hospital lo sufragará el Estado, una circunstancia que estaba implícita en la transferencia firmada en 2002, pero que con el transcurrir de los años, quedó en franco entredicho.

Una vez más queda demostrado que, sin necesidad de recurrir al dicho sobre el fin y los medios, sí es posible y necesario tener una amplitud de miras para encontrar nuevas soluciones en escenarios atascados. Quizá el procedimiento para concluir Valdecilla no ha sido el inicialmente pensado, pero lo cierto es que, al final, será el elegido. Y al margen del manido debate sobre la privatización o no, que solo interesa a quien interesa, el hospital está a punto de ser una esplendorosa realidad, tan titánica en su consecución como insigne en su desenlace.