Hace un par de años, y tomando como percha el 50 aniversario de mi graduación en medicina, publiqué en estas mismas páginas una columna titulada “Del blanco y negro a la inteligencia artificial”, en la que hacía un repaso de los enormes cambios registrados en la sanidad española durante este medio siglo que he tenido la fortuna de poder observar e intervenir en lo posible en ellos como clínico y gestor sanitario.

Obvio es decir que el balance de la situación era muy positivo y que los avances registrados en cualquiera de los indicadores de salud a lo largo de estas cinco décadas han sido espectaculares, aunque muchos de ellos sean debidos en gran parte a las mejoras de higiene y del nivel de vida en general y no específicamente al sistema nacional de salud. En todo caso, el gasto sanitario público por persona, pese a ser aun claramente inferior al de nuestros vecinos europeos, se ha multiplicado por algo más de 100 (x103,7) mientras que la inflación acumulada en este medio siglo en España ha multiplicado el coste de la vida por 30, es decir, menos de la tercera parte. 

Pero de la avalancha de datos comparativos entre los años setenta y la actualidad que se aportaban en la columna y que nos hacían concluir que “cualquier tiempo pasado…en modo alguno fue mejor, salvo porque teníamos menos años”, había algunos cuando menos inquietantes para los médicos. La comparación del sueldo bruto de un residente a principios de los setenta con los datos proporcionados por la Asociación MIR España para la década actual era de tan solo 30 veces superior, es decir exactamente la inflación, sin contar con que ahora se pagan muchos más impuestos, lo que muestra que desde luego no hemos avanzado mucho en medio siglo. No dispongo de los datos comparativos para los médicos adjuntos ni las enfermeras, pero por lo que yo recuerdo no deben mostrar tendencias muy diferentes.

Los MIR de los años setenta


Para entender los cambios experimentados en nuestro sistema sanitario en los últimos 50 años, es imprescindible poner el foco en el colectivo de los primeros residentes de los años setenta. Eran los estertores del franquismo y este grupo de médicos jóvenes en formación, presentes todavía en contados hospitales, estaba fuertemente politizado y movilizado. Aquellas promociones de residentes, de las que salieron la mayoría de los líderes sanitarios para muchos años, sentarían en gran medida las bases de lo que luego sería el sistema nacional de salud y liderarían ideológicamente los grandes cambios que se avecinaban.

Nadie ponía en duda que era necesario dar la vuelta por completo a un sistema, entonces meramente asistencial, fragmentado y basado mayoritariamente en las cuotas de los trabajadores, en la beneficencia o en la medicina privada, con escasos centros de excelencia situados en muy pocas ciudades, que contrastaban con una medicina muy precaria y elemental en grandes zonas del país.

Efectivamente se acertó en muchas cosas, pero definitivamente no en todas. La opción por un modelo estrictamente funcionarial para el personal sanitario, excluyendo cualquier otro modelo, regulado por un estatuto marco de hace cuarenta años y que ya cuando fue aprobado dio lugar a una conflictividad hospitalaria generalizada, fue un manifiesto error que ni se ha solucionado en todo este tiempo ni tiene viso alguno de solucionarse.

"No descansar hasta que el médico lleve alpargatas"


Aunque fueran estos médicos los inspiradores de la filosofía del modelo iniciado en la transición y estructurado durante los setenta y los ochenta por los gobiernos de UCD y PSOE, lo cierto es que ninguno de los partidos en el poder mostró excesiva confianza en los profesionales sanitarios a la hora de tomar las decisiones realmente importantes. Sin olvidar la excelsa promesa de Alfonso Guerra en 1982 de “no descansar hasta que el médico lleve alpargatas”, ningún profesional sanitario fue ministro/a de sanidad ni en los setenta ni en los ochenta ni en los noventa hasta el nombramiento de Ana Pastor en 2002. Bien está aconsejar, pero las decisiones importantes que las tomen otros no vaya a ser que se vayan a aprovechar.

De entrada, la asimilación a los funcionarios (el médico estatutario no es sino un funcionario sanitario, con menos ventajas laborales que aquellos), ha sido un factor limitante inexpugnable a la hora de plantear mejoras salariales sólidas, porque siempre se pone la excusa de que, si se suben los salarios hasta un determinado tope, habría que hacerlo también a maestros, policías, bomberos o cualquier otro cuerpo que nos podamos imaginar. Fue necesario inventar todo tipo de complementos, atención continuada y no sé cuántas cosas más para compensar unas retribuciones básicas ridículas para una profesión que requiere 12 años de formación para alcanzar una plaza básica.


"La rigidez de este sistema con tendencia a igualar a todos, trabajen o no, tengan iniciativa o se dediquen a vegetar y con independencia del grado de responsabilidad que asuman, está en la base, junto con las bajas retribuciones, y la politización del sistema, del descontento, burn out o como se le quiera llamar de los profesionales sanitarios y la emigración masiva de los jóvenes a otros países".



La rigidez de este sistema con tendencia a igualar a todos, trabajen o no, tengan iniciativa o se dediquen a vegetar y con independencia del grado de responsabilidad que asuman, está en la base, junto con las bajas retribuciones, y la politización del sistema, del descontento, burn out o como se le quiera llamar de los profesionales sanitarios y la emigración masiva de los jóvenes a otros países. A nadie puede sorprender que esta situación genere todo tipo de problemas a los que es obvio que no se están poniendo las soluciones adecuadas.

Tras la pandemia


La situación que acabamos de describir afecta a los dos niveles asistenciales, pero tras la pandemia se ha hecho mucho más grave y visible en la atención primaria. Su crisis ya cronificada tiene como síntoma e indicador más palmario el nulo entusiasmo que suscita entre los MIR la elección de esta especialidad.  El número creciente de plazas no cubiertas y en todo caso, su elección mayoritaria en los últimos lugares constituye una manifestación fidedigna por parte de los médicos jóvenes de la opinión que les inspira su incorporación a un sistema rígido, precario, sobrecargado y obsoleto. Se ha perdido la batalla de la buena imagen de la primaria, que era lo último que se podía perder. En todo caso, una estructura fuertemente jerarquizada en la que las decisiones “vienen de arriba” sin muchas o ninguna explicación y sin que muchas veces quienes ocupan ese “piso de arriba”, con las tendencias políticas que toquen en cada momento, tengan la menor idea de lo que gestionan, no es algo que ilusione a nadie y a la vista están los resultados.

No es superfluo pensar que muchas de estas distonías no se habrían producido o al menos no serían tan acusadas si en su momento se hubiera optado por el ejercicio liberal de la medicina, solo o en combinación con el modelo actualmente vigente, permitiendo así a los profesionales sanitarios una autoorganización sin perjuicio de que el estado financie el proceso y marque los estándares necesarios. Tampoco es tan raro porque es el sistema que impera en países tan cercanos en todos los órdenes como Francia o Italia donde un sistema tan rígido como el español simplemente ni se contempla. Sin embargo, cualquier paso en esta dirección en el momento actual supondría escuchar el mantra de la “privatización de la sanidad” al menos unas cien veces al día.


"Si alguna vez nuestros políticos consiguen centrarse en algo distinto a pelearse entre ellos, habrá que poner sobre la mesa el hecho de que el sistema, tal como está hoy concebido está agotado y que, por el mismo camino, lo único que vamos a conseguir es que se deteriore aún más. Ha funcionado bien y afortunadamente durante bastante tiempo, pero ya no da más de sí".



Aparte la obvia necesidad de mejorar muy sensiblemente la financiación del sistema, algo en lo que parece coincidir todo el mundo salvo los que tienen capacidad de llevarlo a cabo, si alguna vez nuestros políticos consiguen centrarse en algo distinto a pelearse entre ellos, habrá que poner sobre la mesa el hecho de que el sistema, tal como está hoy concebido está agotado y que, por el mismo camino, lo único que vamos a conseguir es que se deteriore aún más. Ha funcionado bien y afortunadamente durante bastante tiempo, pero ya no da más de sí.

Nuestro sistema nacional de salud necesita cambios de calado que devuelvan la iniciativa a los profesionales sanitarios, que permitan reconocer el trabajo y el esfuerzo y eso no se logra con una estructura piramidal como la actual. En frase atribuida a Einstein (aunque también a otros autores): "La locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes". Si no cambiamos de rumbo, difícilmente vamos a solucionar nada.