Me ha llamado la atención el título de un reciente artículo del periodista Ángel Díaz, “Las famosas pantallas no existen”, para afirmar a continuación algo obvio, que “
muchos adolescentes sufren problemas de salud mental vinculados a las redes sociales, pero otros encuentran alivio y compañía en ellas”.
La realidad es que el
uso excesivo y sobreexposición a las pantallas tiene efectos perversos que están documentados, tanto en la salud física, con problemas de visión, alteraciones del sueño, obesidad y otros efectos derivados del sedentarismo, como en salud mental, con ansiedad, depresión, dependencia, dificultad para controlar impulsos,
aislamiento social y desconexión del mundo real, la salud cognitiva, con déficit de atención y memoria, retraso en el desarrollo y fatiga cognitiva por la estimulación constante, y con efectos en el aprendizaje y el comportamiento, tales como bajo rendimiento académico, menor control de impulsos y
dificultad para gestionar la frustración y la paciencia.
Esto ocurre tanto en niños como en adultos, pero constatados los efectos de las pantallas con la evidencia disponible, no podemos culpar solo a las pantallas de los efectos adversos que nos ocasionen, sino a nosotros mismos por el uso responsable que hagamos de ellas, y sin quitar ni un ápice de responsabilidad a quienes dirigen, con
algoritmos perversos, el mundo digital que nos domina.
A partir del año 2010 comenzó el uso masivo de
internet y las
redes sociales. En el caso de salud no era lo habitual, salvo excepciones personales que por una u otra razón exploraban el mundo digital y la oportunidad que representaba para mejorar, agilizar y resolver procedimientos, informaciones y otras cuestiones relativas a la salud.
Desde entonces la evolución ha sido exponencial. En 2020 ya había 4.500 millones de usuarios en internet, es decir, casi el 60% de la población mundial. La navegación por internet, el uso de
Facebook,
Twitter,
Instagram o la reproducción en bucle de
Tik Tok, donde al hacer un clic o tocar un video, este se expande para continuar con la reproducción automática del siguiente vídeo, ha alcanzado cuotas impensables de visibilidad e interacciones.
Según la infografía /Blog de Arsys (2024), cada minuto se suben más de 500 horas de vídeo a
YouTube, se mandan 41.664 000 mensajes de
WhatsApp, se gasta 1 millón de dólares en compras on line, se visualizan más de 400.000 horas de vídeos en Netflix, y se suben más de 147.000 fotos a Facebook. Los algoritmos de estas aplicaciones están diseñados para hacer continua e interminable la aparición de noticias, vídeos o imágenes similares, además, de manera personalizada, utilizando las huellas que cada uno de nosotros deja en la red.
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"Es hora de que la inteligencia humana desarrolle su propio algoritmo racional, científico y riguroso para poder competir con la ventaja que le lleva ganada la inteligencia emocional, que está mucho más arraigada en nuestro cerebro primitivo"
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La revolución tecnológica configurada en lo que va del
siglo XXI no es solo de tecnología, sino relacional, basada en una continua e inmensa producción de información disponible y una nueva forma de relacionarnos e interactuar. La base de este fenómeno está en lo que Gérald Bronner llama “Desregulación masiva del mercado cognitivo” y el consiguiente “mercado de las ideas” y la monetización consecuente que hoy domina el comercio, el mundo y las relaciones.
Es evidente que internet ofreció
democratización en el acceso a la información, cuando ponía al alcance de la mano de cualquiera, tanto la recepción como la emisión de datos, sucesos, opiniones, emociones y modo en el que cada uno entiende el mundo. Pero hasta ese momento eran los periodistas que hasta ahora considerábamos serios, los expertos en los diferentes sectores, los responsables institucionales, los académicos y los científicos, quienes capitaneaban la
regulación de ese mercado de la información y de las ideas, y si una información no estaba contrastada y validada científicamente, difícilmente tenía cabida en ningún medio de comunicación o tribuna.
En mi humilde opinión, estos “gate keepers”,
garantes de la buena información, están llegando tarde a la incorporación al mundo digital, donde compiten en desventaja frente a los “influencers” y
nuevos expertos en comunicación en redes sociales, que han sabido captar la atención de la gente para “venderles” a continuación sus mensajes. Se trata en realidad de una competencia entre lo que consideramos la razón y la ciencia, frente a lo que es pensamiento y opinión, y en esta competencia ganan quienes han conseguido captar primero la atención del público, que son precisamente los que
utilizan las emociones, instaladas en el cerebro primitivo de homo sapiens, que llevan ventaja frente a los que utilizan la razón, con sus bases en el cerebro racional, instalado en el neocortex, y que tarda mucho más tiempo en reaccionar, analizar y asimilar cualquier información.
Hoy sabemos que “las pantallas”, ya sea la TV, Tablet, ordenador o el mágico Smartphone, dispositivo móvil que combina las funciones de teléfono convencional con las de una computadora personal, acceso a internet, correo electrónico, cámara y aplicaciones,
nos mantienen permanentemente “enganchados”, haciéndonos víctimas de ese algoritmo perverso que, como decía un ex alto ejecutivo de Facebook, han sido diseñados para crear y reforzar adicciones semejantes a las del juego, liberando dopamina cerebral cada vez que se produce un “me gusta” en nuestras publicaciones.
Las pantallas mantienen a los jóvenes despiertos más tiempo de lo razonable, atrapados en un mundo de visibilidad social a través de las redes sociales, formando parte de una comunidad paralela a la de la vida real, donde se establecen otras jerarquías y normas de comportamiento dominadas por el miedo a quedarse fuera de dicha comunidad. Por otra parte, fisiológicamente sabemos que la
alteración del sueño afecta al aprendizaje y al desarrollo intelectual, con lo que el círculo vicioso se retroalimenta, pudiendo afectar negativamente a las nuevas generaciones que crecen en esta perversa red, que atrapa toda su atención, situándose
cada vez más alejados de las evidencias científicas que rigen las leyes del universo, y siendo incapaces de ver al monstruo que tienen ante sus ojos.
En un experimento realizado en la
Universidad de Harvard, en el que dos equipos, rojo y blanco, se pasaban la pelota entre ellos, se les pedía a los participantes que contaran los pases de pelota entre un equipo, mientras un jugador, disfrazado de gorila, se paseaba en mitad del partido. El resultado fue que el 50% de los participantes en el experimento no vieron al gorila, concluyendo el estudio que, si el sistema visual se focaliza en una tarea concreta (en este caso era contar los pases de bola entre un equipo), puede no enterarse de acontecimiento considerables (el gorila en el partido).
En el mundo real y en el digital se está librando una batalla compleja, que va más allá de las guerras y los controles con IA, las elecciones gubernamentales, el mercado, la salud y la economía. En dicha batalla el poder de
la razón, el rigor y la evidencia científica está compitiendo con el poder de las emociones, del odio al sexo, impaciencia o intolerancia. Es hora de que la
inteligencia humana desarrolle su propio algoritmo racional, científico y riguroso para poder competir con la ventaja que le lleva ganada la inteligencia emocional, que está mucho más arraigada en nuestro cerebro primitivo, y que es la que nos pone en alerta inmediata para captar lo más preciado que tiene el ser humano,
la atención plena, aunque solo sea para ser conscientes de que el monstruo está a nuestro lado y no le estamos viendo.