17 nov 2018 | Actualizado: 16:10
Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes
Jue 23 noviembre. 10.10H
Una característica inherente a cualquier sistema sanitario público es el desencuentro entre médicos y administradores. Mas bien cabría decir entre los genéricamente llamados “profesionales sanitarios” (término eufemístico bajo el que se agrupan médicos, enfermeras y todo tipo de licenciados superiores o trabajadores sanitarios en general) y los gestores de la sanidad (también otro eufemismo para meter en el mismo saco a expertos en gestión, políticos sin la mas mínima raíz en el sector o médicos metidos accidental y temporalmente a la administración).

Parece lógica la existencia de un cierto tira y afloja entre aquellos profesionales que muestran un lógico deseo de trabajar en las mejores condiciones y con las mínimas limitaciones posibles (los médicos) y aquellos otros (no menos profesionales por cierto) metidos a gestores, y cuya responsabilidad fundamental es la distribución de unos presupuestos siempre limitados entre unas necesidades que se resisten a serlo. Sin embargo, las tensiones que habitualmente se crean entre ambos colectivos superan con frecuencia los límites razonables en otros sectores para convertirse en un verdadero divorcio que acaba por ser perjudicial para todos.

Una de las posibles razones de esta situación es el hecho de que la sanidad en general y los hospitales en particular, constituyen un ejemplo de empresa en el que, además de contar con tecnología muy sofisticada, una elevadísima proporción de sus trabajadores son licenciados superiores, doctores, profesores de universidad, etc., que en porcentajes también muy altos tienen un estatus académico superior al de sus directores, en ocasiones con diferencias abismales. Esta falta de simetría en unas empresas que con frecuencia son las más importantes de las ciudades donde asientan, y tanto muy influenciables por parte del partido político en el poder, fuere el que fuere, tiene consecuencias múltiples y casi todas indeseables.

Dicen que quienes tienen miedo de los demás, no hablan con ellos. Aquí puede radicar una de las causas fundamentales del desencuentro al que antes nos referíamos. La imagen del gerente enclaustrado en su despacho esconde a menudo una situación de verdadero temor ante el poder real o imaginario del médico hospitalario del que muchas veces éste no es consciente o al menos no en su verdadera magnitud. La ya citada desproporción entre oferta y demanda de recursos acaba convirtiendo el diálogo entre médicos y gestores en una eterna discusión entre inductores de gasto y limitadores del mismo, lo que sin duda no es un planteamiento muy edificante. Es como si existiera un muro, una valla  que dividiera el mundo sanitario en dos mitades y a cuyo través el diálogo se hiciera particularmente difícil. De ahí que el paradigma de la gestión consista en romper este tradicional divorcio y conseguir que el médico se implique y participe en el manejo adecuado de los recursos dedicados al sistema: lo que se conoce como gestión clínica, aunque los desaciertos en el manejo de este término en nuestro país hayan acabado por desacreditarlo.

Así las cosas, la ruptura de este muro sólo se produce si entre las dos partes se llega a crear un clima de confianza. Esta es sin duda muy difícil de conseguir pese a que no son pocos los médicos y los gestores que ponen su máximo empeño en lograrlo. Y aquí es donde entra en juego el tercer tipo de actores de esta tragicomedia: los políticos “aterrizados” en el campo sanitario con el único bagaje de su participación en el partido político en el poder en cada momento. Suelen ser abogados, a veces economistas o ingenieros y alguna ha habido especialmente relevante y negativa en la historia de la sanidad española, incapaz de acabar una carrera, pese a lo cual pasan a ocupar puestos claves en el sistema. Todos tienen en común su ignorancia absoluta del mundo sanitario, lo que les hace pensar que mediante alguna idea genial se pueden resolver la mayoría de sus problemas.

No deja de ser curioso que lo que en otros sectores se considera poco menos que una condición sine qua-non: el conocimiento del tema sobre el que se va a trabajar (no se imagina uno a un cirujano dirigiendo una central nuclear o a un médico de familia encargado de la Confederación Hidrográfica del Ebro), en sanidad pueda llegar a ser considerado por los responsables de los nombramientos, tanto en un plano estatal como autonómico, como algo meramente irrelevante.

Y aquí es donde el discurso del diálogo, la confianza, la gestión clínica etc., simplemente descarrila. El político profesional suele aprovechar su puesto para intentar saltar hacia parcelas de poder más importantes que las sanitarias o bien se prepara para su desembarco en el sector privado. Cualquier planteamiento a medio o largo plazo raramente encuentra acomodo entre sus objetivos y en el camino se pueden cometer bastantes extravíos que desde luego son menos habituales entre los profesionales del sector.

Muchos pueden ser los afectados y variadas las consecuencias, pero probablemente haya una fundamental: ¿Cómo se puede uno fiar de lo que digan unos señores (o señoras) que desconocen la realidad del sistema sanitario, no lo han vivido desde dentro y probablemente tras un paso breve por el mismo, no lo van a volver a tocar en su vida más que como usuarios?

A lo largo de mi carrera profesional como médico, he tenido ocasión de trabajar mucho tiempo a ambos lados de la valla, de vivir este desencuentro desde las dos vertientes y de soportar las incongruencias de los recién llegados al sector, incapaces de entender nada. Solo una conclusión: lo mejor de nuestro sistema sanitario son los profesionales sanitarios, tanto médicos como enfermeras. Con escasas excepciones, lo demás es claramente prescindible y desde luego nada de fiar.