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28 jun. 2017 17:05H
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Mediante una carta de fecha 19 de noviembre de 2014, el entonces ministro José Ignacio Wert Ortega ofreció a los biólogos “Por ello, lo que sí podría hacerse, y esta sería la propuesta por parte del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, es promover y tramitar un acuerdo del Consejo de Universidades, en el que se fijen los criterios para la elaboración de planes de estudio por las universidades en el ámbito de la Biología. Este acuerdo podría ser parámetro para la verificación de títulos por Aneca y el Ministerio”. Se abría la puerta a la ordenación de los estudios de grado de Biología, del mismo modo que está reglamentado para las profesiones reguladas. Esta propuesta del entonces ministro Wert fue rechazada prácticamente por unanimidad: unos de manera implícita, otros de forma explícita e inexplicada, aunque todos ellos sin saber el dislate que cometían.
 
En el marco legal vigente, aquella decisión tiene como efecto objetivo y material el posicionar los estudios de los distintos grados de Biología en una situación tal, que produce inferioridad en las expectativas profesionales de sus titulados. Se empiezan a notar los efectos de dicha decisión, ya que los distintos colectivos de biólogos buscan mejorar su acomodo en el marco legal asumido, intentando alcanzar los efectos de la posición rechazada, a través de másteres pretendidamente habilitantes para el ejercicio de la profesión de biólogo en alguna de sus especialidades. Digo “habilitantes” porque este adjetivo aplicado a un máster de post-grado no es un atributo que conceda el estamento que lo diseña, organiza, ofrece e imparte, sino que es un atributo que confiere el Ministerio de Educación Cultura y Deporte, al amparo de una disposición normativa con rango de ley.
 
Desde diversas instancias se están diseñando y organizando másteres que confieran el título de Biólogo Sanitario al graduado en Biología que acredite estar en posesión del futurible título de máster en cuestión. Su espejo es el máster que habilita a los psicólogos, que acrediten haberlo cursado con suficiencia, para el ejercicio como Psicólogo general sanitario (Orden ECD/1070/2013, de 12 de junio). Personalmente, considero que aquella pretensión no encaja en el marco legal en que se encuentran los estudios de los distintos grados de Biología, ya que dicha orden ministerial está dictada al amparo de una disposición normativa de rango legal, en concreto, la disposición adicional séptima de la Ley 33/2011, de 4 de octubre, General de Salud Pública, mediante la cual, se declara que la profesión de Psicólogo Clínico es una profesión regulada. Precisamente este es el requisito que inconscientemente se rechazó y menospreció de forma abrumadoramente mayoritaria para la profesión de biólogo. De hecho, el espejo es un simple señuelo. Así pues, quienes impulsan las citadas iniciativas conviene que aclaren el alcance formal de las mismas, no vaya a ser que buena parte del alumnado acabe sintiéndose engañado.
 
Puedo estar equivocado; ojalá sea así. No obstante, incluso en el hipotético supuesto de que se lograra la aprobación y publicación en el BOE de másteres de algunas especialidades de Biología con carácter habilitante, no me consta que nadie haya evaluado las consecuencias que tiene este hipotético logro sobre la unidad conceptual de la Biología, tanto en sus ámbitos académico como profesional.
 
Los responsables de las vertientes académicas y profesional de la Biología debemos velar por la dignidad del ejercicio de nuestra profesión. Es imposible mantener este enfoque desde planteamientos utilitaristas, orientados al beneficio individual o sectorial, por encima del interés general de nuestra profesión. Con este vínculo entre “dignidad” y “ejercicio de la profesión” no trato de dar ampulosidad a este alegato, sino que lo planteo en sus justos términos: no en vano, la libre elección de la profesión es un derecho constitucional (artículo 35.1 CE) y nadie puede sufrir discriminación alguna por razón de cualquier circunstancia personal, incluida la profesión (artículo 14 CE). Hay más perspectivas válidas para vincular aquellos dos términos.
 
Como bien señala Francisco en el punto 162 de su encíclica Laudato si’ (Alabado seas), de 24 de mayo de 2015, tomarse seriamente el desafío ambiental requiere afrontar con simultáneo rigor la solidaridad intergeneracional y la solidaridad intrageneracional. Pues bien, este enfoque también es válido para afrontar el futuro, con dignidad, de la profesión de Biólogo en España.
 
Por lo que respecta a la solidaridad intergeneracional, esta se ha quebrado, al haberse desaprovechado la oportunidad que nos brindaba el ministro Wert, lo que conlleva, como primera consecuencia, que las competencias profesionales del licenciado en Biología estén suficientemente definidas a través del Real Decreto 693/1996, de 26 de abril, mientras que dichas competencias profesionales no son automáticamente aplicables a los distintos graduados en Biología; así se desprende de la sentencia 399/2015, de 25 de mayo, de la Sala Contencioso-Administrativo, Sección 1ª, del TSJ Asturias (aunque el caso concreto concierne a ingenierías, el razonamiento tiene validez general). Así pues, tenemos dos tipos de biólogos: los licenciados con competencias profesionales formalmente reconocidas y los graduados, que de entrada no las tienen.
 
También se quiebra la solidaridad intrageneracional, garantizada por el RD 693/1996 antes citado. ¿Por qué lo valoro así? Pues muy sencillamente; aunque, en el mejor de los casos, se lograra la aprobación de másteres de habilitación profesional para algunas especialidades de la Biología, es imposible que esta (hipotética) solución se dé para todas las especialidades que emanan de los grados de Biología que actualmente se imparten y del RD 693/1996 de referencia. En ese óptimo supuesto escenario existirían graduados en Biología habilitados para el ejercicio de determinadas especialidades, mientras otros graduados en Biología, interesados en otras especialidades no tocadas con la varita mágica de la habilitación, estarían en desventaja respecto de los primeros.
 
En resumen, toda asimetría en los avances de reconocimiento social de nuestra profesión genera una brecha en la solidaridad inter e intrageneracional de los biólogos, lo que va en detrimento de la dignidad de nuestra profesión.
 
¿Astigmatismo o hara-kiri? Prefiero considerar que estamos ante la primera opción: ¡es corregible! O sea, considero imprescindible retomar el camino que Wert nos mostró, lo que significa abordar de una vez por todas que la profesión de biólogo sea regulada. Como decía aquel, los experimentos, con gaseosa y en casa.

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