A mi amigo, que es un honesto ciudadano español, potencial enfermo, seguro contribuyente y posible votante le interesa que cuando esté enfermo y necesite recurrir al
sistema sanitario no le hagan esperar, ser atendido por un médico (o equipo sanitario) competente y amable, pagar impuestos razonables acordes con el nivel y
calidad de los servicios públicos recibidos, ejercer su derecho de voto cuando corresponda y poder votar a políticos honestos que si llegan al poder cumplen lo prometido y no serán corruptos. Añade, además, que a pesar de su avanzada edad quiere opinar porque quiere vivir mientras exista.
De momento mi amigo está agradecido porque sabe que desde la
Ley General de Sanidad de 1986 por el mero hecho de ser español tiene derecho al
acceso gratuito a la asistencia sanitaria y además conoce sus derechos que estableció dicha Ley en el artículo 10. Poco más le importa de ella, excepto que desea que sus cuarenta años de vigencia no sean disculpa para eludir el cumplimiento de sus obligaciones de aquellos que lo encuentran en cualquier motivo. Lamenta que este tipo de personas no vean la viga en ojo propio mientras divisan la brizna en el ajeno, según sentencia evangélica.
Dice mi amigo que le
sorprende la cantidad de opinadores sobre planificación y gestión sanitarias que cacarean lo que tienen que hacer los demás, sobre todo la indeterminada Administración, pero se olvidan de revisar si ellos hacen lo que deben, que es por lo que se les retribuye. Dice que tal situación le recuerda a
Eugenio D’Ors para el que en Madrid a las ocho de la tarde dabas una conferencia o te la daban. Ahora, aquí, si no publicas lo que hay que hacer para mejorar el sistema sanitario, otros te lo publican.
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"Las personas actúan conforme a cómo vayan a ser evaluadas por lo que cada cual debe tener bien definido su puesto de trabajo en cuanto a las funciones, dependencia jerárquica, vínculo, horario y retribución"
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Recuerda mi amigo que, por muchas leyes, normas, protocolos, simposios, congresos, expertos, o lo que sea, si no existe relación entre lo hecho y la contraprestación percibida por hacerlo, todo será “marear la perdiz”. Será una organización voluntarista, desmotivada, proclive al desarrollo de listillos y aprovechados. Si sólo se retribuye por ir y estar, y eso con controles muy laxos, se irá y se estará (si se quiere), pero se hará aquello de lo que se saque provecho personal. Añade que los servicios públicos económicamente ingresan lo que gastan, por lo que sus
gestores tienen un grave problema ético, moral y deontológico. Los privados no pueden gastar más de lo que ingresan por lo que para sus gestores el problema es económico y de eficiencia. Incluso el valor añadido es diferente en el privado porque además de remunerar al trabajo, lo tienen que hacer al capital, a los accionistas y al Estado abonando los correspondientes impuestos, de lo que está exento el sistema sanitario público.
Dice mi amigo que cuando hay competencia y relación entre lo realizado y lo percibido aumenta
el esfuerzo y la productividad. De ello hay varios ejemplos, comenzando por los médicos. No se necesitan muchos congresos, comités de expertos, protocolos y demás parafernalia para darse cuenta de ello. Así, los médicos son los mejores estudiantes del Bachillerato porque si en la Selectividad no obtienen una elevada calificación se quedan fuera y no estudiarán medicina.
Durante la carrera estudian mucho porque el numero obtenido en el
examen MIR determinará el resto de su vida profesional. Mientras hacen la residencia trabajan duramente porque la plaza fija vendrá como consecuencia de ello. A partir de aquí los caminos son más enrevesados. El progreso de la
carrera docente universitaria de los médicos de tales hospitales lo determina la
ANECA para la que los índices bibliográficos son los determinantes; no cuenta ni la cantidad, ni la calidad asistencial. El factor de impacto de las revistas en que se realizan las publicaciones y el número de citaciones con su factor H relacionado, es lo primordial. En consecuencia, conforme a dicho criterio actúan, generalmente, la mayoría de los médicos de los hospitales universitarios, cuyo currículo vitae está plagado de publicaciones, pero
huérfano de patentes. No se ha encontrado un factor de impacto asistencial indiscutido como lo es el de las publicaciones. Nosotros construimos uno en el
Hospital Clínic de Barcelona para iniciar la carrera profesional de los médicos a finales del pasado siglo.
A mi amigo, como potencial paciente, le gustaría que el que más haga y mejor lo haga, mejor se le retribuya porque además de ser eso lo justo sabe que, de tal manera, seguramente, continuará con el
esfuerzo y el afán de superación. Y la próxima vez le atenderá igual de bien, o mejor, si cabe. El éxito de la Organización Nacional de Trasplantes es un ejemplo de lo dicho, en el que lo percibido guarda proporción con lo hecho. Incluso una investigación alemana (Science 2007) confirmó que
el dinero produce activación cerebral, sobre todo si los demás reciben menos. Hasta Don Quijote le dice a Sancho, (¡antes de 1605! fecha de la edición de la primera parte), que “un hombre no es más que otro si no hace más que otro”.
A mi amigo cuando enferme le es indiferente que le atiendan en el
hospital público o en el privado, lo que le interesa es que inicialmente le atiendan bien por medio de un médico competente y luego, si procede, por el equipo profesional, sin tener que esperar. Y, ya situado en la consulta, no ser recibido en una sala atestada de público sin saber cuándo será atendido, con esperas de una hora o más. El tiempo es un bien que no se puede reponer y cuando se acaba el que cada uno tiene asignado en su vida, se acaba todo. Hasta Pitágoras relacionó la libertad con el tiempo, al proclamar que
la libertad consiste en disponer del propio tiempo. Como recordaba el gran gerente alemán Hans Killan, la puntualidad es la primera norma de educación. Y de rendimiento. De los 43 años que llevo perteneciendo a la
Real Academia de Medicina de Cataluña es el lugar en el que he comprobado y disfrutado de la exquisita puntualidad con la que empiezan todos sus actos. De los siete presidentes que he conocido ninguno ha incumplido esa ejemplar costumbre.
Mi amigo lo que quiere es que se busque una manera de
incentivar el trabajo hecho, y bien hecho. Y el que más haga y mejor lo haga que sea el que más retribución perciba. Que se establezcan los controles de calidad adecuados. Todo lo demás son zarandajas y ganas de perder el tiempo y tener empleada a gente, que hace si quiere y si no quiere no hace. Y cobrando lo mismo, tanto si hace como si no hace. Y una pléyade de expertos diciendo a los demás lo que tienen que hacer sin presentar nada útil hecho por ellos. La mejor manera y más barata de
aumentar la productividad es dejar de hacer lo mucho inútil que a diario se hace, como recomendaba el famoso
Peter F. Drucker.
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"Es bueno incentivar los resultados, pues como recuerda sutilmente el Nobel de Economía Roger B Myerson, hace que alguien trabaje cuando nadie le mira"
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Mi amigo cree que es bueno incentivar los resultados, pues como recuerda sutilmente el Nobel de Economía
Roger B Myerson, hace que alguien trabaje cuando nadie le mira y sobre lo que
Finn Kydland, también Nobel de Economía, recuerda que Cuba ha demostrado que sin incentivos no hay prosperidad porque, afirma, que lo que es de todos no es de nadie.
Mi amigo me recuerda que las personas actúan conforme a cómo vayan a ser evaluadas por lo que cada cual debe tener bien definido su puesto de trabajo en cuanto a las funciones, dependencia jerárquica, vínculo, horario y retribución. Y
ser evaluado y retribuido según sea el desempeño ¿Es difícil? Sin duda. ¿Es imprescindible hacerlo? Absolutamente imprescindible.
Mi amigo me dice que la doble circunstancia de: a) la
definición de la salud que la
Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido que “es el completo bienestar físico, psíquico y social y no la mera ausencia de enfermedad” sumada a b) la
gratuidad en el acceso a la asistencia sanitaria pública, hace que la demanda sea ilimitada, y únicamente las dificultades para acceder al servicio actúa de freno, porque en el curioso sistema sanitario público el médico compra, el enfermo consume y un tercero paga. Y me recuerda, mi querido amigo, que en una determinada Comunidad Autónoma entre 2019 y 2023 el personal sanitario ha aumentado en un 20%, su gasto en un 42,41% pero la
lista de espera sólo se ha reducido en un 1%. No es sorprendente, porque la salud, como la belleza, no tiene límite. Es muy impopular
el copago, pero mi amigo me recuerda que países como Alemania, Bélgica, Finlandia, Francia, Italia, Portugal y Suecia, entre otros, lo aplican. Si tal medida no modera la demanda innecesaria del todo, al menos contribuye a la
financiación del sistema inflacionista sanitario.
Finalmente, mi amigo, me traslada que la
Comunidad de Madrid es, de las españolas, la que menos gasto sanitario público soporta, dispone del mayor número de hospitales de alta complejidad de todas ellas, es la de menor espera quirúrgica y sus ciudadanos gozan de la mayor esperanza de vida de todas las regiones europeas con 84,9 años. Me dice, en consecuencia, que, como ciudadano, potencialmente enfermo, seguro contribuyente y posible votante es la que más le gusta.
A mí me parece que tiene razón.