Hay frases recurrentes. Por ejemplo, que hay que despolitizar la sanidad. No sé cuántas veces he escuchado esa frase como periodista sanitario. Ojalá fuera cierto. Predicar sin el ejemplo tiende a derivar en mentira. Muestra de ello es lo que ha ocurrido con las listas de espera pues, como hemos publicado en Redacción Médica, el Ministerio de Sanidad se ha puesto a elaborar un nuevo modelo de sistema estatal para recopilar esta información al entrever notables maquillajes en los datos que envían algunas comunidades autónomas. Para ello, no se ha valido solo de intuición sino de informes del Tribunal de Cuentas de los últimos años, que ya alertaban de estrategias que habrían utilizado ciertos gobiernos autonómicos para hacer esos polémicos datos sanitarios más manejables de cara a una ciudadanía que a punto está, dadas algunas demoras, de tatuarse en la piel próxima fecha con el médico.

Este tipo de tretas son las que rompen el consenso social en tiempos en los que la democracia aletea tergiversada por pasiones políticas de una sociedad donde un porcentaje nada desdeñable ha nacido después de la Transición y, por tanto, devalúa la importancia de vivir en un sistema democrático. En este contexto, conviene que nuestros dirigentes políticos, que están ahí para administrar y servir con honradez el mandato ciudadano, trabajen para que el conjunto se sienta representado en lugar de trampeado.

En este sentido, existe además una máxima peligrosa: aquella que apuesta por la tecnocracia por encima de las ideologías y sus programas políticos (siguiendo la tesis de Jürgen Habermas: al tecnificar un problema social, se le cubre con un velo que lo expulsa del debate público). No hay que engañarse: muchas decisiones de gestión tienen ideología. Por ello, las malas artes políticas en algo tan sensible como la sanidad no deben dejarnos caer en opciones tecnocráticas que harían perder el control a las mayorías de cómo quieren gestionar su sanidad. Sin embargo, para ello resulta esencial el buen hacer político, el contrato social de quien manda, pero porque sirve al conjunto. Así, despolitizar la sanidad no es vaciarla de ideas sino de estrategias enfocadas a la pervivencia en el poder a costa de todo. De la salud también. Y de la dignidad de todos los ciudadanos; es decir, de todos los pacientes.