Jue 28 noviembre de 2019. 16.10H
Crónicas desde el Ampurdán
No es infrecuente que determinados dogmas médicos considerados como bien establecidos y aparentemente avalados por experiencias científicas contrastadas, un día pierdan su infalibilidad ante la aparición de un nuevo paradigma. Sucede en cualquier rama de la Medicina, pero aquí vamos a referir unos pocos ejemplos (hay muchos más) del mundo de la donación y el trasplante que han tenido una especial relevancia en el devenir de estas terapéuticas.

Algo que ha cambiado por completo en las últimas décadas son los criterios de compatibilidad entre donante y receptor y por tanto de distribución de órganos para trasplantes. El sistema HLA, fundamental en los trasplantes de médula y en otras ramas de la medicina como la genética, fue tomado como verdad revelada desde los años sesenta para el trasplante renal lo que supuso poner la inmunología en el centro de todo el proceso de toma de decisiones y la creación de macroorganizaciones nacionales (France Transplant) y supranacionales (Eurotransplant) enfocadas a crear grandes redes de intercambio renal (y posteriormente de otros órganos) siempre bajo el principio de que a mayor volumen de riñones a distribuir, mayores las posibilidades matemáticas de encontrar una igualdad entre donante y receptor.

Esta filosofía implicaba grandes desplazamientos de hasta miles de kilómetros con el consiguiente coste de tiempo y dinero, la existencia de grandes y costosos organismos dedicados a este intercambio y la desincentivación de los hospitales y de los equipos de trasplantes puesto que los órganos les venían de fuera, sin el menor esfuerzo, a través de fórmulas matemáticas. Mis primeras visitas a estos organismos al fundarse la ONT me sirvieron perfectamente para ver lo que no había que hacer. Hoy día, con una mejor inmunosupresión, el peso de la histocompatibilidad en el trasplante de órganos se ha relativizado mucho y no existe justificación científica para mantener estos esquemas.


"Algo que ha cambiado por completo en las últimas décadas son los criterios de compatibilidad entre donante y receptor y por tanto de distribución de órganos para trasplantes"


Paradójicamente, la abulia organizativa imperante en España en materia de trasplantes hasta la creación de la ONT nos libró de uno de estos macro - entes (que de existir habría sido un lastre insalvable como ocurrió en otros países europeos, ya que acabaron constituyendo un fin en sí mismos) y nos permitió centrarnos en la donación de órganos. Las normas de intercambio bien definidas se limitaron a urgencias y casos concretos, con una priorización de los trasplantes a los centros más cercanos y la consiguiente mayor implicación de los equipos en la donación de órganos. Ahí están los resultados.

Otro cambio de paradigma con marcadas repercusiones organizativas ha sido el de los bancos de cordón. No me refiero a los bancos autólogos o privados, cuya utilidad ha sido siempre más que dudosa, sino a los bancos públicos, mejor llamados halogénicos. En 1993 se creó en Nueva York el primero de estos bancos, de los que en España tenemos siete, que almacenan más de 60.000 unidades de las 750.000 existentes en todo el mundo. Solo en Estados Unidos, con una población siete veces mayor, hay más cordones que en España a disposición de quien lo necesite en cualquier lugar del mundo.

Algunos hematólogos pronosticaron que los trasplantes de células de cordón iban a desplazar en gran medida a los de médula con la ventaja de requerir una menor compatibilidad y disponer rápidamente de la unidad a trasplantar sin necesidad de recurrir al donante. Ello condicionó una estrategia de captación de donantes y creación de bancos que funcionó durante una serie de años en que se utilizaron bastantes cordones en el tratamiento de diversas enfermedades y España se convirtió en un país netamente exportador de los mismos en relación directa con las unidades almacenadas y la calidad de las mismas.

Pero el trasplante de médula nunca se vio desplazado por el de cordón salvo en centros muy especializados y sobre todo para niños. El punto definitivo de inflexión se dio con la introducción de los trasplantes haploidénticos entre familiares con solo una compatibilidad del 50 por ciento en los casos en que no se encuentra un donante ideal en el registro mundial, una indicación antes parcialmente relegada al cordón. De 149 trasplantes de cordón realzados en España a principios de esta década se ha pasado a 33 en 2018 y la tendencia a la baja es universal. Ello augura un porvenir complicado para estos bancos, salvo que se reinventen con aplicaciones distintas para estas células, algo muy investigado, pero hasta ahora sin respuesta clara.


"El trasplante de médula nunca se vio desplazado por el de cordón salvo en centros muy especializados y sobre todo para niños"


Y qué decir de la gran panacea de la medicina moderna: las células madre. A principios de siglo, cualquiera que se atreviera a dudar en España de que las células madre iban a curar la diabetes, el Parkinson y no se cuántas cosas más y además para ya, podía ser calificado de ignorante y además ubicado políticamente en los partidos alejados de la verdad prometida. Grandes proclamas políticas, morales y religiosas, grandes sumas invertidas en proyectos de investigación de dudoso rédito y hasta el nombramiento de algún ministro, profeta de la buena nueva y por lo demás totalmente prescindible.

Casi 20 años después, la diabetes se sigue tratando con insulina y el Parkinson con neurofármacos, los titulares triunfalistas de periódicos pueden contarse por miles, pero quienes parecen haber mejorado claramente su salud gracias a las células madre (que siguen siendo como siempre la eterna gran esperanza de la Medicina) son los ratones de laboratorio. Las aplicaciones clínicas establecidas, si exceptuamos las puramente hematológicas, pueden contarse con los dedos de una mano y desde luego nada que haya cambiado la historia de la Medicina. Las estructuras de investigación creadas al efecto y muchas veces en detrimento de otras líneas que podían haber dado mejores resultados, siguen ahí, aunque lejos de los entusiasmos iniciales.

De estos ejemplos y de otros que dejamos para mejor ocasión se deduce la necesidad de un sano escepticismo ante según que afirmaciones sostenidas ardorosamente por determinados expertos, y que pueden llevar a tomar decisiones equivocadas que conlleven tiempo y dinero mal empleados. Y cuando identifiquemos el discurso de alguno de estos expertos que conduzcan hacia un solo camino salvador, conviene buscar Intereses muy terrenales que en no pocas ocasiones explican fielmente la defensa entusiasta de dogmas científicos.