Se atribuye a
Voltaire y al folclore popular la frase: “Cuidado con lo que pidas, no sea que te lo concedan” y, en ella, se resume muy bien lo que quiero expresar en este artículo.
Pocos ámbitos laborales están tan cargados de
tradición, resistencia al cambio y una
complejidad organizativa tan intrincada como el de los
hospitales. En el centro de este torbellino se encuentra uno de los debates más espinosos de la
sanidad moderna: la abolición de las
jornadas laborales de 24 horas para el
personal médico. A primera vista, la petición parece un clamor de justicia y sentido común. ¿Cómo puede un médico, de quien se espera precisión milimétrica y empatía infalible, trabajar de forma continuada durante un día entero? La evidencia científica sobre la
privación del sueño y su impacto en la
seguridad del paciente es abrumadora. Sin embargo, la advertencia de Voltaire resuena con una fuerza inusitada en los pasillos de los hospitales, porque cambiar este modelo no es solo modificar un horario; es
reescribir el ADN de la profesión, y hacerlo
sin perder retribución y sin empeorar lo existente se antoja un ejercicio de equilibrismo casi imposible.
La
guardia médica de 24 horas es una institución con profundas raíces históricas y funcionales. Más allá de la tradición, responde a una necesidad práctica de
continuidad asistencial. El hospital es una máquina que no se detiene, y durante la noche, la guardia presencial garantiza que un mismo facultativo, conocedor de la
evolución de los pacientes, sea quien tome las decisiones críticas. Pero este modelo, que forjó el concepto del '
médico de cabecera' dentro de las paredes hospitalarias, se sostiene sobre un
pilar económico y retributivo muy delicado.
Para una gran mayoría de médicos, el
salario que perciben por estas guardias (retribuidas a un
precio por hora inferior a la
jornada ordinaria) constituye una parte sustancial de sus ingresos mensuales. Es, en muchos casos, lo que separa una
nómina digna de una que roza la
precariedad, especialmente en los primeros años de la carrera profesional. Por lo tanto, cualquier propuesta de cambio se enfrenta al primer gran escollo: ¿cómo eliminar esas horas sin mutilar el
poder adquisitivo de los facultativos?
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"Podríamos despertar en un sistema donde los médicos, para llegar a fin de mes, tengan que encadenar contratos en tres hospitales diferentes"
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La primera respuesta instintiva desde la gestión sería la
contratación de más personal para cubrir esos
turnos. Si se eliminan las guardias de 24 horas, estas se descompondrían, por ejemplo, en
turnos partidos de tarde y noche. La solución parece sencilla sobre el papel, pero choca con la cruda realidad de las cuentas hospitalarias. El coste de contratar a un número significativo de nuevos especialistas para mantener la misma
cobertura es astronómico, probablemente inasumible para la mayoría de los
sistemas de salud públicos, ya de por sí tensionados. Si además se pretende que el médico no pierda poder adquisitivo, el coste se dispara, porque el hospital debería compensar la diferencia entre lo que se ganaba haciendo una
guardia y lo que se ganaría haciendo dos
turnos ordinarios. Y aquí surge la trampa que esconde el refrán: ¿y si para concedernos la petición, la administración decide no aumentar la
masa salarial, sino repartir el mismo pastel entre más comensales? El resultado sería una pérdida generalizada de ingresos para los médicos, una
precarización encubierta bajo el manto de la "conciliación".
Pero el desafío va más allá de lo puramente económico.
La
organización del trabajo en un hospital es un ecosistema delicado. Aumentar el número de profesionales implica no solo más salarios, sino más taquillas, más espacios, y, lo más complejo, más líneas de
comunicación y transferencia de información. El riesgo de
fragmentación de la asistencia es uno de los grandes fantasmas de este cambio. Con las guardias de 24 horas, un solo médico ve la
evolución del paciente durante un periodo prolongado. Con múltiples cambios de turno (tarde-noche-mañana), el número de traspasos de información se multiplica, y con ellos, el riesgo de que datos cruciales se pierdan en el camino. Se podría pasar de un modelo de
continuidad en la persona a un modelo de continuidad en el papel, más frío y proclive al error. 'Lo que tenemos', con todas sus deficiencias, garantiza una
figura de referencia durante un ciclo completo. Lo que 'venga' podría ser un ejército de
médicos más descansados, pero más despersonalizados, que ven al paciente como un caso que pasa por sus manos durante un relevo de siete horas.
¿Y en el periodo de formación MIR?
Otro de los pilares que se tambalean es el formativo. Tradicionalmente, el periodo de residencia (
MIR) se ha forjado en las guardias. Es en esas largas horas de soledad y responsabilidad donde los
médicos jóvenes aprenden a tomar decisiones rápidas, a
gestionar la incertidumbre y a
resolver problemas sin la supervisión directa y constante de sus adjuntos. Eliminar la guardia de 24 horas sin un rediseño pedagógico profundo podría crear una generación de especialistas brillantes en teoría, pero con menos temple para la adversidad nocturna. Si a esto le sumamos la
presión de los sindicatos y
colegios profesionales para que el nuevo modelo no sea "peor", la ecuación se llena de variables casi imposibles de despejar.
En definitiva, la demanda de erradicar las inhumanas jornadas de 24 horas es justa, necesaria y está respaldada por la
ciencia. Sin embargo, la advertencia de Voltaire actúa como un poderoso antídoto contra la ingenuidad. Nos recuerda que en sistemas tan complejos como la
sanidad, las soluciones lineales no existen. El cambio es inevitable y debe producirse, pero hacerlo sin tocar la
retribución y garantizando que el nuevo modelo sea superior al actual requiere una inteligencia organizativa, una
voluntad política y una inyección presupuestaria de una magnitud tal que raya la utopía.
El verdadero reto, por tanto, no es lograr que nos concedan la petición. El reto es definir con absoluta precisión qué es lo que estamos pidiendo. Porque si nos limitamos a pedir "menos horas de trabajo", podríamos despertar en un sistema donde los
médicos, para llegar a fin de mes, tengan que encadenar contratos en tres hospitales diferentes, fragmentando aún más su vida y la
atención al paciente. El cuidado que debemos tener al formular la petición no es solo para que no nos la concedan de cualquier manera, sino para que, al concedérnosla, no nos entreguen un futuro que, aunque distinto, sea la versión empeorada de un pasado que ya no nos servía.