19 nov 2018 | Actualizado: 18:10
Por Javier Urra, doctor en Psicología
Dom 03 abril. 18.30H
No se trata de sospechar de nadie, ni de ponerse paranoico contra todos. No es una norma de desconfianza. Es prevención. Es defender, a quién no puede defenderse, los niños, que confían y se entregan con ingenuidad a los adultos.

Algunos de estos adultos han sido condenados judicialmente por agresiones y / o abusos sexuales a niños. Y siendo eso así, más de 42.000 ciudadanos, no pueden trabajar con niños, ni en su entorno, ya sea en el ámbito educativo, sanitario, de ocio, o de cualquier otro tipo.

La realidad se impone, los pederastas, son multireincidentes, y no debemos permitir que estén, junto al objeto de su pulsión, los niños. En primer lugar y más importante para no dañar a estos, y en segundo para no volver a prisión.

Nadie en su sano juicio integraría a un pirómano, al cuerpo de bomberos. Los pediatras se caracterizan por estudiar para sanar vocacionalmente a los niños, y son muy conscientes de que hay daños emocionales que no se reflejan en un TAC o en una radiografía, pero que son indelebles.

Pensar en un ginecólogo violador, o en un pediatra pederasta, es una sin razón, una esquizofrenia, un dolor que no nos podemos permitir, entre otros por la dignidad de la profesión, y la que es intrínseca a todo niño.