Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes.
Sáb 15 diciembre de 2018. 13.15H
Crónicas desde el Ampurdán
La pregunta que encabeza esta columna resulta pertinente a la vista de la reciente noticia sobre el primer bebé concebido en Sao Paulo tras un trasplante de útero de donante fallecido. La respuesta es que como casi todo lo que se puede hacer se acaba haciendo, seguramente esto también. Otra cosa es que se deba hacer, aunque sea técnicamente posible y al alcance de los equipos españoles de trasplante.

Un poco de historia: una de cada 5000 mujeres nace sin útero, aunque con ovarios, morfología y perfiles hormonales femeninos normales. Esta anomalía congénita denominada síndrome de Mayer – Rokitansky, conlleva obviamente la imposibilidad de quedarse embarazada y lo mismo pasa con otras enfermedades que conducen a la extirpación del útero en edad fértil. O al menos eso ocurría hasta ahora.

Siguiendo la filosofía de que a grandes males grandes remedios y que si no se demuestra lo contrario, casi cualquier órgano puede ser trasplantado, los intentos de hacerlo con el útero datan del año 2000 y de un país que no destaca precisamente por su tendencia a la innovación: Arabia Saudí. El trasplante realizado con un útero extirpado por motivos médicos a otra mujer acabó en trombosis y extirpación del órgano trasplantado. Un segundo intento con útero de donante fallecida, realizado en Turquía finalizó en aborto a las pocas semanas de gestación, y así hasta al menos 10 intentos fallidos (que se sepan porque los fracasos no suelen publicitarse) en países como USA y la República Checa. No es técnicamente fácil.

La perspectiva cambió cuando entró en acción el ginecólogo sueco Mats Brannström, que decide trasplantar úteros de donantes vivas, habitualmente las madres de las pacientes o amigas de las mismas (hay incluso un caso de gemelas). Para minimizar el riesgo de que un fallo inicial diera al traste con el programa experimental, en lugar de hacer un solo caso comenzó con 9 mujeres. Con ello consiguieron que pese a tener que extirpar dos de los úteros trasplantados, finalmente en 2014 naciera el primer niño.
Los intentos publicados hasta ahora en distintos países han sido 40 de los que han nacido 11 bebés, la mayoría con intervención del equipo sueco, con fracaso del resto. Este complejo procedimiento, tanto si es de donante vivo como fallecido se complementa como es lógico con técnicas de reproducción asistida.

Se plantean varios problemas y no pequeños. La receptora tiene que ser sometida a la intervención quirúrgica del trasplante (como se ve, difícil) a la que se suma la extirpación del órgano al finalizar el embarazo (pues de otra forma habría que seguir indefinidamente con el tratamiento anti -rechazo) y la casi obligada cesárea. A ello se añade el tratamiento con inmunosupresores para combatir el rechazo, mantenido durante un periodo prolongado y aún no bien definido, puesto que hay que esperar tiempo tras el trasplante y después conseguir que la reproducción asistida funcione. Estos medicamentos conllevan efectos tóxicos justificados en los casos de órganos vitales pero muy discutibles cuando el objetivo es la gestación de un bebé que también se puede ver afectado por estos fármacos (aunque el riesgo por lo que se conoce de otros trasplantes sea bajo) y las demás circunstancias asociadas que condicionan un embarazo de alto riesgo.

Como se ve, es un tema complejo, cuyas dificultades además de técnicas son de índole ética y práctica al conllevar riesgos difícilmente justificables en ausencia de una enfermedad grave tratable mediante el trasplante.  Sobre todo, cuando desde el punto de vista médico existen alternativas como la gestación subrogada, bastante más sencilla, aunque no esté aún regulada en España (por no hablar de la adopción). A ello hay que unir un coste cifrado en 100.000€ que para un tratamiento de estas características no parece un tema menor y en los casos de donante fallecido la afortunada escasez de mujeres en edad fértil que fallezcan con posibilidad de donar, en cualquier país desarrollado y por supuesto en España.

La ONT ya encargó en 2016 un informe a su comité de bioética presidido por el Profesor Diego Gracia, sobre el trasplante de útero, que puso de manifiesto grandes reticencias, pero que en todo caso estableció claramente cuáles debían ser los requisitos en caso de que surgiera una iniciativa (algo que hasta el día de hoy no se ha producido pese a algunas declaraciones en prensa). La directora de la ONT se ha mostrado (con razón) claramente contraria al procedimiento, poniendo de manifiesto lo evidente: que al menos por el momento, la relación riesgo / beneficio es francamente negativa.

Se trata de un asunto que levanta grandes pasiones y que aún sin plantear en España, las meras declaraciones de que podría llevarse a cabo por parte de un cirujano español miembro del equipo sueco que llevó a cabo los trasplantes, motivaron ya hace años un aluvión de consultas para someterse a este tratamiento, que me imagino se repetirá ahora de nuevo tanto a ginecólogos como a trasplantadores.

Igual que ocurre con otros trasplantes experimentales como los de cara o brazos, caso de producirse la solicitud a la ONT de un caso concreto, tendría que venir avalada por la Comunidad donde se fuera a realizar, siempre en un hospital con gran experiencia trasplantadora (y por tanto, público), con el informe correspondiente de su comité ético y después ser evaluada por una comisión de la ONT en la que participan expertos de todas las comunidades. Con ello se logran las máximas garantías para los pacientes y la máxima transparencia del proceso. En este caso, sin duda habría mucho que discutir,