La investigación y desarrollo de nuevos medicamentos, desde su concepción original hasta que pueden ser prescritos a los pacientes, es una encomiable tarea de la industria farmacéutica.
 
Éste es un proceso largo y tedioso, una carrera de obstáculos en la que hay que demostrar que un fármaco es útil, seguro, eficaz, eficiente y que, además, aporta un valor añadido a los medicamentos ya existentes.
 
El desarrollo de un nuevo fármaco conlleva la realización de múltiples estudios y ensayos clínicos que garanticen que puede ser consumido por los pacientes sin riesgo alguno para ellos. Después de haber sido aprobado por las principales agencias de medicamentos y registrado por la administración sanitaria, el nuevo medicamento podrá, por fin, ser recetado por los médicos a sus pacientes. Como la industria farmacéutica no tiene acceso a los enfermos, en la investigación y desarrollo de los nuevos medicamentos resulta imprescindible la participación de los médicos.
 
Los ensayos clínicos exigen de los profesionales y de los centros sanitarios mucha dedicación y esfuerzo: reuniones previas, burocracia, firmas, aprobación por las autoridades competentes, formación y adiestramiento en la metodología del ensayo, reclutamiento de pacientes, cumplimiento del protocolo, completar las bases de datos, recibir auditorias, atender a los monitores, reuniones para valorar cómo va transcurriendo el estudio, su término, una reunión final y la presentación de los resultados.
 
Todo este trabajo es remunerado. La administración, los centros sanitarios y los médicos que asumen esta carga laboral adicional a su actividad asistencial cobran por ello. Las fundaciones hospitalarias, los Comités de Ética de la Investigación Clínica, las unidades de investigación y las gerencias hospitalarias, velan por que este trabajo se realice de forma escrupulosa y exquisita, según las normativas internacionales. Y aquí hay que mencionar, fundamentalmente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Declaración de Helsinky que, promulgada por la Asociación Médica Mundial, establece los principios éticos que deben guiar a la comunidad médica en la experimentación con seres humanos.
 
Los organismos de control hospitalarios aprueban una memoria económica para cada ensayo clínico, donde quedan perfectamente reflejadas las cantidades que recibirán todos los agentes involucrados en su desarrollo y ejecución, el hospital a través de su Fundación, los investigadores y los colaboradores.
 
Las cantidades que se pactan en la memoria económica, habitualmente no están a la altura de la carga de trabajo que conlleva participar en un ensayo clínico, por lo que muchos médicos no aceptan participar en ellos. No obstante, siempre hay profesionales dispuestos a colaborar con el progreso científico. La industria farmacéutica corre con los gastos de las reuniones que se convocan durante el estudio. Y si, finalmente, los resultados son prometedores, es normal tener una reunión final para darlos a conocer y brindar por el éxito alcanzado.
 
Estos resultados deben ser comunicados al resto de profesionales para que puedan trasladarlos a su práctica clínica en beneficio de sus enfermos. Aquí, de nuevo, la industria farmacéutica desempeña un papel fundamental en la formación de los médicos y en la divulgación del conocimiento científico. La organización de reuniones, jornadas, mesas redondas, seminarios, grupos de discusión, talleres o cualquier otra forma de aglutinar a expertos y profesionales ávidos de conocimientos, ha sido siempre una necesidad formativa para estos profesionales de la sanidad y un motor para el desarrollo y sostenimiento de los congresos médicos. Y, en el escenario de la sanidad española, la industria farmacéutica ha asumido históricamente un gran protagonismo en la formación continuada de los médicos del sistema sanitario público, aliviando a la Administración del coste que le supondría tener que formar a sus profesionales.
 
Además, gran parte de esta formación se realiza fuera del horario laboral y, muchas veces, durante fines de semana, lo que supone un sacrificio adicional de los médicos en detrimento de su vida privada. La asistencia a congresos, jornadas y reuniones ha estado históricamente financiada, principalmente por la industria farmacéutica, y vista con recelo por el resto de agentes sociales.
 
Una vez que el medicamento sale al mercado, el sistema permite que haya competencia. Esto quiere decir que un número variable de laboratorios farmacéuticos pueden presentarle al médico el mismo producto o productos muy similares, con una clara intencionalidad comercial donde cada uno quiere vender el suyo. La figura de los laboratorios licenciatarios conduce a un escenario donde el mismo medicamento puede responder a diferentes nombres comerciales que compiten entre sí. ¿Qué criterio serio o científico puede inducir a un profesional sanitario a elegir uno entre ellos? En realidad, ninguno. ¿Entonces?
 
Esta actividad comercial de la industria farmacéutica siempre ha dado mucho que hablar y ha supuesto que la relación entre médicos e industria sea vista siempre con desconfianza. Unos quieren vender y otros se dejan sobornar, según parece deducirse de los habituales comentarios que se vierten sobre esta perversa relación. Los laboratorios obsequiarían a los médicos con viajes y regalos con la finalidad de que receten sus productos. Laboratorios corruptos y médicos delincuentes: roles que no existirían si no hubiera esta actividad comercial.
 
En los últimos años, se ha considerado necesario introducir elementos de transparencia en las relaciones entre médicos y laboratorios. Con ello se pretende que las transferencias de valor entre ambos sean públicas para que nadie dude de la honestidad de unos y de otros. Este movimiento lo lidera Farmaindustria, grupo de presión e interés que agrupa a la gran mayoría de los laboratorios farmacéuticos innovadores, que representan la casi totalidad de las ventas de medicamentos de prescripción en España.
 
Todos los asociados a Farmaindustria, así como los miembros de la Federación Europea de la Industria Farmacéutica (Efpia) y aquellos laboratorios que, no siendo asociados, se han adherido voluntariamente al Código de Buenas Prácticas, se comprometen y obligan a respetar, en sus actividades promocionales y en sus interrelaciones con los profesionales sanitarios (o con cualquier otra persona que, en el ejercicio de su profesión, pueda realizar o condicionar las actividades de prescribir, comprar, distribuir, dispensar o administrar un medicamento), los principios recogidos en el Código de Buenas Prácticas del Sistema de Autorregulación. Muy recientemente, apenas hace un mes, Farmaindustria se ha registrado definitivamente como lobby.
 
En enero de 2014 entró en vigor un nuevo Código de Buenas Prácticas de la industria farmacéutica: el Código de Farmaindustria. En este código se recogen los principios elementales relacionados con la promoción de medicamentos de prescripción, la interrelación con profesionales, organizaciones sanitarias y organizaciones de pacientes, así como la transparencia de las interrelaciones de la industria farmacéutica. Además, se establecen las reglas de aplicación, control, infracciones y sanciones, así como el reglamento de los órganos de control del código. El principio fundamental que ha guiado el mensaje del nuevo código es la transparencia como generador de confianza.
 
Los laboratorios farmacéuticos, al amparo del código de Farmaindustria, han adaptado progresivamente su forma de relacionarse con los médicos. La actividad promotora de ensayos clínicos se ha mantenido, dado el interés de todos en la investigación y desarrollo de nuevos medicamentos.
 
Sin embargo, la actividad patrocinadora de la formación médica se ha resentido notablemente. Se han reducido drásticamente las ayudas de forma global. Algunos laboratorios se han radicalizado en posiciones en las que no se puede financiar ninguna actividad en la que participe un médico potencialmente prescriptor. Otros han articulado mecanismos de donación de fondos a sociedades científicas para que se mantenga la celebración de congresos y reuniones, pero siendo la sociedad científica la que finalmente paga los honorarios de los profesores y ponentes de estos cursos, en aras de la tan deseada transparencia. Como mecanismo alternativo (quien hace la ley, hace la trampa), se organizan congresos, mesas y jornadas donde el ponente es extranjero, por lo que al no ser un potencial prescriptor en nuestro país, todo es más ético y aquí no pasa nada. Eso sí: es muy importante que no te vean tomándote un café con un delegado de visita médica.
 
Lo único que no se ha resentido (sino que más bien al contrario, se ha acentuado) es la presión comercial sobre los médicos. La realidad es que, al final, el laboratorio quiere vender su producto y la imagen de delegados de visita médica esperando en el pasillo o en la puerta de la consulta para decirnos “Doctor: usted tiene que recetar mi producto”, sigue siendo habitual. Muchas veces este contacto comercial tiene lugar delante de pacientes, en salas de espera o delante de habitaciones de pacientes ingresados, alimentando la imaginación de pacientes y familiares que son testigos de cómo los laboratorios obsequian y sobornan a los médicos. ¿Cuántos delegados estarán esperándome hoy en la consulta, precisamente hoy que llego con el tiempo justo? Piensa el médico camino de la consulta ya que, por educación, los tendrá que atender. ¿Qué gana el médico perdiendo un tiempo precioso en escuchar a un delegado detrás de otro que, tras intentar ser amables, te recuerdan los productos que llevan y te insisten en que se los recetes? ¿Qué valor aporta esta presión comercial? ¿Por qué se permite? ¿En base a qué criterios voy, finalmente, a elegir entre varios nombres comerciales de un mismo medicamento? ¿Al que más me lo haya recordado? ¿Al más pesado? ¿Al que me invite a comer, como se deduce de un estudio recientemente publicado y divulgado profusamente en las redes sociales?
 
Farmaindustria debería entender que al médico no le interesa la visita comercial, más bien le desagrada esa presión. Debería entender que esta visita es la fuente de la presunta coacción a los médicos para conseguir que se receten sus productos y se debería perseguir. Y debería entender que los médicos no necesitamos que nos recuerden cada dos por tres el nombre de los medicamentos que debemos utilizar.
 
Farmaindustria debería añadir a su código algunas reglas adicionales centradas en el escenario comercial sin fomentar el deterioro de las actividades centradas en el circuito científico. Cuando se comercializa un nuevo medicamento, se debería presentar a la comunidad científica en los congresos, reuniones y jornadas organizados por las sociedades científicas. Se debería realizar una presentación del nuevo producto a los profesionales en las unidades prescriptoras, entiéndase servicios hospitalarios, centros de salud… Y también denotaría una gran honestidad social que se presentara a las asociaciones de pacientes.
 
Se deberían identificar claramente las indicaciones del nuevo producto, qué hueco viene a cubrir, qué aporta sobre lo ya existente. Se debería definir por las autoridades correspondientes y las sociedades científicas en qué circunstancias se debe prescribir cada uno de los medicamentos con potencial indicación en una patología concreta. Si se aceptan diferentes opciones comerciales para una misma indicación, deberían detallarse los recursos comerciales que se van a permitir, para que los médicos tengan herramientas para elegir entre uno u otro y aceptar estos recursos comerciales sin generar desconfianza.  
 
“La estrecha relación entre médicos y laboratorios” era el titular de un desafortunado artículo de opinión publicado en El País hace poco. “El registro de transparencia holandés revela pagos de las compañías por valor de 51 millones de euros”, se podía leer a continuación, dando pie a pensar en posibles corruptelas, aunque en algún momento aclaraba que “no es que ingresen el dinero en sus cuentas bancarias”.
 
Esta imagen de presunción de culpabilidad debe ser desterrada. La relación entre médicos y laboratorios debe ser muy estrecha, claro que sí, y estar orgullosos de que esto sea así, porque el descubrimiento de nuevos medicamentos depende de ello.
 
Me gustaría concluir diciendo sí a la investigación, sí a la formación y no a la presión comercial de la industria farmacéutica. Y, por favor, que no me recuerden el nombre de todos los medicamentos cada diez días.

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