18 nov 2018 | Actualizado: 13:10
Por Nicole Hass, especialista en Patient Advocacy & Stakeholder Engagement
Lun 03 septiembre. 12.40H
El concepto de la resiliencia últimamente está muy de moda, si bien es cierto que se viene estudiando desde la segunda mitad del Siglo XX. La Real Academia de la Lengua Española ha incluido el concepto de la resiliencia en su diccionario como la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

El concepto está muy relacionado con la capacidad de recuperación ante crisis emocionales. Promueve la extinción del miedo y la inoculación del estrés, desarrollando pensamientos alternativos positivos y superando temores.  Se ha llegado a considerar que la resiliencia puede llegar a ser funcionalmente equivalente a la invulnerabilidad y la resistencia al estrés (Garmezy, 1985) y a la adversidad (Rutter, 1990).

La relación con las enfermedades y con la comunidad de pacientes y familiares está más que obvio. Debemos de concienciarnos que cualquier diagnóstico de una enfermedad conlleva un cierto trastorno psicológico que requiere una atención especial que no puede ofrecer el especialista que nos trata sino requiere una coordinación con el departamento psicológico.

De hecho, a día de hoy entendemos la resiliencia como la capacidad de afrontar la adversidad creando los recursos psicológicos para salir fortalecidos y alcanzar un estado de excelencia profesional y personal (Fuente: Instituto Español de Resiliencia). Es más, Boris Cyrulnik (Francia, 1937), pionero en el campo de la resiliencia, y referencia obligada, neurólogo, psiquiatra, etólogo, afirma que la resiliencia permite a las personas renacer después del sufrimiento. La resiliencia está relacionada con la autoconfianza, la flexibilidad, la orientación al logro y la perseverancia.

Ante las enfermedades no todos los pacientes reaccionan de la misma manera. Los pacientes resilientes tienen la virtud de aceptar la realidad impuesta por la enfermedad. Tienen, o generan, la capacidad de encontrarle, pese a las pérdidas, sentido a la vida, y durante el camino impuesto por la patología forjan una inquebrantable fuerza que les permite soportar y mejorar sus condiciones de vida. Las personas resilientes tienen un común denominador: han desarrollado un alto nivel de confianza en sí mismos y se proyectan hacia adelante para conseguir los objetivos que se han propuesto, porque saben que pueden conseguirlos. Son constantes y perseveran hasta lograr la meta y se adaptan a la situación difícil de la enfermedad buscando proactivamente la salida.

Los expertos consideran que tenemos que reconocer que hay situaciones estresantes incontrolables, reevaluándolas a la luz de la información, cambiando las expectativas acerca de las consecuencias y controlando el resultado de forma realista, para focalizarse en los aspectos controlables del estresor. La persona resiliente tiende a no generar estrés porque previene adecuadamente la incertidumbre, así como sus consecuencias más patológicas.

Todos tenemos una potencialidad innata para ser resilientes, pero cada uno tiene un potencial configurado por su base biológica cerebral y por el desarrollo de capacidades.  Y no cabe duda que el profesional sanitario es el máximo apoyo y “coach” que el paciente y sus familiares puedan tener en este difícil camino.

Por ello resulta especialmente incomprensible la escasez de profesionales sanitarios cualificados en el ámbito de la psicología que termina pasando factura a la calidad de la asistencia que se presta a los ciudadanos.

Debido a esta carencia estructural de nuestro sistema sanitario muchas asociaciones de pacientes se han movilizado y ofrecen asesoramiento psicológico especifico a sus asociados. Si bien es cierto que ello no cubre las necesidades reales.

Ante esta problemática, el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, ha iniciado una actuación de oficio con el Ministerio de Sanidad, con todas las comunidades autónomas y con el Instituto Nacional de Gestión Sanitaria (INGESA) para conocer si la oferta de atención psicológica clínica existente en la Sanidad pública se adecúa a las verdaderas necesidades de la población.

Hay que recordar que la ratio de psicólogos por habitante continúa siendo en nuestro país muy inferior a la de la mayoría de países desarrollados. A la falta de psicólogos en el sistema público de salud se suma también la carencia de profesionales psiquiatras, cuya ratio en España es también notoriamente inferior a la media de la UE.

Pero dicho sea de paso que la insuficiente presencia de psicólogos y psiquiatras en los centros especializados de salud mental solo es la punta del iceberg, ya que necesitamos los profesionales de salud mental en todas las especialidades para poder afrontar las enfermedades de forma más positiva …y resolutiva (nota: ya sé que suena raro en este contexto pero me reafirmo…..¡mente abierta, sana y multidisciplinar!).

Por último,  quisiera recordar que múltiples estudios europeos demuestran que mayor atención psicológica mejora la adherencia al tratamiento, las expectativas de rehabilitación, el pronóstico y el bienestar de los pacientes y suponen un ahorro para el sistema sanitario a medio y largo plazo!!!