Durante el pasado año el número de
denuncias del personal sanitario a la
Policía Nacional por
agresiones se incrementó en algo más del 25 por ciento; 513 denuncias, de las que 120 lo fueron por
ataques físicos.
Una cifra que probablemente ni siquiera corresponde a las más graves y, desde luego, mucho menos al total de agresiones producidas, un término éste que, si bien se asocia a perjuicios como la
inseguridad, la
indefensión, el
daño psicológico e incluso el
físico, puede materializarse de muy distintas maneras y por motivos diferentes.
En las
actuaciones asistenciales convergen inevitablemente las percepciones positivas y negativas que tienen
sanitarios y pacientes sobre la atención recibida.
En este contexto incide de forma decisiva la
personalidad de unos y otros y su capacidad para asumir sin exteriorizaciones impropias el meollo del proceder.
Ciertamente, el
descontento con el trato recibido o la
insatisfacción ante demandas, justificadas o no, debería poder vehicularse fácil y educadamente, sin recurrir a brusquedades, atropellos ni abusos, evitando cualquier tipo de
agresividad profesional.
Sin embargo, no es lo mismo atacar físicamente a quien se ha negado a recetarte un
medicamento o prescribirte una
baja laboral –con o sin armas—que denostar verbalmente a quien, es un suponer, no te ha tratado como consideras que te mereces como paciente y ser humano.
Diferencia que justifica un abordaje específico para cada una de ambas
situaciones extremas. Por lo que convendría singularizar las reacciones de prevención y control respectivas. No sea que, con la justa, necesaria y loable intención de brindar una protección efectiva frente a peligrosos ataques, ahondemos en la
brecha de la desconfianza entre pacientes y profesionales, además, en un marco de tensión del sistema que propicia, con una frecuencia mayor de la razonable, unas
condiciones de trabajo inadecuadas.
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"No se trata de fomentar indiscriminadamente la empatía entre los trabajadores y profesionales que se relacionan con los pacientes, sino un trato realmente respetuoso"
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Porque las relaciones entre pacientes y
personal clínico y, en general, entre la ciudadanía y los trabajadores y profesionales sanitarios van más allá de los aplausos durante la
covid-19. Que también estuvieron motivados por el
miedo y la
inseguridad que provocaba la
pandemia.
A pesar del repetido eslogan de que la persona debe ser el centro del sistema sanitario, no es infrecuente que la realidad cotidiana choque a menudo con este buen deseo. Tanto por parte de unos como de otros.
Dar explicaciones no es cómodo ni fácil. La
asimetría de las relaciones entre sanitarios y pacientes resulta difícil de gestionar, no solo porque la percepción que tienen muchos de ellos e incluso sus acompañantes del
principio de autonomía es a menudo distorsionada. Como también lo es, en muchas ocasiones, la que tienen al respecto los sanitarios que, en general, no valoran tal vez suficientemente estos aspectos de la atención clínica.
Es preciso garantizar la
competencia del personal sanitario para la correcta gestión de las interacciones con los pacientes en un marco de confianza y respeto mutuos así como analizar adecuadamente este tipo de agresiones y ofensas a los profesionales a la hora de afrontar el problema. Todo ello sin desatender la
defensa radical contra eventuales agresiones a médicos, enfermeras y a cualquier otro trabajador de la sanidad.
Para ello, lo primero sería distinguir y cuantificar las
agresiones según su tipología, lo que requiere algo más que la simple acumulación de denuncias.
Entre otras razones porque las denuncias las interponen las
personas agredidas y la percepción de esta situación y, (todavía más) la probabilidad de materializarlas, no es homogénea. Y, también, porque como ya se ha dicho las
denuncias formales solo son una pequeña parte de las broncas y altercados que afectan a los sanitarios en unos
procesos asistenciales que, en ocasiones, son percibidos como incorrectos o injustos por parte de los potenciales agresores.
Y no se trata de fomentar indiscriminadamente la
empatía entre los trabajadores y profesionales que se relacionan con los pacientes, sino un
trato realmente respetuoso, identificándose personalmente sin que se lo tengan que pedir, asumiendo que solo es aceptable moralmente el
paternalismo cuando el paciente lo acepta sin coacción, etc.
Todo ello, desde luego, sin renunciar a la
adecuada protección frente a cualquier agresión, conscientes, sin embargo, que la
intolerancia, la impaciencia, la confusión entre lo que es un
derecho y lo que es una apetencia, actitud entre otras que es muy frecuente en nuestra sociedad, no pueden superarse sin respetar los
genuinos valores de la convivencia social.