Hoy he hablado con una compañera de otro hospital y, al colgar el teléfono, me he quedado con una sensación difícil de explicar. Pensé que era enfado. Después entendí que quizá no lo era del todo. Tal vez sea más bien una mezcla de
decepción, frustración y una rabia tranquila, de esas que no levantan la voz pero se quedan dentro.
La admiro mucho. Es de esas médicas que parecen hechas de otra materia: trabaja sin descanso, ve decenas de pacientes al día, es referencia en una de nuestras áreas, da charlas allí donde la llaman, siempre dispuesta a colaborar,
siempre con una sonrisa que parece inagotable. De esas personas que te recuerdan por qué elegiste esta profesión.
La llamaba para organizar una sesión conjunta.
Me dijo que
estaba de baja.
Problemas oculares, me explicó. Nada claro en las pruebas.
Probablemente estrés.
Cuando colgué el teléfono pensé que ese mismo estrés lo conocemos demasiados. Los pacientes que no se acaban, las consultas llenas, las sesiones clínicas, los artículos, los proyectos, los informes, las guardias, las llamadas, las tareas que nadie ve.
Siempre un poco más. Siempre un poco más deprisa.
Las cifras llevan tiempo diciéndolo, aunque parece que nadie termina de escucharlas. Más de la mitad de los médicos jóvenes presenta
síntomas claros de burnout. La mayoría muestra algún grado de desgaste profesional. Un porcentaje inquietante se ha planteado abandonar la profesión. Y, lo que es peor, no son pocos los que han tenido pensamientos suicidas. Son datos fríos, pero detrás hay rostros muy concretos: compañeros que un día fueron brillantes y que ahora apenas pueden levantar la cabeza del sofá.
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"No son pocos los que han tenido pensamientos suicidas: compañeros que un día fueron brillantes y que ahora apenas pueden levantar la cabeza del sofá"
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Lo más inquietante es que este desgaste apenas aparece cuando se habla de sanidad. El debate público suele detenerse en otros asuntos: cuánto cuesta el sistema, cuánto cobran los médicos, cuántas consultas se atienden al día. Pero pocas veces se habla del estado anímico de quienes sostienen ese sistema.
Y, sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿hasta dónde nos quieren llevar?
Porque la medicina no se practica con estadísticas ni con discursos. Se practica con personas que piensan, que sienten, que se cansan. Con médicos que cada día toman decisiones que afectan a la vida de otros. Y ese trabajo exige algo más que vocación. Exige tiempo, concentración, serenidad.
Exige un mínimo de equilibrio interior.
Si seguimos empujando a los profesionales hasta el límite, el resultado no será solo el cansancio. Será el desencanto.
Y el desencanto es peligroso.
Un médico desencantado no deja de saber medicina, pero pierde algo mucho más difícil de reemplazar:
la ilusión por hacerla bien. Esa voluntad silenciosa de quedarse un rato más con un paciente, de estudiar un caso complicado, de intentar entender lo que otros no ven.
Uno puede trabajar cansado. Incluso puede trabajar enfadado. Pero trabajar sin ilusión es otra cosa.
Por eso la pregunta no debería dirigirse solo a los gestores sanitarios, sino a cualquiera que aspire a gobernar este país, sea del color político que sea. ¿Qué medicina quieren construir? ¿Una medicina rápida, fatigada y burocrática, sostenida por profesionales exhaustos? ¿O una medicina que todavía conserve el tiempo necesario para escuchar, pensar y cuidar?
Conviene aclararlo:
esto no va de prestigio ni de salarios. No va de defender un estatus.
Va de otra cosa mucho más sencilla y mucho más importante.
Va de qué medicina queremos.
Si queremos una medicina rápida, fatigada y burocrática, sostenida por profesionales agotados, vamos por buen camino.
Si queremos una medicina que todavía tenga tiempo para pensar, escuchar y cuidar, alguien tendrá que empezar a preguntarse cuánto más se puede tensar la cuerda.
Porque las vocaciones resisten mucho.
Pero no son indestructibles.