“Cuando la ciencia se convierte en argumento político, la primera víctima es la verdad, y la segunda, el enfermo que espera en el puerto".
Esta frase, adaptada del espíritu crítico de Bertolt Brecht, resuena con escalofriante actualidad mientras observamos la deriva de un barco fantasma en el Atlántico y la pelea política que ha dejado en vilo a unos 150 pasajeros. El
brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius y la subsiguiente confrontación entre el
Gobierno de España y el ejecutivo de las
Islas Canarias no es solo un conflicto sanitario: es un espejo de las contradicciones morales y políticas que surgen cuando la
gestión del miedo y la lealtad partidista se anteponen a la técnica y a la humanidad.
La situación es, de por sí, un
rompecabezas epidemiológico. El MV Hondius navega actualmente con una tripulación y pasaje atrapados en un limbo marítimo tras la confirmación de varios casos del virus, incluyendo al menos tres fallecimientos. Lo que comenzó como un brote de una cepa común, transmitida por roedores, mutó en una pesadilla logística cuando se confirmó la presencia de la
variante Andes a bordo. Se trata de una mutación especialmente temida, ya que es la única cepa de hantavirus
capaz de transmitirse entre humanos, aunque sea mediante contacto estrecho. Esta revelación convirtió al barco, antes un simple problema de cuarentena, en una bomba de relojería política.
Fue entonces cuando ocurrió el choque institucional. Por un lado, el
Ministerio de Sanidad español, en coordinación con la
Organización Mundial de la Salud (OMS), dictaminó que el barco debía atracar en el puerto de Tenerife. La argumentación era jurídica y moral: España tiene una
obligación humanitaria de auxiliar a esas personas, que incluyen a varios ciudadanos españoles, y es el puerto más cercano con capacidad para manejar una crisis de estas características. Por otro lado, la respuesta del presidente canario, Fernando Clavijo, fue inmediata y radical: "No puedo permitir que entre en las Islas Canarias".
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"Mientras los dirigentes se enzarzaban en una pelea por la autoridad, se olvidaron de lo esencial: que, en alta mar, la única vacuna contra la desesperación es la certeza de un puerto seguro"
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El argumento de Clavijo, de Coalición Canaria y que gobierna gracias a un pacto con el Partido Popular (opositor al socialista
Pedro Sánchez), no fue sanitario, sino político. Declaró que la decisión del gobierno central suponía una "deslealtad institucional" y que se había tomado "a espaldas de las instituciones canarias" y sin "información suficiente para garantizar su seguridad”.
Esta pelea político-sanitaria evidencia un problema estructural grave: la
descoordinación y la desconfianza en momentos de máxima tensión. Mientras los políticos discutían en los platós de radio sobre quién tenía competencias portuarias, los pasajeros permanecían confinados en sus camarotes, viendo cómo se alargaba su pesadilla. La ministra de Sanidad,
Mónica García, pidió no entrar en la "controversia política", pero sus palabras llegaron tarde; el daño ya estaba hecho. La
imagen que proyecta España ante la comunidad internacional no es la de una nación unida por la salud pública, sino la de un tablero de ajedrez donde los peones (los pasajeros) son sacrificados en aras de la
táctica electoral.
Sin embargo, no todo es cinismo. Hay un trasfondo legítimo de realismo en la postura canaria. Las Islas Canarias son un territorio turístico que aún recuerda el colapso logístico de la
pandemia de covid-19. Su sistema sanitario, aunque preparado, podría verse desbordado. El miedo de la población local a que un solo caso de hantavirus (con una
alta tasa de mortalidad) se escape del perímetro controlado es comprensible y humano. Pero el problema surge cuando ese miedo se traduce en un muro político. El argumento de la "falta de información técnica" es una coartada débil cuando la OMS avalaba el plan; en realidad, lo que se evidenció fue una
falta de información política y de confianza entre administraciones.
En conclusión, el caso del
MV Hondius nos deja una lección amarga para la gobernanza del siglo XXI: las
crisis sanitarias no entienden de colores políticos ni de líneas divisorias en un mapa. Cuando el barco finalmente pueda atracar (si es que lo hace), el problema médico será tratable, pero la herida política tardará en cicatrizar. España ha demostrado tener los medios para asistir a los náufragos de la biología, pero casi sucumbe ante los náufragos de la burocracia. Mientras los dirigentes se enzarzaban en una pelea por la autoridad, se olvidaron de lo esencial: que, en alta mar, la única vacuna contra la desesperación es la certeza de un
puerto seguro, y esa certeza se negocia con
humanidad, no con siglas partidistas.