Durante mucho tiempo creímos que aguantar era una forma de salvar. Aguantar turnos interminables, estructuras rígidas, silencios heredados. Aguantar como quien sostiene un edificio con el propio cuerpo mientras otros miran desde fuera convencidos de que eso es vocación. En la sanidad pública, aguantar no fue solo una necesidad: fue una ética. Y durante años funcionó. O eso nos dijimos. Quienes hoy rondamos los cincuenta aprendimos pronto que el compromiso se medía en resistencia.

Primero se trabajaba, luego (si quedaba tiempo) se vivía. La promesa era clara, aunque nunca escrita: si aguantabas, el tiempo acabaría poniéndote en tu sitio. La carrera era larga, el reconocimiento tardío, el cansancio un peaje inevitable. No se hablaba de desgaste; se hablaba de oficio. No se hablaba de límites; se hablaba de responsabilidad. Los que llegan ahora, con veinticinco o treinta años, no comparten esa fe. No porque les falte vocación, como a veces se insinúa con ligereza, sino porque han crecido en un mundo que ya no garantiza que el sacrificio tenga recompensa. Han aprendido pronto que el cuerpo no es infinito y que el tiempo no siempre devuelve lo que se le entrega. No quieren perder la vida para ganarse la vida. Y eso, en un sistema construido sobre el aguante, suena a deserción. Ahí nace el conflicto.

Cuando un médico veterano dice “esto siempre se ha hecho así”, no está defendiendo una rutina, sino una biografía. Está diciendo: esto fue lo que me pidieron y lo que di. Y cuando un médico joven pide límites, horarios razonables o conciliación, no está rechazando el esfuerzo, sino afirmando algo mucho más incómodo: mi vida también cuenta. Ambos oyen una amenaza donde el otro expresa una necesidad. Durante décadas, la sanidad pública se sostuvo sobre una paradoja apenas cuestionada: exigir sacrificio permanente mientras se proclamaba que aquello era vocación. Se llamó compromiso a la disponibilidad infinita. Se llamó profesionalidad a la renuncia silenciosa. No fue épica; fue una forma barata de equilibrio.

Un equilibrio que descansaba en la convicción (hoy cada vez más frágil) de que siempre habría alguien dispuesto a aguantar un poco más. Ese equilibrio se resquebraja. No porque falten médicos dispuestos a trabajar, sino porque cada vez hay menos dispuestos a aceptar que el agotamiento sea el precio de entrada. Los jóvenes no rechazan el esfuerzo; rechazan el sacrificio sin sentido. No quieren ser héroes trágicos. Quieren ser profesionales lúcidos. Y eso, paradójicamente, se interpreta como una amenaza para el sistema. Por eso la pregunta suele formularse mal. No es si las nuevas generaciones sabrán adaptarse para no cargarse la sanidad pública.

La pregunta incómoda es si la sanidad pública puede seguir existiendo sin exigir cuerpos agotados como combustible. Si puede sostenerse sin convertir el cansancio en norma y el sacrificio en prueba de legitimidad. El conflicto no es ético. Nadie duda de que todos quieren curar. Es un conflicto temporal. Los mayores piensan en trayectorias largas, en haber estado, en haber resistido. Los jóvenes piensan en equilibrio, en poder cuidar sin desaparecer por el camino. Unos creen que la vocación se demuestra quedándose. Otros creen que se demuestra no rompiéndose. Y quizá ambos tengan razón. Porque sin la resistencia de quienes aguantaron, no existiría una sanidad pública sólida. Pero sin los límites de quienes llegan ahora, difícilmente habrá una sanidad pública humana. Una que no dependa de la heroicidad cotidiana para no colapsar. Una que no confunda compromiso con desgaste ni lealtad con silencio. Tal vez los jóvenes no vengan a cargarse nada.

Tal vez vengan a hacer visible una pregunta que llevamos demasiado tiempo aplazando: cuánto sacrificio es razonable exigir, durante cuánto tiempo y a cambio de qué. Y cuando esa pregunta se formula, el debate deja de ser generacional para volverse inevitablemente político. Porque si un sistema solo se sostiene gracias a la entrega ilimitada de quienes lo habitan, si sobrevive privatizando el coste humano de lo público, entonces el problema no es la falta de adaptación de los jóvenes.

El problema es la ausencia de una decisión colectiva sobre qué sanidad queremos y a quién estamos dispuestos a cuidar para que exista. Tal vez el error no haya sido aguantar. Tal vez haya sido no saber cuándo dejar de hacerlo. Confundir durante demasiado tiempo la resistencia con la salvación. Porque no todo lo que se mantiene a base de cansancio se está salvando. Algunas cosas solo se están aplazando. Y quizá hoy la forma más honesta de defender la sanidad pública no consista en aguantar más, sino en aceptar (aunque incomode) que aguantar no siempre es salvar.