14 nov 2018 | Actualizado: 17:00
Mié 15 marzo. 12.05H
“Solo en 2016 sufrimos 31 ataques en 19 instalaciones sanitarias diferentes”. Así narra Aitor Zabalgogeazkoa, responsable de la misión de Médicos Sin Fronteras en Siria entre 2012 y 2014, su experiencia en un conflicto bélico donde la atención sanitaria se ha convertido en un arma de guerra más. En una entrevista en El País aclara que “nadie ha respetado el Derecho Internacional Humanitario y todas las partes han hecho de la ayuda humanitaria un arma de guerra”. Una situación que ha dejado a la población civil al borde de la muerte, siendo complicado atender situaciones básicas que van desde embarazos hasta casos de hipertensión o diabetes en personas mayores.

“Los agentes implicados manipulan la ayuda que ellos pueden controlar y regular: qué zonas favorecen, qué zonas son más beneficiadas”, explica Zabalgogeazkoa. Un escenario que se complica aún más al existir “una cantidad de países tan brutal que hace muy difícil prestar la ayuda humanitaria”. A la tragedia vivida en Siria se le suma una frase desbastadora: “la ayuda humanitaria es parte de la guerra”.

“Contamos con un serio problema de falta de personal sanitario. Muchos han muerto y otros han huido con sus familias lejos del país. Así que nos encontramos con muchos enfermeros trabajando como médicos y muchos médicos como cirujanos sin siquiera el instrumental adecuado. Trabajamos con lo que hay, no con lo que se debería trabajar. Y esto pasa tanto en hospitales de Médicos Sin Fronteras como en aquellos a los que apoyamos”, explica sobre un conflicto que, en seis años, suma 300.000 muertes y 12 millones de desplazados.

Para hacer frente a esta situación, “los hospitales han terminado estableciéndose en sótanos y en espacios que no están habilitados para ello. Y cuando escondes un hospital por miedo a que lo bombardeen, el servicio también se ve afectado: la gente ya no sabe dónde se encuentra, no sabe adónde acudir”. Una situación que también afecta al personal sanitario, quienes han incrementado su agresividad, además de verse obligados a aprender sobre teleasistencia por Skype y por teléfono. “Algo que nos ha costado mucho, porque los equipos no están acostumbrados a trabajar así, sin mancharse las manos, sin colocarlas sobre los pacientes. Fue una decisión muy difícil de tomar. Y sabíamos que en el futuro no podríamos revertirla”, agrega.