23 mar 2019 | Actualizado: 13:50
Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes.
Vie 19 octubre de 2018. 10.50H
Crónicas desde el Ampurdán
Voy a referirme primero a los trasplantes para luego extrapolar las consideraciones a la sanidad en su conjunto, aún a riesgo de que cualquier generalización pueda tener algo de injusta.

Es bien conocida la buena salud de nuestro sistema de trasplantes con sus 26 años de liderazgo mundial en donación de órganos y su carácter de referencia internacional. Sin embargo, esta excelencia asistencial no se corresponde con un nivel similar en investigación. Por supuesto, no es que ésta no exista y no haya publicaciones españolas relevantes elaboradas por grupo importantes en el plano nacional e internacional. De hecho, en estos días se han publicitado un par de estudios en investigación básica y en trasplante de progenitores de verdadero mérito. Sin embargo, basta con analizar las revistas de alto impacto tanto de medicina en general como de trasplantes en particular para constatar que la frecuencia con la que aparecen los grupos españoles no se corresponde en absoluto con su actividad clínica o quirúrgica y que países mucho más pequeños y menos punteros en este campo resultan científicamente más activos. Es cierto que el gran número de intervenciones que se practican en España nos convierte en un terreno abonado para el ensayo clínico, pero aun así es más frecuente que nuestros grupos intervengan en proyectos internacionales dirigidos por investigadores más cercanos a la matriz de la multinacional farmacéutica promotora.

Los logros en el SNS no se reflejan adecuadamente en nuestro nivel de investigación en Biomedicina



Muchas veces me han preguntado por el estado de la investigación en trasplantes y tras referirme a algunas líneas relevantes, he tenido que aclarar que la ONT no ha tenido ni tiene competencia alguna en el tema salvo por la aprobación de los trasplantes experimentales como los de cara y similares. Habría que añadir que no será porque no lo hayamos intentado a través de nuestra historia, pero lo cierto es que cuando ante los responsables sanitarios estatales o autonómicos hemos sugerido tener un cierto papel coordinador en el tema nos hemos topado con un muro infranqueable.

Como al ministro de turno probablemente tanto le daría que nos ocupásemos o no (salvo excepciones con claros intereses en el asunto) no hace falta ser muy agudo para darse cuenta de que han sido algunas comunidades que han hecho bandera de sus programas de investigación en general o bien, centrados en algunos aspectos relacionados con los trasplantes (como las células madre) las que han remado en dirección contraria, negándose a que cualquier organismo estatal tuviera nada que decir fuera de la mera financiación de sus proyectos.

Al final nos acabamos convenciendo de que no merecía la pena insistir y que más valía concentrar fuerzas en nuestra actividad tradicional de coordinación asistencial. Para la ONT fue una suerte porque nos ha permitido centrarnos en otros asuntos, aunque no estoy muy seguro de que también lo fuera para el sistema.

Pero si consideramos la sanidad en su conjunto, la situación es bastante paralela. Por dar algunas cifras, en los 40 años transcurridos desde la aprobación de nuestra Constitución y la recreación del Ministerio de Sanidad, se han alcanzado logros tan importantes como aumentar en más de 9 años la esperanza de vida, que ya está entre las tres primeras del mundo, reducir a la cuarta parte la mortalidad infantil o a la mitad la mortalidad ajustada por edad. El ranking de eficiencia que compara resultados con recursos empleados nos sitúa en tercer lugar del mundo solo por detrás de Singapur y Hong Kong y por delante de todos los países occidentales. Hoy nadie tiene que buscar en el extranjero ningún tratamiento establecido porque no exista en España, dejando obviamente aparte los casos de tratamientos experimentales aún no contrastados.

Estos logros de nuestro Sistema Nacional de Salud no se reflejan adecuadamente en nuestro nivel de investigación en biomedicina. No es ya solo la evidencia de que haya que retroceder más de un siglo para encontrar a Santiago Ramón y Cajal como único Nobel con actividad en España, sino sobre todo el hecho de que como ocurría con los trasplantes, la presencia en las publicaciones de alto impacto no es lo elevada que le correspondería para nuestro nivel sanitario.

Ya antes de la crisis, las universidades españolas ocupaban el 10º puesto en volumen de producción científica pero el 21º en repercusión en cuanto al impacto de la investigación. Así lo señalaba en 2010, el segundo Ranking Internacional de Instituciones de Investigación (SCImago Institutions Ranking: SIR, en sus siglas en inglés), analizado los organismos investigadores más importantes del mundo.

Hay que ir al puesto 233 para encontrar al CNIO como centro español con mayor impacto, con solo 7 españoles entre los 400 primeros del mundo 



En el informe de 2018, ya pasada la crisis que evidentemente significó un retroceso en el tejido investigador, y centrándonos en el sector salud, aún sin los rankings nacionales específicos, hay que ir al puesto 233 para encontrar al CNIO como centro español con mayor impacto, con tan solo 7 centros españoles entre los 400 primeros del mundo.

Una evidencia: no se dedica dinero suficiente, y entonces habrá que preguntarse el porqué si está claro que para la asistencia, aun con todas las estrecheces que se quiera, se ha dedicado y se ha aprovechado mejor que bien. La falta de una política científica de país y una deficiente gestión de la misma que hasta algunos de los que se han encargado directamente de ella reconocen, tienen bastante que ver con esta situación. Pocos proyectos que no tengan una rentabilidad a corto plazo (y la investigación es un claro ejemplo) seducen a nuestros políticos mientras que la iniciativa privada salvo honrosas excepciones no se ha puesto a la altura de otros países desarrollados en sus acciones de mecenazgo. Tampoco puede decirse que los investigadores hayan podido o sabido unificar esfuerzos para lanzar los mensajes adecuados y presionar a las administraciones en la dirección requerida.

Investigar es caro, eso nadie lo duda. Pero la inversa también es cierta: que un país no preste la necesaria atención a la investigación acaba saliendo mucho más caro en pérdida de competitividad y de oportunidades ante otros que si apuesten por innovar.