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27 mar. 2020 15:30H
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En un momento como el que estamos viviendo, en países como Italia o España apagar, con los medios que tenemos, los fuegos que nos aparecen por todas partes es nuestra máxima prioridad. No hay tiempo ahora de preocuparse mucho más allá de cómo vamos a conseguir espacios, equipamientos, incluso EPIs para nuestras y nuestros profesionales, y minimizar el colapso de nuestros sistemas de salud “aplanando la curva de contagios” (expresión esta que se nos ha hecho muy familiar en los últimos días).

Es como si de repente empezasen a caer bombas por todos lados, y ahora lo único que podemos hacer es intentar salvarnos en mitad del bombardeo.

El símil militar no es algo extraño cuando hablamos de gestión. Los teóricos del management hemos utilizado siempre muchos términos de origen militar (estrategia, misión,...), y también algunas de sus lógicas a la hora de afrontar situaciones.

Cuando nos enfrentamos a una batalla tan dura como esta, nos vienen a la cabeza preguntas importantes. ¿Dónde estaba nuestra estrategia?, ¿cómo estaban preparadas nuestra intendencia y nuestra logística para poder actuar?, ¿era un escenario tan improbable que no mereciese nuestra atención?, ¿o es que la UE en materia sanitaria está atenazada por un sistema de provisión a través de aseguradoras privadas (precisamente en los países más fuertes económica y políticamente), que es un lastre para una gestión pública ágil y contundente a la hora de reaccionar en momentos como este?

Ahora que se habla del ejemplo de países como Corea del Sur para atacar esta crisis, y se indica que han sido capaces de aprender la lección de otras pandemias que han sufrido recientemente (como la de MERS-CoV en 2015), la esperanza de que esto suponga un antes y un después también en Europa, nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Se va a atrever la Unión Europea a tomar las decisiones que correspondan para responder en un futuro como una sola Europa a un ataque global como es este? Según mi opinión, la situación actual de la UE ha sido el gran problema para atacar de manera más eficaz la pandemia.

Para cambiar esto y que no nos volviese a ocurrir en el futuro tenemos dos grandes escollos, muy difíciles de superar. Habría, por un lado, que enfrentarse a los intereses de un sector económicamente tan potente como el de las aseguradoras sanitarias. Y por otro, y más complicado, los países que llevan en estos momentos la voz cantante en Europa tendrían que dar un vuelco al rumbo por el que nos están llevando, y esto, a día de hoy, parece más que nunca una utopía. Si estos países de discurso neoliberal, que además lo imponen en las instituciones europeas, están atenazados por un modelo de provisión de la asistencia sanitaria controlado por lobbies como las aseguradoras privadas, qué esperanza podemos tener de que esto cambie.


"¿Qué nos ha ofrecido Europa desde que comenzamos esta crisis? Sólo la evidencia de que no había ni siquiera un plan (ya no digo una estrategia), y que el 'modelo de modelos desestructurados' de los 27 países de la UE, puede pasar desapercibido en períodos de paz, pero ha sido nuestro segundo gran enemigo en esta batalla"


Si analizamos la situación de los sistemas sanitarios dentro de la Unión Europea nos encontramos con: el grupo de países en los que existe un Sistema Nacional de Salud (modelo Beveridge), donde se encuentran España e Italia, pero también Dinamarca, Suecia o Finlandia; y con el grupo de países cuya provisión de la atención sanitaria es a través de un Sistema de Seguros Sociales (modelo Bismark), donde se encuentran países como Alemania, Austria, Francia o los Países Bajos. En este segundo modelo, son fondos privados los que gestionan los recursos, contratan hospitales y proveen de los servicios sólo a sus asegurados, con diferentes modelos de financiación y copagos. Esta fragmentación, ha sido clave durante años para que en Europa no se haya podido avanzar en políticas comunes de protección de la salud.

¿Cuál es el paradigma básico cuando nos enfrentamos a un escenario de máxima hostilidad y complejidad? Unidad de mando, e integración de los recursos, para actuar de forma rápida y coordinada por el fin común.

¿Y qué nos ha ofrecido Europa desde que comenzamos esta crisis? Sólo nos ha ofrecido la evidencia de que no había ni siquiera un plan (ya no digo una estrategia), y que el “modelo de modelos desestructurados” de los 27 países de la UE, puede pasar desapercibido en períodos de paz, pero ha sido nuestro segundo gran enemigo en esta batalla que estamos librando.

Lo que hemos vivido estos días es el ejemplo más vergonzoso de lo que supone este escenario. Mientras que China, aún convaleciente de su propia crisis, está enviando medios y profesionales (hay quien lo califica ya del plan Marshall chino), e Italia ha tenido que pedir ayuda más allá del Atlántico (médicos y enfermeros cubanos viajaban a Italia hace unos días a reforzar su sistema sanitario), Alemania o Francia mantenían un veto a la exportación de material sanitario al resto de países europeos, hasta hace una semana.

Por otro lado, la respuesta a la crisis de cada uno de los 27 países es totalmente heterogénea. Al no estar la UE marcando el rumbo, vivimos 27 rumbos diferentes, mirándonos de reojo unos a otros. Ahora bien, hay algunas pautas que empiezan a ser comunes:
  • cerrar fronteras
  • no compartir recursos
  • esperar a aplicar medidas contundentes hasta el último momento (como si el cataclismo económico se fuese a evitar con paños calientes).
Por desgracia para quienes nos consideramos europeístas, la actuación durante estos últimos años de Europa sigue siendo más la de un Mercado Común que la de una Unión Europea. Cuando observamos las competencias de la UE en materia sanitaria, vemos que es la seguridad alimentaria, y la protección de fronteras en esta materia, las que se imponen por encima de cualquier otro objetivo en las funciones de la comisaria de Salud y Seguridad Alimentaria. El ámbito de salud se limita a funciones de control de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) y de monitorización de las enfermedades, con casi nula capacidad de gestión, en un rol tan sólo de ayuda o cooperación con los estados miembros. Poco más que el intercambio controlado de facturas (para el pago de la asistencia sanitaria de nacionales de un país en otro) funciona mínimamente, nada en cuanto a servicios y muy limitado en movilidad de profesionales.

Si nos limitamos a analizar el caso español, con el Real Decreto 463/2020 sí que hemos tomado consciencia de lo importante que es la unidad de mando, y pienso que reaccionado en la dirección correcta. Además, en nuestro sistema sanitario, pese a los cantos de sirena de los lobbies que a través de la mal llamada colaboración público-privada han debilitado el sistema sanitario público, se ha mantenido la titularidad pública de un SNS aun suficientemente robusto, y eso ha permitido que el Ministerio de Sanidad centralice las grandes decisiones a tomar, de manera coordinada con los diferentes gobiernos autonómicos. Un Gobierno que pueda actuar de una manera ágil, con el interés público como único propósito, ofrece una capacidad de gestión, de la que no se ha dotado hasta ahora la Unión Europea. Incluso ya se está planteando la movilidad de recursos entre territorios, algo que permite priorizar la vida de las personas por encima de cualquier otro interés, pero que sólo es posible cuando una catástrofe así se enfrenta desde un gobierno que tiene esa capacidad de unidad de acción.

Si eso se hubiese podido hacer a nivel europeo, la potencia de medios y recursos hubiese tenido un efecto multiplicador en la lucha contra la enfermedad de los países más afectados por la pandemia.

Aunque España e Italia hayan sido los países más afectados hasta ahora, su modelo de gestión sanitaria (quizás no tanto su capacidad de analizar el momento de reacción) es una fortaleza si lo comparamos con lo que podría ocurrir en un “modelo de seguros sociales” como el centro europeo. Pese a que los recursos de Alemania o de otros países centroeuropeos, por su potencial económico, son muy superiores a los de Italia, España, un modelo de múltiples gestores (aseguradoras) evaluando en cada momento el impacto en la cuenta de resultados, no auguran nada bueno. Ni siquiera una nacionalización coyuntural resolvería la falta de estructuras habituadas a la gestión integrada. El escenario que se puede producir para la versión más radical de ese modelo, que es Estados Unidos, nos podría llevar a validar lo que estamos planteándonos.

Europa ha fallado para liderar el mayor reto que se le ha puesto delante en décadas. No ha tenido un plan, ni siquiera ha valorado qué podía suponer no tener un modelo que facilitase una gestión coordinada en situaciones extremas.

Pero, incluso limitando su compromiso al ámbito financiero se ha quedado muy corta (aportando liquidez, tirando mano de los fondos estructurales ya existentes, o suavizando las reglas fiscales sobre déficit público). Después de la reunión del Eurogrupo de este martes no parece que algunos países de la UE hayan entendido algo del problema que tenemos delante y de sus casusas y soluciones. Los ministros de finanzas de la zona Euro no pudieron llegar a ningún compromiso conjunto para abordar medidas de apoyo a los países, de momento, más golpeados por la pandemia. Debido a que los países del norte, con Holanda y Alemania a la cabeza, bloquearon cualquier medida conjunta que supusiese mayor compromiso que los simples mecanismos de rescate que se activaron en la última crisis bancaria (incluidos los requerimientos de recortes y planes de reformas estructurales posteriores, como si esto se hubiese causado por un mal control de sus cuentas públicas).

Muchos han aprovechado y aprovecharán para poner en crisis el modelo europeo. Y le darán la puntilla si desde los convencidos europeístas no somos capaces de hacer autocrítica y elevar propuestas de una Europa más común, más determinada a entender que las europeas y los europeos somos, o al menos deberíamos ser, el centro de esta Institución. Esos valores europeos que la mayor parte de nuestros jóvenes ya han metabolizado, y que se han construido durante años, no se pueden venir abajo por falta de una política común y de una gestión directa de los gobiernos en servicios esenciales como la protección de la salud.

De esta lección debemos aprender que la Unión Europea necesita que se haga política con mayúsculas, pero a día de hoy el análisis de la situación no nos permite ser mínimamente optimistas en este sentido.