Este martes lanzamos una campaña necesaria. Una campaña que no admite demora ni ambigüedades. Desde el
Observatorio contra las Pseudociencias y Pseudoterapias de la Organización Médica Colegial damos un paso al frente para denunciar, con claridad y sin eufemismos, un problema creciente que amenaza la salud pública: la expansión de
prácticas sin evidencia científica que se presentan como soluciones terapéuticas.
No es una cuestión menor. No es una anécdota. Es una realidad que se extiende con rapidez, especialmente entre los más jóvenes, impulsada por el poder de las redes sociales y la ausencia de filtros rigurosos. Vivimos en una época en la que la información circula sin control, donde la opinión se confunde con el conocimiento y donde cualquiera puede presentarse como experto sin serlo.
Esta preocupación no es exclusiva de nuestro país. Revistas científicas internacionales de referencia como
The Lancet, el British Medical Journal o el New England Journal of Medicine han advertido en sus editoriales del
riesgo que supone la desinformación sanitaria y la proliferación de pseudoterapias. Alertan de un fenómeno global que socava la confianza en la medicina basada en la evidencia y que puede tener consecuencias graves para los pacientes.
Porque no hablamos solo de ineficacia. Hablamos de riesgo. Cada vez que una persona sustituye o retrasa un tratamiento médico validado por una supuesta alternativa sin base científica, se expone a un daño real. El peligro no está únicamente en lo que estas prácticas prometen, sino en lo que impiden: diagnósticos a tiempo, tratamientos eficaces, oportunidades de curación.
Nuestra campaña pone el foco en los jóvenes, no por casualidad. Son quienes más tiempo pasan en entornos digitales y quienes, en muchos casos, reciben información sobre salud a través de canales donde la credibilidad no se construye sobre la evidencia, sino sobre el número de seguidores.
"Influencers" sin formación sanitaria recomiendan productos, dietas o terapias que carecen de cualquier respaldo científico, pero que logran una enorme difusión.
Sin embargo, sería un error pensar que el problema se limita a las redes sociales. También en medios de comunicación tradicionales, en programas de radio y televisión de gran audiencia, encontramos espacios donde se publicitan productos con supuestas propiedades milagrosas: mejorar la memoria, reforzar el sistema inmunológico o aliviar enfermedades complejas. Promesas vacías que, en el mejor de los casos, no sirven para nada y, en el peor, contribuyen a generar falsas expectativas y a
retrasar la atención médica adecuada.
Conviene decirlo con claridad: detrás de muchas de estas prácticas no hay ignorancia, sino interés económico. Se trata de un
negocio basado en el engaño. Vender productos sin eficacia demostrada, atribuir propiedades terapéuticas inexistentes o, en casos extremos, promocionar sustancias peligrosas como si fueran tratamientos, no es una opinión ni una alternativa. Es un fraude. Y como tal, debe ser tratado.
Desde la
Organización Médica Colegial asumimos nuestra responsabilidad. No solo como representantes de la profesión médica, sino como garantes de la seguridad de los pacientes. Esta campaña es una llamada a la sociedad, pero también un compromiso firme: informar, sensibilizar y, cuando sea necesario, denunciar a quienes ponen en riesgo la salud pública con prácticas engañosas.
No podemos permitir que la mentira ocupe el lugar de la ciencia. No podemos aceptar que la desinformación se convierta en norma. Y, sobre todo, no podemos tolerar que se juegue con la salud de las personas.
Porque el daño existe, aunque no siempre sea inmediato. Se manifiesta en diagnósticos tardíos, en enfermedades que avanzan mientras se confía en soluciones inexistentes, en vidas que podrían haberse salvado con una atención adecuada a tiempo.
Hoy lanzamos esta campaña con un objetivo claro: proteger a los ciudadanos frente al engaño. Defender la
medicina basada en la evidencia. Y recordar que la salud no puede ser un negocio para quienes carecen de escrúpulos.
Porque no hay mayor abuso que aprovecharse de quien sufre. No hay mayor indignidad que convertir la enfermedad en mercancía. Y no hay nada más inaceptable que jugar con la esperanza —o con la desesperación— de las personas cuando más vulnerables son.