La reciente conclusión de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) no deja margen para la ambigüedad: la homeopatía carece de evidencia científica que avale su eficacia en ninguna patología. No es una opinión, ni una controversia académica abierta; es el resultado de un análisis riguroso de la literatura científica disponible. Y, sin embargo, el verdadero alcance de este informe va mucho más allá de una cuestión técnica: interpela directamente a nuestro modelo de protección de la salud pública y al papel que deben desempeñar las instituciones, los profesionales sanitarios y también el mercado.

Desde la Organización Médica Colegial de España y su Observatorio contra las pseudociencias llevamos años alertando de los riesgos de legitimar prácticas sin base científica. La homeopatía no solo no ha demostrado eficacia superior al placebo, sino que sus fundamentos teóricos contradicen principios básicos de la física y la farmacología. Persistir en su promoción no es inocuo: supone abrir la puerta a una medicina paralela que confunde a los ciudadanos y erosiona la confianza en el conocimiento científico.

El informe de la Aemps es especialmente claro en un punto crucial: el principal riesgo no es tanto el producto en sí, sino la sustitución o el retraso de tratamientos eficaces. Cuando un paciente abandona una terapia validada para optar por otra sin evidencia, el sistema sanitario falla en su función esencial: proteger la salud y la vida. Este hecho, por sí solo, debería bastar para justificar una respuesta firme y coordinada.


"El principal riesgo no es la homeopatía, sino la sustitución o retraso de los tratamientos eficaces"



Pero hay otro elemento que no puede obviarse: los intereses comerciales. La persistencia de estos productos en el mercado responde, en gran medida, a una lógica de consumo que convierte la salud en un espacio de oportunidad económica, incluso cuando se dirige a personas sanas o vulnerables. Vender sin demostrar eficacia no es solo una cuestión ética; es una distorsión del propio concepto de medicamento.

Por eso, esta decisión debe trascender el ámbito nacional. España se alinea con una tendencia internacional que ya ha llevado a países como Francia o Reino Unido a retirar financiación pública a la homeopatía. Europa no puede permitirse mensajes contradictorios en materia de salud. La coherencia regulatoria es indispensable para garantizar que los ciudadanos, independientemente de su país, reciban información veraz y estén protegidos frente a prácticas sin evidencia.

En este contexto, el papel de las farmacias resulta determinante. Son, para la ciudadanía, un espacio de confianza, un eslabón fundamental del sistema sanitario. Precisamente por ello, no deberían albergar productos que no cumplan los estándares científicos exigibles a cualquier intervención terapéutica. La credibilidad de la farmacia comunitaria está íntimamente ligada a la evidencia de lo que dispensa.

La conclusión es tan sencilla como exigente: en salud, no todo vale. La medicina basada en la evidencia no es una opción entre otras, sino el único camino compatible con la ética profesional y la seguridad del paciente. Este informe es una buena noticia para la sociedad, pero también una llamada a la responsabilidad colectiva. Ahora toca consolidar este avance, evitar ambigüedades y asegurar que, tanto en España como en Europa, la protección de la salud prevalezca sobre cualquier otro interés.