18 nov 2018 | Actualizado: 11:40
Vie 14 agosto. 14.14H
Por Ana Sánchez Atrio, vicepresidenta del Colegio de Médicos de Madrid

Hace una semana 'Revista Médica' publicó una entrevista, que previamente me había solicitado, a la que yo accedí compartiendo con el periodista, durante una hora y en directo, mis recuerdos, sensaciones, emociones y anecdotario de mis modestos orígenes vocacionales, hasta la  situación actual en que mis colegas reumatólogos me han situado como Presidenta de la Comisión Nacional de Reumatología y, también como Vicepresidenta del ICOMEM, en este caso por designación de los Médicos de Madrid.

Al preguntarme cómo viví mi primera guardia de urgencias aquel día de marzo de 1989 (hace, por tanto, ¡26 años!) como R1, en aquel gran hospital, que a mí se me venía encima, evocaba mi miedo y mi envidia (todo mezclado) ante los residentes mayores y las enfermeras (no recuerdo enfermeros en ese momento) porque a todos les veía seguros de sí mismos en su cometido, sin tener que enfrentarse a la incertidumbre de la cuestión fundamental: el diagnóstico médico de aquellos pacientes a los que habría que tratar y cuidar (los médicos porque tenían esa obligación y esa experiencia ya suficientemente controlada y las enfermeras porque, sencillamente, no les correspondía ese papel).

Me recordaba a mí misma con el miedo al error diagnóstico y, creo que defensivamente, con  envidia a los médicos a los que suponía por encima de ese miedo y a las enfermeras porque, siendo de su competencia profesional el cuidar y no diagnosticar la patología del paciente, tampoco tendrían que pensar en ESE PROBLEMA, dado que, en lo demás, su pensamiento enfermero abarcaba un campo ajeno a mi competencia facultativa.

Esta es la referencia estricta y cabal a mis palabras sobre lo publicado.

Y bien, ¿dónde está el problema que algunos han creído ver? ¿Dónde está el “casus belli” que algunos han esgrimido para lanzarse prejuiciosa e inmisericordemente contra mí? ¿Dónde la horrible ofensa a la profesión enfermera que ha hecho rasgarse las vestiduras saducceamente a quienes tan poco (o, tan nada) se preocupan por la enfermería?

Estamos ante un clamoroso caso de escándalo farisaico en el que nada tiene que ver la pieza, y sí mucho el fuego de artificio.

Al margen de la injusticia, del resentimiento y del oportunismo patente en muchos de los interesados comentarios, las actitudes de conjunto contra mi no intencionado (por inexistente) agravio y la furibunda reacción contra mi persona, remite a otra confrontación dialéctica de más envergadura: la que parece enfrentar a las profesiones médica y enfermera desde hace algún tiempo. Ese debate tiene un recorrido y unos protagonistas que a mi me superan.

Sin embargo, la inefable y difícilmente justificable alegación de un cargo institucional del Consejo General de  Enfermería contra mis supuestas intenciones y mi supuesta actitud institucional (todo supuesto por la firmante del artículo),  me obligan a responder institucionalmente con más proporcionalidad, sosiego y respeto que el manifestado por la vicepresidenta del Consejo General de Enfermería hacia mi, con unas acusaciones absolutamente improcedentes. Pilar Fernández recrea, con elocuentes dotes literarias, un guión que, en absoluto, autoriza mi comentario sobre la discrecionalidad profesional de enfermeros y médicos. Con vehemencia impropia de su cargo, con una superioridad ofensiva, ajena a la más elemental comprensión, magnifica y generaliza un comentario puntual sobre mi experiencia hace 26 años, y  lo traslada a una consideración, actual y peyorativa, sobre capacidades y actuaciones a las que nadie se ha referido.

Por otra parte, es intolerable y de profundo mal estilo aludir, como hace Pilar Fernández, a la situación de un Colegio que no es ninguno de los de su competencia profesional, con expresiones  y juicios de valor que por sí mismos merecerían una reprobación de la Institución Médica Colegial paralela a la suya. ¿Considera Pilar Fernández tan sólido e irreprochable todo el entramado colegial enfermero, como para permitirse con infantil prepotencia señalar defectos en casa ajena? En cualquier caso, le ha faltado magnanimidad, prudencia y tolerancia para descolgar el teléfono y pedirme aclaraciones personalmente, antes de incurrir en la  veleidad  de emitir juicios inexactos, alimentar prejuicios y  adelantar segundas intenciones, que transmiten más bien, por parte de Fernández, una cierta debilidad personal, profesional e institucional, y que a mi me sitúan en flagrante indefensión.

Por mi parte, puede contar la Sra. Fernández  con que nunca tendré el mal gusto de  calificar su Institución y a ninguno de los Colegios que ella pueda representar con la expresión descalificadora de que está "literalmente (léase vulgarmente) hecha unos zorros".

Pero, siendo todo lo anterior muy grave, aún se viene arriba Fernández y se permite adornarse, con elocuencia sobrevenida, sobre condiciones doctorales, currículums investigadores, contenido científico profesional y Planes de cuidados. Absolutamente  digno, respetable y esperable todo ello, pero no veo la razón de pretender patrimonializar, como propios y no asequibles a otras profesiones, esos recursos y habilidades que menciona.

Pese a lo  que obviamente constituye un trato injusto y prepotente por su parte contra esta  “presunta ofensora" que se ha buscado, me veo obligada a recordarle su ignorancia sobre mi modesta, pero decidida aportación a la causa enfermera como iniciadora de las Consultas de Enfermería Reumatológica en nuestro País. Seguramente desconoce (o se lo guarda) que, en concreto, la de mi Servicio, en el Hospital Príncipe de Asturias, es Consulta de referencia nacional, donde desde el año 2009 vienen rotando enfermeras de otras Áreas Sanitarias y de diferentes Comunidades Autónomas.

No sé quién es científicamente la Sra. Fernández, ni sé cuál es su condición profesoral, pero sí debe ser tan presuntamente relevante que le permite dirigirse con displicencia a la condición académica de una profesión sin la cual la suya no tendría sentido. Si esta señora magnifica la virtualidad académica enfermera, imagínese lo que podría hacer yo con la condición académica médica. No valoraré su displicente opinión personal sobre esos médicos a los que el lenguaje  tradicional califica como doctores, tengan o no el grado académico, para que le recuerde que su cuestionamiento sobre el particular, a más de ir contra el uso popular en el que se manifiesta el respeto y aprecio de los pacientes, contraría un riquísimo acervo científico laboriosamente constituido desde Hipócrates hasta nuestros días, con miles y miles de doctores e investigadores señeros, junto a nobilísimos, competentes y sacrificados médicos  que no han tenido oportunidad de adornarse con esa titulación, sin que ello desmerezca, su valía, competencia y suficiencia (seguramente la Sra. Fernández misma habrá necesitado, o necesitará, los buenos oficios de cualquiera de estos médicos).  El repaso a la evidencia científica al respecto no le favorece, pero no seré yo quien le redima de su aparente error invencible.

La opinión de la Sra. Fernández proyecta una sombra de incertidumbre sobre las relaciones medicina-enfermería, porque causa asombro su sectarismo profesional y la instrumentación oportunista de un NO juicio de valor sobre residentes y enfermeras hace 26 años, con el que ha hecho un flaquísimo favor a la conciliación de las necesarias relaciones cordiales (algunos las tenemos fraternales) entre estos dos Estamentos vitales para la construcción y supervivencia de cualquier sistema sanitario.

De lealtades, obediencias dialogadas, fidelidades perrunas y  responsabilidad ética y administrativa en el desarrollo del cargo, parece disponer la Sra. Fernández  de un código particular, osado y taxativo, ya que se refiere a mí como desleal a una presidenta que se ha impuesto a sí misma el "noble afán" de enfrentarse a TODA su Junta y no especialmente a mí, que me veo OBLIGADA, por la responsabilidad institucional que la Sra. Fernández desconoce o frivoliza,  a asumir la voz de la Junta maltratada por la presidenta, para  poder seguir ejerciendo y mejorando la actividad colegial. Por el contrario, a la Sra. Fernández, tras un Presidente activo y consensuador, debe suponérsele  instalada en un limbo institucional a la cómoda sombra del poder constituido y con tiempo de impartir su mediocre juicio didáctico sobre un Colegio que claramente desconoce. Así que no se debiera permitir cuestionarme bajo ninguna condición personal, como a mí no se me ocurriría cuestionarle como pintora, aunque esa vicepresidenta pinte mucho, sobre todo al óleo.

El alarde no es elegante ni en las profesiones, ni en las conversaciones coloquiales. El alarde presuntuoso, o  más bien valentonada, con el que Fernández cuestiona mi condición de doctora frente a la suya, le sitúa  en peligroso riesgo de confrontación de méritos. A su disposición si cree poder enseñarme algo al respecto. Le escucharía con la buena fe que ella no me ha reconocido, y sin pretensiones de inútil reciprocidad.  De momento, ni he encontrado su currículum, ni sus obras, ni sus artículos científicos en revistas internacionales, ni sus tesis doctorales dirigidas, por lo que tengo que abrir un interrogante que permita equiparar a quienes  se dejan llamar doctores sin serlo  (como ella dice), frente a alguien que puede ostentar un papel que acredita su condición de doctora, pero que quizá detente escasos méritos que justifiquen la idoneidad de la práctica doctoral, tal como se concibe en nuestro medio académico habitual. Por cierto, mi currículum puede encontrarse y consultarse fácilmente para aclarar dudas o perplejidades.

Termino recordando a la Sra. Fernández  que firma su artículo  con un pomposo consejo admonitorio: pensar antes de hablar. En justa reciprocidad, yo le ofrezco otro con la mano tendida: pensar después de hablar.