Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes
Lun 24 junio de 2019. 15.50H
Crónicas desde el Ampurdán
La posverdad o mentira emotiva es un neologismo que describe la distorsión deliberada de la realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Usado el término por vez primera en 1992, según el diccionario Oxford, al referirse a algunas historias como el Watergate, el escándalo Irán-Contra y la Guerra del Golfo, el concepto se fue empleando cada vez más en los primeros años de este siglo hasta llegar a su explosión durante la campaña electoral de Trump y su posterior etapa presidencial que aún disfrutamos. “Palabra internacional del año” en 2016, se trata de un concepto en alza en todo el mundo del que surgen ejemplos por doquier y por supuesto en España. Entre nosotros hay casos clamorosos en los que basta con comprobar las versiones contradictorias sobre determinados temas para constatar que algunas se corresponden perfectamente con lo que la administración Trump denominó, hay que reconocer que de manera imaginativa: “alternative facts”. Para no pocos autores, la posverdad es sencillamente una mentira, una falsedad encubierta bajo el término políticamente correcto de “posverdad”.


"Hay voces interesadas en que el sistema español de trasplantes y quienes lo integran pasen a ser un ejemplo más de posverdad"


Y como todo lo malo se acaba copiando, hay voces interesadas en que el sistema español de trasplantes y quienes lo integran pasen a ser un ejemplo más de posverdad. Lanzar vilipendios contra nuestro modelo de trasplantes no es afortunadamente práctica común pero tampoco es nueva. Tuvo un defensor monográfico desde principios de siglo, siempre en el mismo periódico y con casi la misma columna, que a veces traducía al inglés y enviaba a todo tipo de organismos internacionales que a su vez nos la reenviaban con sorpresa e incredulidad ante tan extraña práctica. Recientemente se ha producido el relevo por parte de otro escritor unidireccional que ha pasado del papel a los digitales, y posterior repercusión en redes sociales de un grupo de incondicionales, la verdad no muy numerosos.

De rebatir uno por uno sus “alternative facts” por lo demás de muy escasa o nula consistencia técnica, ya se ha encargado en varias ocasiones con acierto la directora de la ONT, secundada la última vez por el presidente de la Sociedad Española de Trasplantes, quien también acertadamente las ha calificado de “comentario caduco y trasnochado”. Si me gustaría señalar algunos aspectos llamativos de estas críticas, que ponen de manifiesto una ignorancia notable sobre el tema, aparte de una muy escasa coherencia.

Acusaciones contra el sistema de trasplantes


Al analizar la serie histórica de artículos, se ha pasado de acusar al sistema de trasplantar mucho (aunque nunca llegaron a decir públicamente a quienes había que dejar de trasplantar de haberles hecho caso), a considerar ahora que es poco eficiente y que en consecuencia se trasplanta poco, en especial de donante vivo. Siempre es bueno cambiar de opinión, aunque en relación con la nueva moda, solo señalar que la actividad española de trasplante de donante fallecido, que es en lo que somos los número uno indiscutibles, supera con mucho la de cualquier otro país, aunque se le sumen los de donante vivo, mucho más altos en otras latitudes precisamente como compensación de la escasez relativa de órganos donados por personas fallecidas y por recibir donantes y receptores extranjeros.  Es un hecho conocido la relación inversa de estas dos magnitudes por razones bastante obvias, aunque haya quien lo desconozca.

Otro objeto de crítica es la elevada edad de nuestros donantes comparada con los de otras zonas del mundo con la consiguiente menor “eficiencia” en cuanto a órganos trasplantados por cada donante. Un pequeño detalle a considerar es la necesidad de que la persona fallezca para que pueda donar sus órganos y en un país como España con una de las mayores esperanzas de vida del mundo, las muertes entre los jóvenes son afortunadamente bajísimas. Si descartáramos los donantes con edades avanzadas para mejorar los índices de eficiencia, simplemente no trasplantaríamos ni la mitad de lo que lo hacemos ahora con el consiguiente fallecimiento de los receptores, que no por casualidad, también son de edades muy avanzadas. Vivimos en un país muy envejecido a todos los efectos y la donación y el trasplante son un simple reflejo de ello gracias precisamente a que se han hecho unos enormes esfuerzos de adaptación por parte del sistema.


"El ejemplo de donantes mucho más jóvenes en Estados Unidos se debe a que su mortalidad por accidentes de tráfico triplica la española y la de armas de fuego la multiplica por 24"


El ejemplo de donantes mucho más jóvenes en Estados Unidos que a veces se aduce, se debe por una parte a que su mortalidad por accidentes de tráfico triplica la española y la de armas de fuego la multiplica por 24, aparte y sobre todo al triste hecho de la epidemia de drogadicción que se lleva allí por delante todos los años las vidas de muchos miles de jóvenes, muchos de los cuales acaban siendo donantes por la forma en que fallecen. Es muy dudoso que estos condicionantes sean un ejemplo a seguir.

En todo caso, la política de donantes añosos no es en absoluto exclusiva de España, sino que es compartida y aumentada por muchos países, sobre todo de Europa occidental. Por poner un ejemplo, recientemente apareció en un periódico de Florencia el caso de una donante de hígado de 97 años (en España el récord está en 94). Cuando hablé del asunto con mis amigos toscanos me explicaron que no era para tanto porque ya tenían en Italia 3 donantes de esa edad.

Como no podía ser menos cuando se plantean críticas de este tipo, lo que subyace por parte del interesado es siempre el tema económico (“cherchez l’argent” que dicen los franceses). Sin entrar en los distintos sistemas de pago vigentes en España para los procesos de donación y trasplantes, decir que no son en absoluto superiores a los de otros procesos de actividades no programadas y que requieren una alerta de 24 horas, 7 días a la semana de equipos complejos de profesionales. Tampoco tienen una filosofía distinta a la de los países de nuestro entorno como Francia, Alemania o Italia, con la peculiaridad de haber sido recogidos en los boletines oficiales de numerosas CCAA y ser por tanto públicos y verificables.

La comparación con Estados Unidos


Y algo fácilmente constatable: basta comparar estas cantidades establecidas para la extracción y el trasplante de cada uno de los órganos con las tarifas correspondientes en USA, que se pueden consultar en la web de su organización de intercambio de órganos: UNOS, para ver que éstas multiplican entre 5 y 10 las cifras españolas. Cualquiera que haya visitado Estados Unidos puede atestiguar que las diferencias en cuanto al coste de la vida entre los dos países no son ni mucho menos esas. Por desgracia y una vez más, las retribuciones de nuestros profesionales son sensiblemente inferiores a las de sus colegas de otros países y este factor no es ajeno a que uno de los problemas más inquietantes para nuestro sistema sea el relevo generacional ante la existencia para los especialistas de salidas profesionales más atractivas desde el punto de vista económico y de calidad de vida.

Pero si se quiere una explicación más clásica y local de toda esta historia, y probablemente con una mayor dosis de sabiduría popular, siempre se puede recurrir a don Joaquín María Bartrina i de Aixemús poeta catalán del siglo XIX nacido en Reus como su coetáneo el gran Gaudí, y autor de una conocida estrofa, real como la vida misma:

Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol
Si alaba Inglaterra, será inglés
Si reniega de Prusia, es un francés
y si habla mal de España... es español

¡Dios, que mala es la envidia!