Redacción Médica
18 de septiembre de 2018 | Actualizado: Martes a las 19:05
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El médico todopoderoso

Salvador Díaz Lobato, responsable de la Unidad de Ventilación Mecánica no Invasiva del Ramón y Cajal
Miércoles, 09 de diciembre de 2015, a las 19:35
Hace poco leí que aquellas personas que tienen afán de ser superiores a los demás suele decantarse por profesiones donde es más fácil ostentar el poder. El autor del artículo mencionaba a la medicina como una de estas profesiones. Con una trayectoria de más de 30 años de ejercicio médico, comenzaron a asomarse a mis recuerdos algunos compañeros de viaje que podrían encajar en este perfil. En verdad, es fácil sentirse poderoso siendo médico.

La relación con el paciente es asimétrica. Nos enfrentamos en desigualdad de condiciones. Una mala noticia, un diagnóstico inesperado, una enfermedad de nombre impronunciable, la indicación de pruebas dolorosas, un futuro incierto, la pérdida de autonomía, un pronóstico infausto, efectos secundarios indeseables, sufrimiento…. son ideas que revolotean en la mente de los pacientes. Podemos ser realmente poderosos y crueles, si nos place, en un escenario donde el paciente ya está en nuestras manos desde mucho antes de entrar a la consulta, decidir acudir al servicio de urgencias o mientras espera que el séquito médico entre en la habitación de la planta donde se encuentra ingresado.

Salir de una habitación y dejar al paciente y a sus familiares consternados, confusos, heridos y desamparados, hace sentirse poderosos a algunos médicos. Estos rasgos de la personalidad deberían tenerse en cuenta antes de autorizar a alguien a ejercer la medicina. Por suerte para todos, no olvidemos que los médicos también estamos destinados a ser pacientes antes o después, la humanización de la medicina es un hecho palpable y el poder del médico frente al paciente ha venido a menos. En la actualidad es fácil comprobar cómo la relación médico-paciente se establece entre dos personas más igualadas, y no me refiero a conocimientos técnicos. Pacientes mejor formados e informados, médicos más empáticos y sensibles y la escucha activa como herramienta de trabajo en lugar del monólogo autoritario, han contribuido a este preciado cambio.

Pero hay otras formas de satisfacer el ego en medicina. En nuestra profesión hay muchas cosas que hacer. Atender a los pacientes es primordial, lo que conocemos como actividad asistencial. Pero uno puede engancharse además a la investigación y dedicar parte de su tiempo a realizar estudios, ensayos clínicos, rellenar bases de datos, escribir artículos, presentar comunicaciones en congresos, dar conferencias, viajar…. Ser médico asistencial y además haber publicado mucho, da carisma en general, y a algunos, mucho poder. A veces el trabajo asistencial de calidad y la investigación de calidad están reñidos y los buenos investigadores lo saben. Dejar parte o toda la actividad asistencial para centrarse en la investigación es algo también cada vez más frecuente y deseado, existiendo fórmulas para compatibilizar estas actividades como son las tan demandadas becas de intensificación.

Existen otras vías para presumir de poder dentro de un hospital. El ascenso jerárquico, que culmina con la consecución de la jefatura de servicio, y la carrera académica, que aspira a la obtención de una cátedra, son buen ejemplo de ello. Siempre comento con mis residentes que los vectores de energía de un hospital, fuentes habituales de conflictos, de agravios, en definitiva, de tensiones internas que resienten la estructura, se relacionan con estas tres carreras profesionales: la investigadora, la jerárquica y la académica. El triatlón sanitario. Es muy divertido ver el comportamiento de unos y otros en relación a las posibilidades estimadas de cada aspirante a progresar en alguna de ellas. Un gran amigo siempre intentaba diferenciar los médicos escalilleros, aquellos que de forma similar al ascenso en el ejercito, entienden que van subiendo en el escalafón con el paso de los años y que es cuestión de tiempo que les “toque”, de los médicos escaladores.

El mundo de la escalada está lleno de oportunidades y las técnicas de ascenso son muy variadas perfilándose figuras bien definidas como el pelota o el trepa. La cultura de la meritocracia lleva a unos y a otros a trabajar hasta altas horas de la tarde, a pasarse fines de semana enteros intentando colocar un artículo en alguna revista decente, a estar a la última demostrando haber leído un artículo que se va a publicar mañana,… pero sobre todo a exhibirse para demostrar a los demás lo buenos que son.

Pero si hay alguien que me llama poderosamente la atención dentro de un hospital es el médico narcisista con ideas megalomaníacas. Me lo merezco, es el principal mérito alegado. Estos compañeros tienen ideas delirantes de poder, relevancia y omnipotencia, sustentadas en una inflada autoestima. Toda su vida se basa en que ellos deberían ser el jefe, el profesor, el alumno aventajado, lo que toque en cada momento, pero siempre hay alguien que impide que así sea, a pesar de que se lo merecen. Esto genera grandes tensiones a su alrededor y dirigidas de forma itinerante a quien el sujeto en cuestión entiende que le bloquea el paso en cada momento. Lo peor que puede pasar es que aprovechando alguna fisura del sistema, consigan su objetivo y lo nombren, por ejemplo, jefe de servicio, aunque sea de forma provisional.

Con lo que me ha costado llegar hasta aquí, piensan en voz alta, ahora voy a demostrar lo equivocado que estaban todos. Por fin se ha hecho justicia. A partir de este momento, una vez alcanzado el objetivo vital, todos sobran. Compañeros y amigos se ven envueltos en la espiral del megalomaníaco. No se aceptan las críticas; voy a sacar adelante mi proyecto contigo o sin ti, dicen; no te necesito para nada, ya mando yo. Podríamos definir el síndrome EPR: Ego, Poder, Rigidez. El daño producido por un médico así tiene consecuencias directas en la credibilidad del sistema y en la desmotivación de los profesionales, amén de los destrozos en la organización que genera esta forma de liderazgo basado en el autoritarismo.

Muchos son los factores que pueden darle poder al médico, poder que pueden ostentar tanto frente a pacientes como frente a profesionales. Pero en mi opinión, el auténtico poder del médico es el del trabajo bien hecho sustentado en valores como la humildad y el compañerismo y centrado en el paciente. Siendo honestos, coherentes y reconocidos por una conducta irreprochable, solo así, deberían abrirse las posibilidades de otras fórmulas de ascenso jerárquico.