Antonio Compañ, presidente de la Conferencia Nacional de Decanos de Medicina, y Teresa Serrano, presidenta del CEEM.
Cada año son
miles los estudiantes que comienzan la universidad con el objetivo de convertirse en médicos en España, el país con
más facultades de Medicina por habitante del mundo, con un total de 53 centros, siendo 38 públicos y 15 privados. Pero los estudiantes de ahora
no se enfrentarán a un mundo laboral con las mismas condiciones que hace unos años, cuando sus profesores y compañeros en los hospitales empezaban a ejercer.
“Hay un cambio del prestigio social del médico y la aparición de la violencia, que eso es algo que antes era inaudito”, afirma
Antonio Compañ, presidente de la Conferencia Nacional de Decanos de Medicina, en el marco de la
jornada “Derechos fundamentales del médico. Definir derechos para sostener el contrato social” del Foro de la Profesión Médica. Alega que la sociedad actual no es tolerante con la incertidumbre, con lo cual
“aparecen agresiones que seguramente no van contra el médico en sí, sino contra el sistema”, comenta Compañ.
Los más perjudicados, sostiene, son los médicos jóvenes, que quedan en una situación de vulnerabilidad en su contacto con los pacientes que puede llegar a justificar el
“estrés y de frustración” que sienten.
Teresa Serrano, presidenta del Consejo Estatal de Estudiantes de
Medicina (CEEM), admite que desde las facultades lo viven con “preocupación”: “Como estudiantes vemos todo lo bueno, pero también vemos en primera persona cuando llega un paciente violento o situaciones desagradables entre la propia plantilla.
Es el futuro que nos espera”.
Para el presidente de los decanos de Medicina,
hay que abordar tanto la seguridad física como la jurídica: “Resulta triste tener que poner guardias jurados en los centros de salud, en las consultas o en urgencias, pero es la triste realidad,
con botones de pánico o consultas externas con dobles puertas por si acaso tienes que salir”, lamenta. En lo que respecta a la seguridad jurídica, establece que, cuando se produce una agresión, “el que tiene que denunciar no es el médico, es la institución pública, porque si no se agrava todavía más el problema”, destaca. También piensa que
debe existir una “seguridad psicológica” en este sentido. “No puede ser que un estudiante se plantee no elegir atención primaria porque hay mucha violencia en la consulta; eso es un fracaso que hay que erradicar desde la facultad”, señala la presidenta del
CEEM.
Cambiar el programa de las universidades para gestionar la violencia
Ante este cambio de paradigma en el ejercicio de la Medicina, algo empieza a cambiar también en los contenidos que se imparten desde la universidad.
“Empieza a haber seminarios de desescalada y simulación con situaciones de pacientes violentos”, comenta Serrano. Es decir, los planes de estudios de las facultades empiezan a dejar espacio a estas iniciativas, con el fin de proporcionar herramientas a los futuros profesionales. “Las
facultades de Medicina tienen que intentar formar a los mejores médicos que necesite nuestra sociedad y adaptarse continuamente a estas necesidades.
No consiste en que estemos acumulando cada vez más competencias, sino en priorizar”, sostiene Compañ.
Se refiere a que hay que cambiar, pero siempre sustituyendo algo que se queda anticuado por otra cosa que pueda servir a los estudiantes en el momento presente. “Si hay que hacer talleres sobre violencia, igualdad, estrés o educación emocional, eso
es a costa de quitar competencias antiguas que hoy en día tienen menos valor”, incide. Aún así, advierte de que modificar los planes de estudio de las universidades no es algo sencillo: “Es un proceso largo y complicado que conlleva casi dos años. Hemos de ser muy cautos para hacer cambios continuamente, no sería efectivo”. Además, Compañ pone el foco en algo fundamental:
“No podemos enseñar una ciencia del siglo XXI con estructuras del siglo XX y con una sociedad que demanda un humanismo del siglo XIX”.
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