13 dic 2018 | Actualizado: 19:50
Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes
Lun 12 marzo de 2018. 12.50H
Crónicas desde el Ampurdán
Lo que voy a exponer es una obviedad o al menos debería serlo, pero ya se sabe que a veces es necesario solemnizar lo obvio dado que algunos no lo ven o no lo quieren ver: me refiero a la enorme importancia de la enfermería en todos los ámbitos de la sanidad. Cada uno en su parcela seguro que puede encontrar pruebas fehacientes, pero por lo que a mí me toca, y sin olvidar su gran relevancia durante mi etapa como nefrólogo clínico, tengo que referirme al extraordinario papel que jugó en sus orígenes y por supuesto sigue jugando la enfermería en la oficina central de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT). No hablo del papel fundamental de la enfermería en la coordinación y los equipos de trasplante de los hospitales, que eso merece capítulo aparte.

He contado muchas veces que los comienzos de la ONT fueron de todo menos fáciles. Sin que se sepa muy bien por qué, la plantilla inicial con la que me encontré constaba de 2 auxiliares administrativas y 6 plazas de enfermería, sin ningún médico (ni siquiera existía la plaza de coordinador nacional, por lo que oficialmente continué vinculado a mi
hospital durante muchos años). Era necesario por tanto que esta plantilla, exigua en cantidad fuese cualitativamente del más alto nivel y ello no era sencillo porque en 1989 el proyecto de la ONT era apenas nada y hacía falta mucha fe para embarcarse en el mismo.

Efectivamente, tan poca cosa éramos que las ofertas a varios médicos para que se incorporaran a trabajar con nosotros tras buscar alguna fórmula administrativa vicariante, cayeron en el vacío. Era evidente que la fe en el proyecto a desarrollar y el compromiso con el mismo debían ser las dos virtudes a buscar en cualquiera que se incorporara, por encima de cualquier otra consideración y ello había que trasladarlo a la enfermería.

"Sin ellas nada hubiera sido como es hoy y probablemente no habríamos llegado ni de lejos a las cotas alcanzadas"



Y así fue, el entusiasmo que entonces solo yo era capaz de mostrar por el proyecto, debía ser contagioso porque solo así puede explicarse el calibre de las enfermeras que aceptaron venirse conmigo a la ONT. Responsables de la unidad de diálisis, de la hospitalización de nefrología, de la unidad de intensivos, o enfermeras con las que había trabajado en el
programa de diálisis en casa o en la planta de enfermos ingresados. De las mejores que se podían encontrar en el Hospital Ramón y Cajal, y todavía hubo más que hubieran querido y podido incorporarse si hubiéramos dispuesto de más plazas. Todas aceptaron con entusiasmo la idea, dos de ellas siguen en la ONT casi 30 años después y otras finalizaron allí su vida laboral, asimilando y formando a las nuevas generaciones que se fueron incorporando y constituyendo siempre el alma de la ONT, su ADN. Sin ellas (las iniciales fueron todas mujeres) nada habría sido posible.

El aprendizaje no fue un camino de rosas. Ni siquiera la seguridad de una oficina de 24 horas situada en una planta baja sin rejas en las ventanas había sido contemplada por el desastre ministerial de entonces, y ellas lo afrontaron con decisión hasta que pudo solucionarse. Hubo que incorporar las mejores experiencias de los distintos hospitales, revisarlas y elaborar unos protocolos de actuación que simplemente no existían. Recibieron con una sonrisa la ayuda de quienes estaban dispuestos a construir algo mejor y tuvieron que aguantar y también repeler las diatribas de unas cuantas eminencias médicas, encantadas de haberse conocido y que hicieron un perfecto ejercicio de resistencia al cambio, afortunadamente superado aunque no sin duros encontronazos.

Ellas articularon todos los protocolos que hoy día constituyen el perfecto entramado del día a día de la ONT. Antes de que contáramos con médicos o informáticos, establecieron los mecanismos de recogida y elaboración de datos, sentando las bases para que los trasplantes fueran uno de los pocos sectores de nuestra sanidad en los que todo está medido y cuantificado: la única forma razonable de tomar decisiones. Muchísimo antes de disponer de una experta en comunicación, ellas se encargaron de dar soporte a la relación con los periodistas con los resultados que cualquiera puede valorar en las hemerotecas. Han dado formación a miles de profesionales sanitarios por toda España, tanto de medicina como de enfermería… Sin ellas y quienes les han sucedido (con un porcentaje femenino histórico aproximado de un 80 por ciento, más o menos el mismo en todos los estamentos de la ONT), nada hubiera sido como es hoy y probablemente no habríamos llegado ni de lejos a las cotas alcanzadas.

Insisto, a veces hay que solemnizar lo obvio: sin la enfermería nada es posible en la sanidad. Nunca lo reconoceremos lo suficiente. Valga al menos este pequeño homenaje.