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He estado un par de días en Shanghái (China) con la intención de ver cómo funciona el sistema sanitario y sobre todo para ver de primera mano realmente el nivel de innovación que tienen implementado - más allá de la fascinación por videos y promociones de inteligencia artificial - y tratar de aprender cosas, que siempre viene bien.

Así, tras visitar algunos de los principales hospitales públicos y privados y hablar con sus equipos directivos y sus sanitarios, hay una reflexión más profunda que hacer al modelo sanitario que tienen, en qué se parece al nuestro y, sobre todo, en qué se diferencia, que se puede resumir en un frase: los chinos han montado un sistema con lo mejor de los dos mundos; de los sistemas más públicos y de los sistemas más liberales.

El sistema combina un modelo tipo Bismarck en las grandes ciudades —financiado por cotizaciones sociales y con copagos— y un modelo Beveridge en zonas rurales.

Practicamente la totalidad de la población tiene cobertura sanitaria básica - cobertura sanitaria universal para su población -, pero luego hay muchos complementos y reembolsos para otros servicios y practicamente, la totalidad de los recursos son públicos, el 95 por ciento. De tal forma que al final todo el mundo tiene cobertura en la región o la ciudad en la que vive. Es decir, si te pones malo en otra región que no es la tuya porque estas desplazado tienes que ir a donde sea que te corresponda, obviamente salvo que sea una urgencia. Es decir, el sistema destila mucho orden.

Lo primero que llama la atención y es impactante es que el sistema sanitario chino no tiene listas de espera.

En un país de 1.400 millones de habitantes no hay listas de espera.

Shanghài en concreto es una ciudad de 24 millones de habitantes, como la mitad de la población de nuestro país, en donde los pacientes pueden elegir centro y médico. Si el médico es muy conocido puedes tener unas semanas, pero los tiempos de espera no llegan a un mes en ningún caso.

Esto no es casualidad ni un milagro tecnológico.

Es el resultado de un sistema diseñado explícitamente para absorber toda la demanda asistencial, no para racionarla. Que prioriza la asistencia a la gente por encima de todas las demás cosas. Es decir, por ejemplo, no les importa demasiado la privacidad; priorizan la eficacia. Priorizan atender a los pacientes.

Tienen médicos de cabecera, pero el acceso a médicos especialistas y a hospitales es directo, los profesionales no son funcionarios y la productividad del sistema es máxima. Es decir, quien no cumple los mínimos es despedido.

Además, los huecos de los médicos son públicos, visibles y gestionados casi como si fueran slots industriales. Vamos, igualito que en nuestro sistema sanitario público. Obviamente, allí no hay sindicatos más allá que el del partido comunista y derechos como el de la huelga y demás no se conocen.

Mucho trabajo, mucha disciplina y cero tolerancia a la ineficiencia estructural.

Los hospitales privados existen, pero son excepcionales y están orientados fundamentalmente a extranjeros y también hay circuitos VIP dentro de hospitales públicos, con copagos significativamente más altos. Incluso en estos casos, el objetivo no es seleccionar pacientes, sino gestionar volumen con orden; la diferencia, eso sí, es que las habitaciones son individuales.

Desde el punto de vista organizativo, muchos hospitales están hiperespecializados por áreas o patologías - hospital para enfermedades del corazón y tórax, para enfermedades infecciosas (hospital de fiebre), de accidentes, etc-, lo que permite concentrar experiencia clínica, tecnología y volumen de actividad altísimos, elevando resultados y eficiencia.

Nada especialmente distinto a lo que conceptualmente defendemos en Europa, salvo que allí lo aplican sin demasiados debates ideológicos.

Uno de los aspectos donde sí existe una diferencia clara es en la gestión de la información clínica. Los hospitales están obligados a enviar al gobierno datos estructurados y anonimizados de la historia clínica de forma sistemática. Esto permite a la administración analizar actividad, riesgos, flujos y resultados poblacionales con una profundidad muy superior a la que permite nuestro conjunto mínimo básico de datos (CMBD), que es bastante más limitado.

La regulación de datos es mucho más laxa, porque la privacidad individual es algo secundario en favor del colectivo, y la cultura social lo acepta con naturalidad.

En cuanto a innovación y uso real de inteligencia artificial (IA), mi impresión —después de ver hospitales funcionando de verdad— es bastante clara: no están hoy significativamente por delante de nosotros.

No hemos visto:

  • Sistemas de historia clínica resumida por IA
  • Transcripción clínica automatizada plenamente integrada (solo pilotos iniciales)
  • Triajes inteligentes basados en aprendizaje automático
  • Robots autónomos asistenciales funcionando en el día a día

Lo que sí hemos visto es una disciplina extrema en la estructuración de datos: médicos y enfermeras rellenan cuestionarios exhaustivos, se generan scorings de riesgo y alertas clínicas, pero basadas en reglas y protocolos clásicos (tipo Manchester), no en IA avanzada. Es un sistema muy ordenado, muy procedimental y muy dependiente del cumplimiento estricto de procesos.

La tecnología dura —diagnóstico por imagen, equipamiento hospitalario, quirófanos— está, en general, al mismo nivel que en nuestros mejores hospitales europeos. Ni claramente por delante, ni especialmente por detrás.

Y entonces, ¿dónde está la diferencia real?

En el potencial de futuro.

Allí la regulación es muchísimo más laxa. La innovación primero se implanta y luego se ajusta. No al revés. Lo que les da un margen de mejora en un tiempo corto mucho mayor del que podamos tener en Europa.

De hecho, mientras aqui en la Unión Europea (UE) estamos tratando de ver cómo podemos hacer para flexibilizar las leyes que nos hemos autoimpuesto a través de proyectos omnibus digitales, en China acaba de aprobar su plan de aplicación de la IA en Salud para los próximo años con dos fases bien diferenciadas:

  • Hasta 2027, para construir conjuntos de datos de alta calidad y espacios de datos confiables, con modelos verticales centrados en especialidades clínicas y aplicaciones inteligentes generalizadas, especialmente en Atención Primaria
  • Hasta 2030, para extender cobertura amplia de soluciones de IA en Atención Primaria y hospitales de nivel secundario o superior; establecer sistemas de estándares y normas para la IA en salud; consolidar centros de innovación y bases de talento de clase mundial

Porque si mañana el sistema chino decide desplegar IA clínica a gran escala:

  • no tiene que esperar años de aprobación regulatoria
  • no tiene capas superpuestas de autoridades
  • no tiene un marco sancionador que disuada antes de probar

Pueden implementar, medir, corregir y escalar con una velocidad que hoy Europa no puede igualar.

Y aquí es donde aparece la advertencia incómoda.

No porque hoy nos estén superando, sino porque tienen menos frenos estructurales para hacerlo mañana. Y estoy seguro de lo que van a hacer.

Mi conclusión, tras esta visita, es clara y deliberadamente equilibrada:

China no tiene hoy un sistema sanitario más innovador que el nuestro.

Pero sí tiene un sistema mucho más orientado a gestionar demanda, medir resultados y escalar soluciones rápidamente.

Europa sigue teniendo una enorme fortaleza en calidad clínica, ética y derechos del paciente. Pero si no liberamos —con cabeza— la regulación para permitir implementar innovación de forma ordenada y realista, esa ventaja va a  erosionarse más rápido de lo que creemos.

En sanidad, como en casi todo, el problema no es la tecnología. Es la capacidad de decidir y ejecutar a tiempo. Y en eso, Shanghái nos deja varias lecciones que convendría no ignorar.

Espero poder ir en 5 años y contaros las diferencias entonces.