La
“necesidad no tiene ley; pero la ley, cuando se ignora, deja de ser ley para convertirse en un eco vacío”.
Esta frase resuena con especial crudeza en el contexto actual del Sistema Nacional de Salud (SNS) español, que se enfrenta a una paradoja existencial: para sobrevivir y mantener su promesa de universalidad, se ve empujado a cometer ilegalidades, como la
contratación generalizada de médicos sin la especialidad requerida. Lejos de ser una solución puntual, esta práctica se ha normalizado hasta convertirse en un síntoma de una enfermedad más profunda que amenaza con devorar los cimientos mismos del sistema. La pregunta que debemos plantearnos no es si esta práctica es legal —que claramente no lo es— sino si un sistema que debe recurrir a ella para funcionar puede, en realidad, considerarse "superviviente".
El origen de la crisis en los desiertos asistenciales
El origen de esta crisis es un desajuste estructural entre la oferta y la demanda de especialistas. Décadas de una
planificación de recursos humanos que ha resultado ineficaz, unida a unas condiciones laborales que expulsan a los profesionales formados hacia la privada o al extranjero, han creado un déficit que se manifiesta en “desiertos asistenciales”. La situación es especialmente grave en Atención Primaria. Ante esta presión asistencial, las gerencias de los centros se ven abocadas a una decisión perversa: dejar plazas sin cubrir —lo que colapsaría aún más el sistema— o contratar a médicos sin la titulación de especialista. Lo que en origen fue una medida excepcional para zonas rurales de difícil cobertura, se ha extendido como una mancha de aceite a hospitales de tercer nivel, consolidándose como una “solución” estructural para un problema de planificación.
La respuesta de la OMC y el marco legal
La Organización Médica Colegial (OMC) no ha dudado en calificar esta práctica como una
“aberración” necesaria que está “al límite de la legalidad y fuera del código ético de la profesión”. El marco legal es claro: la Ley 55/2003 exige el título de especialista para ocupar plazas de “Facultativo Especialista de Área”, y la medicina general, sin la formación específica en una especialidad como Medicina Familiar y Comunitaria, no habilita para la complejidad de estos puestos. Incluso las habilitaciones excepcionales creadas durante la pandemia del COVID-19, que permitían estas contrataciones, están siendo cuestionadas por su permanencia en el tiempo, convirtiendo la excepción en norma y
desvirtuando el prestigioso sistema de formación MIR.
Un coste devastador en tres niveles del sistema
La normalización de esta práctica tiene un coste devastador que se manifiesta en tres niveles fundamentales:
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En primer lugar, el paciente es la primera víctima. La falta de formación especializada compromete directamente la seguridad clínica y la calidad de la atención. La Atención Primaria, por ejemplo, requiere competencias complejas de abordaje biopsicosocial que un médico general no posee, exponiendo a los pacientes a diagnósticos tardíos o incorrectos y a un uso inadecuado de los recursos. La confianza de la población, pilar del SNS, se erosiona al descubrir que la equidad en la atención es un mito que depende del código postal y de la desesperación de los gestores.
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En segundo lugar, el profesional especializado sufre un agravio comparativo insostenible. Médicos que han superado un exigente proceso de formación MIR, con años de residencia y sacrificio, ven cómo sus conocimientos y esfuerzo se devalúan al ser equiparados con profesionales sin la misma acreditación, que además cobran la misma retribuzión. Esto no solo genera un profundo descontento, sino que desincentiva la apuesta por la especialización, creando un círculo vicioso que degrada el prestigio de la profesión y fomenta la fuga de talento.
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Finalmente, a nivel sistémico, se produce una desvirtuación del modelo de formación MIR, que ha sido un referente mundial de excelencia. Al ofrecer atajos para acceder al mercado laboral sin pasar por la residencia, se socava el incentivo para completar una formación rigurosa. Esto, a largo plazo, no solo reduce la calidad de los profesionales que entran al sistema, sino que compromete la sostenibilidad del propio modelo que ha garantizado durante décadas los altos estándares de la sanidad española.
Hacia un cambio de paradigma estratégico
Algunas voces sugieren que acabar de raíz con esta práctica es inviable sin una solución alternativa, ya que implicaría un colapso asistencial inmediato. Sin embargo, asumir la ilegalidad como un mal menor es un acto de negligencia estratégica. La verdadera solución no pasa por perpetuar la excepción, sino por atacar la raíz del problema. Esto requiere un
cambio de paradigma que aborde la planificación de recursos humanos a largo plazo, mejorando las condiciones laborales para retener el talento, incentivando las plazas de difícil cobertura y, sobre todo, aumentando y financiando adecuadamente las plazas de formación MIR en las especialidades más deficitarias.
La supervivencia de un sistema sanitario que se sostiene sobre la base de la ilegalidad es, por definición, inviable. No es supervivencia, sino una larga y penosa agonía. La decisión, como sociedad, es clara: o
invertimos en fortalecer los pilares de la legalidad, la formación y la planificación, o asistimos a la lenta pero segura descomposición de uno de los mayores logros de nuestro estado de bienestar. La confianza de los ciudadanos no se recupera con parches legales, sino con el compromiso firme de garantizar que la excelencia y la seguridad sean los únicos criterios que rijan la atención sanitaria.