Esta frase de
Arnold Joseph Toynbee: “la apatía puede ser superada por el entusiasmo, y el
entusiasmo sólo puede ser despertado por dos cosas: en primer lugar, un
ideal, que la
imaginación tome por asalto, y, en segundo lugar,
un plan inteligible para llevar a la
práctica ese ideal”, sirve para introducir este artículo y resumir lo que en el quiero trasmitir.
El
Sistema Nacional de Salud (SNS) español, durante décadas un pilar de nuestro
estado del bienestar y motivo de legítimo orgullo colectivo, atraviesa una
crisis profunda que va más allá de los cíclicos periodos de tensión. Lo que estamos presenciando no es un simple desgaste por la
pandemia o un problema puntual de
financiación, sino un
abandono estructural progresivo y, lo que es más preocupante, una aparente y generalizada
falta de interés político y social en aplicar soluciones de fondo. La
sanidad pública parece haber entrado en una peligrosa
zona de confort de la queja, donde se normaliza el
deterioro y se pospone indefinidamente la
reconstrucción.
Los indicadores del deterioro son ya crónicos y familiares para millones de ciudadanos.
Colapso en Atención Primaria, epicentro de la crisis. La
Medicina de Familia, pilar de un sistema eficiente, está rota. Médicos con consultas masificadas (más de 40-50 pacientes/día), plazos para citas de semanas, y una
burocracia asfixiante que roba tiempo de calidad con el
paciente. Esto genera un efecto dominó:
saturación de urgencias hospitalarias y desmoralización de profesionales, que huyen hacia el
sector privado o el extranjero.
Listas de espera récord. Más de 800.000 personas esperan para una
intervención quirúrgica y cerca de dos millones para consultas especializadas.
Estas no son estadísticas, son personas con
dolor,
ansiedad y empeoramiento de su pronóstico. Los
tiempos de espera, lejos de reducirse, se consolidan como una barrera infranqueable para muchos.
Fuga de talento y condiciones laborales precarias
El SNS está perdiendo su capital más valioso: sus profesionales.
Salarios congelados que no compensan el enorme
esfuerzo, falta de
oportunidades, y un
ambiente laboral tóxico en muchos centros están provocando una hemorragia de cerebros y manos expertas. La
formación de especialistas (MIR) no cubre todas las plazas, y las que se cubren no garantizan la retención.
Infrafinanciación crónica
España invierte alrededor del 6% de su
producto interior bruto (PIB) en
sanidad pública, por debajo de la media de la UE-27 (más del 8%). Este déficit no es un accidente, es una
elección política. La financiación no sigue el
envejecimiento de la población, la
cronicidad ni la
innovación tecnológica y farmacológica.
Ante este cuadro clínico tan grave, la respuesta institucional y política brilla por su ausencia o su insuficiencia. Esta parálisis es multicausal, comenzando con un miope
cálculo político. La sanidad es una inversión a largo plazo cuyos frutos no se cosechan en una
legislatura. Los gobiernos (autonómicos y central) priorizan medidas con impacto inmediato y visible, mientras “apañan” la sanidad con parches (
contrataciones temporales,
unidades móviles) que no resuelven el problema de base. La
gestión de la salud está secuestrada por la
lucha partidista cortoplacista, donde se usa más como arma arrojadiza que como objeto de
pacto de Estado.
La banalización del sufrimiento y la saturación se ha normalizado
Escuchar que “hay que esperar 8 meses para una
operación de cadera” ya no causa indignación, sino un resignado “es lo que hay”. Esta
normalización de la anormalidad es el mayor triunfo del deterioro. La sociedad, aunque preocupada, no percibe una alternativa clara o una vía de presión efectiva, lo que genera
desesperanza aprendida.
Descoordinación y fragmentación
Las 17
transferencias sanitarias, sin mecanismos sólidos de
cohesión y equidad, han creado 17 sistemas diferentes. Esto genera desigualdades inaceptables (la llamada 'España sanitaria') y dificulta enormemente una
estrategia nacional común. La falta de una
autoridad sanitaria central con capacidad real de homogeneizar estándares es un
déficit democrático y de eficacia.
Falta de liderazgo y visión estratégica
Se echa en falta un debate sereno y profundo sobre el
futuro del SNS. ¿Cómo integrar la
digitalización de verdad? ¿Cómo rediseñar la Atención Primaria? ¿Cómo retener talento? En su lugar, el discurso público se reduce a
eslóganes vacíos (“la mejor sanidad del mundo”) o a la mera reivindicación de más dinero, sin un plan creíble sobre cómo utilizarlo.
Las soluciones son conocidas y han sido expuestas repetidamente por profesionales y expertos. El problema no es el desconocimiento, sino la
falta de voluntad política y coraje para implementarlas:
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Pacto de Estado por la Sanidad: un acuerdo político y social que blinde la financiación (vinculada, por ejemplo, al PIB o al gasto sociosanitario), establezca garantías máximas de espera homogéneas en todo el territorio y apruebe un Estatuto Marco del empleado público sanitario que dignifique la profesión. Esto último acapara la discordia y embarra la situación, es utilizado para entretener a los profesionales, enfrentarlos, crear noticia, pero sin contenido ni finalidad alguna.
-
Revolución en Atención Primaria: dotarla de más recursos, aligerar su burocracia, reforzar sus equipos multidisciplinares y convertirla en el verdadero centro de gestión de la salud de la población. Sin esto, cualquier reforma está condenada al fracaso.
-
Plan Nacional de Recursos Humanos: un plan agresivo de retención y atracción de talento, con incentivos salariales y profesionales, desarrollo de carrera y mejora de las condiciones laborales. Sin profesionales motivados, no hay sistema que funcione.
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Integración real sociosanitaria y digital: romper el muro entre salud y servicios sociales, especialmente para la población mayor. Y una apuesta decidida por una historia clínica digital única y verdaderamente interoperable, con servicios de telemedicina bien diseñados que complementen (no sustituyan) la atención presencial.
El
abandono del sistema sanitario no es un fenómeno meteorológico inevitable. Es el resultado de decisiones y, sobre todo, de no-decisiones. La aparente falta de interés es, en realidad, un interés por mantener un
statu quo que descarga el coste sobre los
pacientes y los
profesionales, mientras se evita el coste político de una reforma compleja.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad es incómoda: ¿realmente valoramos nuestra
sanidad pública como pilar de equidad y cohesión, o hemos aceptado tácitamente su lenta degradación hacia un modelo residual para quien no pueda pagar otra cosa? Recuperar la sanidad pública exige un
esfuerzo colectivo, un consenso político valiente y una inversión sostenida. El
silencio, la queja estéril y la
inacción nos conducen a un punto de no retorno. El tiempo para elegir se agota, y cada día de parálisis tiene nombre y apellidos de pacientes que esperan.