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17 mar. 2022 9:00H
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En 2015 la OMS, a través del Observatorio Europeo en Políticas de Salud, dio a la sanidad española un sobresaliente en Atención Primaria, conjuntamente con Holanda y Reino Unido, mientras los grandes (Alemania, Francia, Italia) se tenían que contentar con un aprobado. La base de esta calidad estaba en el factor humano, profesionales sanitarios muy preparados para su función, muy capacitados para orientar pacientes, y a los que se confiaba además la puerta de entrada a la medicina especializada.

No hubo con posterioridad grandes cambios (tal vez no hacían falta) hasta la aparición del Marco Estratégico de Atención Primaria, que metió de lleno en ello a la política, con su continuo y debatido análisis de la problemática, sin que la gestión real (la de los buenos profesionales comprometidos) tuviera ninguna participación en la evolución sanitaria. E inmediatamente llegó del demonio demoledor desde China, el Covid-19, demostrando el grado de ineptitud de la política para darle una solución, cuando no su catadura moral para utilizarlo en beneficio propio.

Este gacetillero, gozando aún de una cierta juventud, tuvo la oportunidad de participar en algún estudio sobre el telediagnóstico y la teleprescripción, que despertaron un ligero interés como solución para la navegación en barcos sin servicio médico o para zonas rurales muy aisladas y de baja densidad demográfica. Pero en seguida fue abandonado, lo que me pareció razonable, pues ello debía querer decir que el progreso (el de verdad, no la tontería que se les ocurra a los charlatanes) no estaría en ver la cara del médico por la tele, sino en hacer llegar la asistencia médica a todos, por remotos que fueran sus lugares de residencia o trabajo.

Han pasado largos años y ha quedado claro que yo no tenía razón. El covid fue el gran pretexto para echar el cierre, en lo que durara la pandemia, a multitud de servicios (no sólo sanitarios, donde destacan las consultas). Mientras tanto, teléfono, televisión e internet. ¿Mientras tanto…? Nadie dijo que después de la pandemia se recuperarían. A fin de cuentas, es una cuestión generacional. Cuando se incorporen plenamente generaciones que no habrán conocido otro tipo de atención, darán por bueno lo que conozcan.


"La asistencia Primaria es una de las más olvidadas porque afecta sobre todo a un segmento de pacientes en vías de extinción; cuando hayan desparecido, el problema se habrá acabado"



¿Y a los viejos (en lenguaje coetáneo, mayores) qué les espera? Hasta los bancos acaban de prometer preocuparse por ellos. Otra cosa es que lo hagan. Pero en política las prioridades son otras. Ya hay tufo de clima preelectoral, y lo que toca es el ventilador del estiércol. Basura para todos. “Los partidos son manadas que sólo aspiran a pastar en el presupuesto… No harán nada por mejorar las condiciones de este pueblo, analfabeto y pobre…” (Benito Pérez Galdós, 1912).

Han pasado más de cien años desde que Don Benito escribiera esto, y el pueblo es hoy menos pobre y menos analfabeto, pero la política no ha mejorado gran cosa ni en su inteligencia ni en su moralidad. La falta de generosidad y talento mueve muchas acciones políticas a bucear hasta el total pringue en el armario del rival, buscando cadáveres reales o inventados. Ya los convertirán en reales los medios serviles o las redes sociales manipuladas. Pero idear soluciones para los problemas que verdaderamente sufren los ciudadanos es mucho más difícil y trabajoso, y, sobre todo, menos rentable. A los que así actúan, les queda una cuestión por resolver: que el pueblo vuelva a ser igual de analfabeto y pobre, porque, de lo contrario, podrían rechazar la basura, los medios, las redes, y empezar a exigir respuestas para los problemas que verdaderamente acucian. Y la asistencia Primaria es uno de los más olvidados porque afecta sobre todo a un segmento de pacientes en vías de extinción. Cuando hayan desparecido, el problema se habrá acabado. Y los medios y las redes ya habrán creado la nueva y disciplinada ciudadanía que permanecerá en sus habitáculos engañada por la relación con unos artefactos que los guiarán, porque, sin verdaderas relaciones humanas, no los incomodarán ni sus complejos ni las crudas realidades, de todo lo cual se creerán falsamente a salvo.

Así que, mis queridos colegas viejos, no nos queda otra que olvidarnos de la jubilación y remangarnos para trabajar en la defensa de auténticos valores en una sociedad de personas y no de robots clónicos. Varias veces, a través de estas y otras páginas, he pedido que devuelvan la primaria a lo que era antes del covid, que tiempo para mejorarla y modernizarla ya habrá después. Os ruego que machaquéis más en ese clavo. No podemos evitar estar en vías de extinción pero sí al menos intentar que los que nos siguen se rebelen contra ser esos borregos que los perros de los mediocres y los rateros guíen por prados y pesebres, que son nuestros y de los que ellos pretenden adueñarse.

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