Hace unos meses escuché al neurocirujano Henry Marsh relatar en público la huella que dejó en él un error quirúrgico. Lo hizo con una franqueza poco habitual ante una sala llena de profesionales sanitarios y estudiantes de Medicina. Habló de devastación, de culpa, de soledad y de la persistencia de ciertas miradas, la del paciente, la de la familia y la del propio equipo. Su intervención dejó en el ambiente una sensación difícil de esquivar. Lo que describía resultaba reconocible para muchos de los presentes.

En los hospitales, junto al dolor del paciente, circula otro sufrimiento de menor visibilidad. Hay profesionales que quedan emocionalmente dañados tras un evento adverso y continúan trabajando bajo el peso de esa experiencia. No figuran en los indicadores, ocupan poco espacio en los informes y rara vez forman parte de la agenda de gestión. Son las segundas víctimas.

Albert Wu acuñó este término en el año 2000 y ayudó así a nombrar una realidad invisibilizada durante mucho tiempo. También propuso una forma distinta de entender el error sanitario, al recordar que su impacto alcanza al paciente, pero también a quien participa en él. Más de dos décadas después, esta mirada sigue buscando un lugar estable en muchos sistemas sanitarios. El concepto circula en artículos, congresos y estrategias de seguridad del paciente, pero su traducción práctica dentro de las organizaciones avanza con más lentitud.

Esa distancia tiene que ver con la forma en que la sanidad ha entendido tradicionalmente el error. Durante años ha prevalecido una cultura profesional en la que el fallo se vivía como una quiebra personal y en la que el prestigio del clínico parecía depender de una expectativa de infalibilidad. Esa idea ha pesado especialmente en entornos de alta exigencia técnica, donde la responsabilidad moral y la presión asistencial se acumulan con intensidad. El resultado ha sido una vivencia del error marcada por el aislamiento, la autoacusación y la dificultad para compartir lo sucedido sin temor al juicio ajeno.

El peso emocional del evento adverso


La literatura disponible describe un fenómeno más frecuente de lo que creemos. Entre un tercio y la mitad de los profesionales sanitarios atravesarán a lo largo de su carrera un evento adverso con repercusión emocional relevante. Tras ese momento aparecen la culpa, la duda, la revisión obsesiva de lo ocurrido y la sensación de quedar expuesto ante superiores, compañeros, pacientes y familias.

A esa secuencia se suma con frecuencia la dificultad para encontrar dentro de la institución un espacio de acogida y apoyo.

Sus consecuencias van mucho más allá del malestar subjetivo. El profesional puede ver alterada su capacidad de concentración, su seguridad en la toma de decisiones, su relación con el equipo e incluso su continuidad laboral. En algunos casos aparecen insomnio, ansiedad o síntomas depresivos. En otros, una práctica más defensiva, orientada antes a reducir riesgos personales que a deliberar con serenidad sobre lo que cada caso requiere. El impacto alcanza también al funcionamiento de los servicios y al clima asistencial.



"Cuidar a las segundas víctimas trasciende el plano de la empatía. Expresa una determinada idea de responsabilidad institucional y una forma más inteligente de entender la seguridad del paciente"




Conviene subrayarlo. Hablar de segundas víctimas no desplaza el foco del paciente ni reduce la gravedad del daño causado. Significa comprender que la seguridad clínica depende también de cómo responden las instituciones cuando se produce un evento adverso. Un sistema que deja solo al profesional afectado pierde una oportunidad de cuidado, pero también una oportunidad de aprendizaje.

Abordar el error desde esquemas centrados en localizar al responsable y fijar la culpa favorece la medicina defensiva, empobrece la notificación de incidentes y reduce la posibilidad de extraer lecciones compartidas. La lógica del señalamiento apenas mejora los procesos. En cambio, alimenta el silencio, distorsiona el análisis de lo ocurrido y refuerza la idea de que la mejor manera de sobrevivir dentro del sistema consiste en exponerse lo menos posible.

La distancia entre lo que ya sabemos y lo que hacemos sigue siendo amplia. El reconocimiento académico de las segundas víctimas ha avanzado con mayor rapidez que la transformación de las estructuras asistenciales llamadas a responder ante esta realidad. Se habla más del problema de lo que se ha modificado su abordaje. Y esa diferencia importa, porque la madurez de una organización también se mide por su capacidad para hacerse cargo de los momentos críticos que atraviesan sus profesionales.

Acompañar también forma parte de la seguridad


En los últimos años han cobrado relevancia algunas experiencias orientadas a corregir esta situación. Hospitales como Johns Hopkins o Mayo Clinic han desarrollado programas específicos de apoyo a segundas víctimas. En todos ellos aparecen algunos componentes comunes, como la rapidez de actuación, la confidencialidad y el acompañamiento entre iguales. La figura del peer supporter ha mostrado especial utilidad como primer apoyo emocional dentro del propio entorno profesional.

La fortaleza de estos programas radica en que combinan cuidado y estructura. Articulan distintos niveles de intervención, desde la ayuda inmediata en el servicio hasta la derivación a salud mental o apoyo jurídico en las situaciones de mayor complejidad. Además, incorporan sistemas de evaluación que permiten valorar tiempos de respuesta, número de intervenciones, percepción de utilidad y evolución de la cultura de seguridad. Lo relevante es que dejan de tratar la repercusión emocional del error como un asunto privado y la convierten en una responsabilidad institucional reconocible.

En España también se han dado algunos pasos, aunque persiste una respuesta desigual. La implantación real depende del compromiso de cada organización, de la formación de los equipos directivos y de la capacidad para integrar estos recursos en la cultura asistencial ordinaria.

Ese punto resulta decisivo. La existencia de un protocolo sirve de poco si el profesional percibe que pedir ayuda puede afectar a su reputación o a la confianza del entorno. El dispositivo formal necesita legitimidad. Necesita mandos que sepan acompañar, equipos que entiendan el valor de la conversación franca y organizaciones capaces de distinguir entre la revisión rigurosa de un evento adverso y la atribución precipitada de culpas.

El reto principal se juega precisamente ahí. Tiene que ver con la forma en que las organizaciones interpretan lo sucedido y con la calidad de la respuesta que ofrecen a quienes atraviesan esa experiencia. Superar esa lógica exige liderazgo, formación y una apuesta clara por la cultura justa, entendida como la capacidad de distinguir entre error humano y negligencia, y de orientar la respuesta hacia el aprendizaje y la mejora.

Muchos profesionales arrastran durante mucho tiempo la huella emocional de un evento adverso. Otros logran convertirla en una experiencia de crecimiento cuando encuentran apoyo, escucha y un entorno capaz de acompañar. La diferencia suele depender menos del episodio en sí que del tipo de institución en la que ese episodio ocurre.

La cuestión remite, en última instancia, al modelo de sistema sanitario que queremos construir. Uno que se limite a señalar o uno que sea capaz de comprender, reparar y aprender. Cuidar a las segundas víctimas trasciende el plano de la empatía. Expresa una determinada idea de responsabilidad institucional y una forma más inteligente de entender la seguridad del paciente. Porque cuando una organización sabe acompañar a quien ha errado, también demuestra que sabe aprender.