Premisa: esto no es una simple huelga. Es mucho más. Lo que tenemos entre manos, la huelga de los médicos de la Sanidad Pública no es una lucha por esta reivindicación o la otra. Ni siquiera por un conjunto de reivindicaciones. Esto va mucho más allá, y viene de muy, muy lejos.

Es un choque profundo, estructural, entre dos mentalidades muy diferentes: la clínico-asistencial, que nos pertenece a los profesionales, y la organizativa-empresarial (dentro de un concepto o idea de servicio público), que pertenece a la parte contratante.

Pero esto a usted le suena a teoría y ya le está aburriendo, ¿verdad? Así que iré al grano y me centraré en esbozar el futuro a medio plazo de la Sanidad Pública si no hay flexibilidad-comprensión por parte del ministerio primero (y de las CCAA después).

Antes de proseguir, una advertencia a los escépticos: lo que voy a decir no es una profecía aventurada. Y no lo es porque partimos de un presente que algunos anticipamos en su momento (maldita hemeroteca).

Cabe afirmar, en este sentido, que décadas de desinversión, desconsideración y cinismo han hecho de Atención Primaria un lugar a evitar, difícil de cubrir y, por tanto, que buena parte de España, hoy, sea de “difícil cobertura”. La tendencia de la Sanidad Pública es como parte de la Península Ibérica: la desertificación.

Este debate está en redes. Se mastica, pues, en cada café de España. Si la juventud sigue optando por medicina es por lo mal que está lo demás, unido a una extraña inercia, mezcla de sentimentalismos vocacionales, tradición familiar y, sobre todo, grosera desinformación (aspecto, este, en vías de solución).
     
Pero el pregrado médico ya está (estuvo siempre) en una competencia feroz. De la carrera al MIR, para asegurarse, no ya la huida de la temible Atención Primaria, sino de cualquier especialidad que huela, aunque sea de lejos, a una cadena perpetua de guardias de 24 horas.
     
Dermatología es la preferida; ya lo ven año tras año. Y no creo que sea falta de vocación médica. Ni siquiera ganas de ganar dinero en la privada (que podría ser). Es simple vocación por la vida. Como usted, como todo el mundo. Ganas de colgar la bata todos los viernes por la tarde y dedicarse a la pesca de la trucha o a escribir poesía. Lo que a uno o una le dé la real gana.
    
Detrás, van las otras especialidades, persiguiendo una idea: si el MIR no le permitió a uno optar por derma o algo similar, se busca una especialidad que, una vez concluido el infierno de la residencia, permita un refugio razonable en la privada. Pero no para ganar dinero (no se gana, en general, más que en la Sanidad Pública), sino para despedirse de las guardias obligatorias. Lo de antes, vaya.
     
Y si a uno no le queda otra que pechar con la pública, por lo que sea, ante la expectativa de una condena de treinta años sometido a las “necesidades del servicio”, pidiendo perdón y disculpas para acompañar a un familiar que se opera o entierra, es inevitable pensar en la posibilidad de pegar el salto y plantarse más allá de los Pirineos. Y no solo por dinero (que también), sino por una idea elemental de libertad y dignidad profesional. No es solo adiós a las guardias, sino al trato de chiquichanca dispensado con tanta frecuencia a los galenos de la piel de toro. Uno no se lo merece.
     
En este sentido, mejor que perder el tiempo con pósters de congresos (que solo sirven para regalar el escaso tiempo y el esfuerzo de modo gratis total), más le vale a uno invertir los últimos años de formación en coger solvencia en idiomas y contactar con una o varias de las agencias internacionales de colocación que (literalmente) lo hacen todo por uno o una. De este modo, es probable que veamos a nuestra Sanidad Pública convertida poco a poco en algo poco deseable, un lugar para no ir, o de donde escapar cuanto antes.
    
Imagino, por tanto,  a nuestros gestores edificando webs y ferias laborales más allá del Atlántico, reclutando graduados extracomunitarios en las facultades y homologando lo inhomologable a toda prisa. Prescindiendo de tesis y méritos académicos para ofrecer la plaza en propiedad el primer día, al primero que la quiera, al que se digne a ponerse la bata y aguantar lo que ya forma parte de nuestro día a día: horas interminables, sobrecargas, agresiones, presiones, burocracias, sueldos ridículos y desplantes. El desarrollo, ya palpable, de un ejercicio depauperado y maldito, una medicina de pobres, que todo el que haya podido estará ya a cubierto en la otra, en la protegida (de la masificación) por el copago y las pólizas de seguro.
    
Con la lentitud de los cambios, aún durará  la masa profesional crítica capaz de sostener el sistema formativo de la Sanidad Pública. Pero, con el tiempo, está masa habrá migrado a la privada donde, de un modo u otro, se dará alojamiento a productos de relumbrón, como la oncología, los trasplantes o la medicina molecular. La pública podría quedar de beneficencia sostenida por médicos extracomunitarios. Sería incapaz, además, de consolidar plantillas, ya que lo perenne de las malas condiciones de trabajo los orientará enseguida hacia mejores horizontes profesionales, una vez homologados y nacionalizados.
    
Veremos, pues, más que un retroceso de décadas, la instalación cultural en un lugar asistencial diferente, más parecido a los Estados Unidos (pero en versión pobretona), dominado por las aseguradoras, con una Sanidad Pública relegada a la condición de beneficencia tipo “Medicaid”.
    
Parte de lo cual está ya en marcha, ya digo. Se ve, se nota. La otra parte es un futuro plausible, progresivo, gradual, denunciado a tiempo por una profesión médica a la que se tilda de corporativa, privilegiada y elitista, cuando lo único que pretende es llevar al futuro el sistema en que se formó. Pero hacerlo como cada quien en este país: con dignidad, libertad y derechos.
    
Cabe recordar aquí la frase mitinera de Alfonso Guerra en los primeros ochenta sobre los médicos: “no pararé hasta verlos en alpargatas”. Por cierto: ni él mismo, ni figura alguna de la política española ha corregido, desmentido o matizado aquellas desafortunadas palabras. Los hechos, por contra, se ocuparon de convertir la frase en profecía. Solo que, a modo del aprendiz de brujo, poco imaginaba el hombre las consecuencias últimas de aquel calentón mitinero: que, de proseguir esta deriva, al Sistema Nacional de Salud no lo va a reconocer “ni la madre que lo parió” (empleando palabras del mismo personaje).