19 mar 2019 | Actualizado: 19:00
Somos el mejor país del mundo para nacer, los mejores haciendo trasplantes y uno de los de mayor esperanza de vida. Pero en nuestro sistema sanitario las aguas bajan revueltas.

En los últimos tiempos las huelgas son frecuentes en la Atención Primaria, en los hospitales y en los servicios de urgencias en distintas comunidades autónomas. El déficit crónico de especialistas médicos alerta sobre el deterioro de la sanidad pública española.

Con unos recortes que han hecho mella en la atención y la investigación, unas urgencias saturadas, y con una derecha que exhibe en cuanto puede un gran entusiasmo privatizador, se percibe una importante sensación de crisis. Lógicamente, como consecuencia de lo anterior, las listas de espera son cada vez más largas.

Nuestro sistema sanitario, nada preventivo y poco adaptado al patrón crónico de enfermar, se caracteriza por esperar que los pacientes lleguen a los servicios de urgencias de los hospitales o a los de Atención Primaria —a demanda—, provocando la lógica saturación de ambos.


"El abandono de la Administración, con contratos en precario y una importante sobrecarga laboral, ha hecho que muchos profesionales hayan buscado acomodo en otros países"


El abandono de la Administración, que es patente, con una parte del personal sanitario contratado en precario y con una importante sobrecarga laboral (muy acusada en ciertos ámbitos de la asistencia primaria), ha hecho que muchos profesionales hayan buscado acomodo en otros países.

Las grandes olvidadas siguen siendo, junto a la Atención Primaria, la salud mental (en regresión), la laboral y la salud pública; y en definitiva, los determinantes sociales de la salud. De hecho, la Ley de Salud Pública de 2011 sigue inédita en sus contenidos esenciales. Los profesionales reclaman tiempo para sus pacientes y recursos humanos adecuados. Demandan, en definitiva, que se hable de temas estratégicos como la relación médico-paciente y de un cambio de modelo de la gestión sanitaria pública, que siguen fuera de la agenda política.

Paralelamente, se suscita otra reflexión que no es en modo alguno prescindible para el debate: los argumentos, favorables muchos de ellos, no deben ocultar el daño que se deriva de una mala utilización de la tecnomedicina.

Jesús Sueiro, conocido especialista en Medicina Familiar y Comunitaria de Galicia, ha dado en el clavo al afirmar que “el código postal sigue teniendo más repercusión en la salud que el código genético”. Se hacen, por ejemplo, muchas más pruebas radiológicas de las necesarias; de hecho, podría omitirse casi un tercio de las pruebas, según ha indicado recientemente la Sociedad Española de Radiología Médica (Seram).

En efecto, la Medicina no debe ser solo una visión técnica sobre los cuerpos y las enfermedades; más bien un encuentro personal que casi se ha perdido en el ámbito hospitalario y está a punto de perderse en la Atención Primaria.

La investigación también está bajo mínimos. Se echa en falta, porque a todos nos concierne, una apuesta decidida por una innovación que contribuya a nuestro desarrollo y con contenido social: enfocada por ejemplo a la atención de personas mayores, a combatir las enfermedades crónicas, etcétera. No hay seguridad de cómo la irrupción de la inteligencia artificial (AI) va a ocurrir pero, por ejemplo, la combinación de la monitorización y atención personal domiciliarias puede ser muy beneficiosa.

En definitiva, no se trata solo de investigar y desarrollar en IA, sino de que sea útil. La investigación en salud ha seguido tradicionalmente un modelo muy dependiente de las multinacionales y, sin duda, debería ser regulada de otra manera. Demostrar la superioridad de un nuevo producto en relación con los anteriores es uno de los objetivos principales y más frecuentes de los ensayos clínicos, con unos resultados que, con relativa frecuencia, no son transparentes y dependen demasiado de quién los financia.

¿Qué sistema de salud defendemos?


Obvia señalar que nuestro grado de exigencia dependerá de la idea de sistema de salud que defendamos. Se puede primar un punto de vista complaciente como el de los que solo cantan ditirambos del sistema y, dóciles con el poder, defienden que todo está bien.


"La investigación en salud ha seguido tradicionalmente un modelo muy dependiente de las multinacionales, y debería ser regulada de otra manera"


Aunque lo cierto es que el deterioro avanza en asistencia primaria y en las listas de espera, provocando movilizaciones que, contra la opinión sesgada de los corifeos, ni son manipuladas por agentes externos, ni por grupos minoritarios en busca de un beneficio personal ni, por supuesto, realizadas a espaldas de los propios profesionales y usuarios; sino que son protagonizadas por ellos mismos.

Afortunadamente, existe una visión alternativa, más responsable y autocrítrica, de los que buscamos un sistema sanitario que compita con los mejores del mundo y damos por supuesto que la participación de los agentes sociales debe estar en la cadena real de decisión.

Un sistema de salud en el que la asistencia primaria tenga una función vertebradora por su proximidad a la comunidad, el ejercicio de la profesión se desburocratice, y la enfermería y farmacia asuman competencias en los procesos crónicos.

A lo largo de los últimos diez años, nuestro sistema de sanidad pública se ha deteriorado y, como consecuencia de las políticas de recortes y ajustes del Gobierno central y de las privatizaciones en las comunidades autónomas, se ha situado cada vez más por debajo del resto de países avanzados de nuestro entorno.

Ni que decir tiene que si el papel de las administraciones públicas consistiese, además, en transferir espacios de negocio al ámbito privado, nuestro sistema de salud estaría pronto desmantelado. (Ya se sabe que donde se mueve tanto dinero hay también grandes oportunidades de hacer negocio).

Estas cuestiones, entre las que se debería incluir equiparar el gasto sanitario público al de nuestro entorno, deberían estar en un sitio relevante de un programa electoral de izquierdas. Porque son iniciativas que mejorarían la vida de millones de personas y podrían llevarse a cabo en una próxima legislatura. A resolver todo ello podría haberse dedicado esta última, que por ser la más corta de la democracia ha tenido un difícil desarrollo parlamentario. La ley de derecho a morir dignamente, por ejemplo, ha sido interrumpida por la convocatoria anticipada. El adelanto ha dejado pendientes cuestiones fundamentales por meros intereses electorales. En estos últimos meses se ha recuperado la universalidad y se ha reforzado la central de compras; y eso han sido pasos en la buena dirección.

España es un país moderno y una democracia avanzada, o como dijo un maestro de columnistas, el mejor país del mundo para nacer, pero lo cierto es que perdemos el tren de un servicio de bandera en nuestro estado del bienestar, mientras algunos viven obsesionados con su juego de patriotas y agitando las banderas.

Opinión