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Del Obama-care al Trump-no care

Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes
Lunes, 08 de mayo de 2017, a las 12:10
El Congreso de los Estados Unidos ha aprobado, un mes después de un primer intento fallido, el proceso que si nada lo remedia pondrá fin al corto recorrido del llamado Obamacare, más correctamente la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible (Patient Protection and Affordable Care Act). Promulgada por el presidente Barack Obama el 23 de marzo de 2010, su valoración al otro lado del Atlántico osciló entre quienes la consideraban una bendición para muchos millones de americanos de escasos ingresos a los que lo calificaron de peligroso dispendio para las arcas públicas.

Se partía de una situación que podríamos calificar de darwinista: una asistencia sanitaria puntera y tremendamente costosa (17,1% del PIB frente al 9,0% de España en 2014), pero solo para aquellos que puedan pagarla, quedando un alto porcentaje de la población con una sanidad de mínimos. Algunos de sus datos de salud pública como la mortalidad infantil son claramente deficientes cuando se comparan con países desarrollados de menos recursos económicos y algo parecido puede decirse de la esperanza de vida, especialmente para algunas etnias y en determinados barrios de población marginal.

La filosofía básica de la reforma era proporcionar cobertura a los ciudadanos sin plan de salud, haciéndoles suscribir pólizas con apoyo de créditos fiscales, al tiempo que prohibía a las compañías de seguros la discriminación de los nuevos suscriptores por motivos de salud. Ello suponía la incorporación de alrededor de 30 millones de personas, muchas de ellas con patologías costosas que las aseguradoras financiaban a costa de subvenciones estatales y del aumento de las tarifas correspondientes a las demás pólizas (y de ahí una de las principales críticas republicanas). Todo ello en un país donde en el momento actual hay nada menos que 28 millones de personas sin cobertura, un 9% de la población y en el que las primeras evaluaciones de aquellos estados que más habían apostado por la reforma ya apuntaban a claras mejorías de algunos parámetros de salud.

Para los acostumbrados a un sistema de protección social europeo en general o español en particular se trataba tan solo de tímidos avances, muy lejos de lo que significa una cobertura universal para cualquier tipo de enfermedad por grave y costosa que fuere. La sensibilidad de la población, no ya española sino de la Europa occidental difícilmente aceptaría un retroceso en una asistencia ya de por si precaria para mucha gente.

Pero no es el caso en el país más rico del mundo. La contrarreforma de Donald Trump, a la que todavía queda un largo camino, plantea por una parte la no obligatoriedad de las pólizas de seguros tal como se regulaba antes ni tampoco que las aseguradoras deban admitir enfermos con patologías graves y costosas. Ello va a significar según la Oficina Presupuestaria del Congreso, un organismo no partidista, que 14 millones de personas quedarán sin cobertura el próximo año y 24 millones en 10 años. La American Medical Association ha dicho claramente que se trata de un proyecto que va a reducir la atención a los más vulnerables.

La traducción presupuestaria en esa década sería el ahorro de 337.000 millones de dólares que obviamente se dedicarían a otros fines o se reducirían de los impuestos. ¿Alguien se imagina que en España cualquier líder político planteara una reducción del presupuesto sanitario y por tanto de las prestaciones de magnitudes paralelas? Probablemente su carrera política finalizaría nada mas decirlo. No ha sido el caso en Estados Unidos, donde Trump ha basado su apoyo mayoritario entre otras cosas en esta propuesta que, aparte los grandes datos, va a costar muchas vidas con nombres y apellidos y sobre todo mucho sufrimiento a quienes tengan que empeñarse para pagar el tratamiento de una enfermedad grave.

Muchas cosas en esta vida se curan viajando, sobre todo si se está dispuesto a mantener los ojos y los oídos bien abiertos. Desde el provincianismo a las críticas derrotistas a determinados aspectos de nuestra vida diaria. Sin duda nuestro sistema sanitario, tantas veces denostado desde dentro, se aprecia mucho mejor cuando uno observa la realidad en países a los que muchos tienen en un pedestal.