César pascual Fernández, Director de proyectos Fundación SEDISA
Lun 13 abril de 2020. 13.10H
Con viento del norte
Observo con estupor cómo se difunde y expande como una mancha de aceite la idea de que nuestro sistema sanitario no puede considerarse entre los mejores. Ello se refuerza además con el planteamiento de que los que tenemos son excelentes profesionales que sí son los que están ente los mejores.

Y observo con enorme preocupación que entre quienes se están sumando al carro de esta teoría figuran personas a las que consideraba con un alto grado de sensatez y menos oportunistas.

Para justificarlo (amén de otras oscuras intenciones que luego abordaré) se ha intentado decir que nuestro sistema sanitario no estaba preparado para asumir una pandemia de esta naturaleza. Por supuesto que no, el nuestro ni ninguno porque no fueron diseñados ni creados para atender a pandemias. Ningún sistema sanitario ni ninguna organización del tipo que sea están preparadas para asumir la brutal demanda que se ha generado.

Muchos han olvidado (si es que acaso lo conocieron alguna vez) el hecho de que para colapsar un sistema sanitario es suficiente con que el 1 por ciento de la población enferme en un ciclo corto de tiempo (pocos meses). Como casi todos han olvidado la inadecuada utilización del sistema que se produce en muchas ocasiones (recordemos la sobresaturación de los servicios de urgencia hospitalarios por cuestiones banales que desde hace tiempo vienen denunciando los médicos).

Nuestro sistema sanitario si está preparado para responder a una epidemia, con más o menos dificultades, pero lo está y lo demuestra cada año con la gripe. Lo que no está ni puede estar es dimensionado para una pandemia de esta naturaleza. Nadie en su sano juicio diseñaría un sistema de salud preparado para un incremento de demanda tan brutal.

Pero la respuesta que ha dado nuestro sistema sanitario ha sido magnífica y dudo mucho que haya organizaciones institucionales o empresariales que hubieran respondido como nosotros a un pico de demanda como el que hemos visto, el mayor vivido por ninguna sociedad y la mayor crisis social desde la II Guerra Mundial. Y no solo nuestro sistema sanitario sino en general los sistemas sanitarios de los países occidentales (incluido el tan mal parado siempre en todas las opiniones sistema americano que tan mal no lo está haciendo).

Incapacidad para controlar el contagio masivo por coronavirus


Cuestión bien distinta es nuestra administración sanitaria, donde se incluye salud pública. Si hay algo de fracaso en la gestión de esta crisis no ha sido del sistema sanitario, sino la incapacidad para controlar la demanda (el contagio masivo por coronavirus). El verdadero problema ha radicado en la dificultad para tomar decisiones que sirvieran de cortafuego al virus, no la capacidad de asumir la demanda por parte del servicio sanitario. Aquí si es cierto que se observan déficits históricos que ponen de manifiesto la incapacidad de los responsables de salud pública de llevar a cabo su trabajo.

La salud pública está por una parte absolutamente infradotada de recursos humanos y materiales y por otra muy sometida al poder político que tiende a suplantarla con relativa facilidad. Tal es así que los cada día más escasos profesionales de la salud publica tienen cada vez mayores dificultades y en este caso si que es achacable a la administración descapitalizada y no a ellos la respuesta tardía y en ocasiones inadecuada que hemos dado a esta crisis.

Fijémonos en lo que realmente ha fallado y está fallando estrepitosamente. Salvo contadas excepciones hay un buen número de responsables políticos huidos, carentes de estrategia e incluso sin apenas capacidad de reacción. Ello ha condicionado que las estructuras directivas de las organizaciones públicas (también las sanitarias), hipotecadas completamente por la política, vayan a remolque de las circunstancias. Todo ello se produce en el marco de una Administración Pública esclerótica que se caracteriza por no disponer de política efectiva ni dirección, carente de hoja de ruta y que se pierde en el océano de normas o laberintos burocráticos.

Porque hay otra cuestión que me llama poderosamente la atención y que no encuentro a prácticamente nadie que esté hablando de ello. Me refiero a la desaparición de una parte importante de departamentos de la administración central en esta crisis. Y no, no me estoy refiriendo al desastre y los déficits de gestión en los procesos de compra pública de material sanitario, centralizada en un Ministerio que hace mucho tiempo perdió la experiencia en gestionar y por tanto no cabe sorpresa en ello. No, me estoy refiriendo por ejemplo a los cualificados funcionarios de élite de la AGE que debían haber sido capaces de dar respuestas adecuadas y eficientes a un problema de tal envergadura. Me estoy refiriendo a los responsables de la Intervención General del Estado y toda la tropa que la compone a la hora de facilitar la aplicación del estado de alarma a los centros sanitarios en sus procesos de contratación de personal o materiales. O me estoy refiriendo adónde se han refugiado sus colegas de Hacienda a la hora de reinterpretar la normativa presupuestaria.

Y dentro del sistema sanitario contemplo a los profesionales sanitarios que forman parte de él y no pueden considerarse por separado. Me parece justo que se alabe el esfuerzo que los profesionales de las organizaciones sanitarias vienen realizando, más aún tras el maltrato institucional a que se les ha sometido (precariedad laboral, falta de desarrollo y carrera profesional, …). Creo que es merecido. Otra cosa es el folclore. Pero ello de ninguna manera puede suponer un arma arrojadiza contra el sistema sanitario. Los profesionales no podrían haber hecho casi nada de lo que han hecho y su esfuerzo no vería recompensado por ninguna parte si no dispusieran de unas organizaciones sanitarias donde desarrollar su trabajo. Mejor o peor dotadas, mejor o peor organizadas lo cierto es que sin organizaciones sanitarias, sin sistema sanitario, el trabajo de los profesionales no habría logrado ni una mínima parte de lo que han conseguido.


"Pretender al amparo de esta crisis en deslegitimar al sistema sanitario a base del enaltecimiento de los profesionales cuando menos resulta descorazonador"


Estoy completamente de acuerdo en que son organizaciones manifiestamente mejorables y que necesitan una transformación pero ya la necesitaban antes de esta crisis. Pretender al amparo de esta crisis en deslegitimar al sistema sanitario a base del enaltecimiento de los profesionales cuando menos resulta descorazonador.

Conviene aquí detenerse a estudiar la respuesta que las organizaciones sanitarias han dado. Porque en el marco de estas crisis y en una situación de emergencia han sido las organizaciones sanitarias las que saltándose todas las rigideces administrativas han buscado los resortes donde podían para que los profesionales pudieran dar la respuesta extraordinaria que han dado. Sin embargo, esto se obvia y no quiere reconocerse porque sería reconocer que el sistema si logra dar respuesta incluso a esta pandemia.

Menosprecio a la labor de la sanidad privada en la crisis de Covid-19


Hay que tener presente también que esta descalificación de nuestro sistema sanitario tampoco es ajena a la construcción de un relato interesado que persigue otros fines. En efecto, una vez consolidado ante los ciudadanos el discurso de los recortes como herramienta de desmantelación del sistema sanitario público (como si los recortes presupuestarios de la anterior crisis no hubieran afectado a todos) ahora se pretende por parte de algunos menospreciar el trabajo que la sanidad privada viene realizando durante esta crisis. Y en este maremágnum se vuelve a tratar de confundir a todo el mundo con los modelos de gestión como si en la sanidad solo tuviera cabida la gestión pública directa de los recursos. Eso sí, se dibuja un escenario surrealista de esta gestión que se propone porque ante la falta de valor para exponer realmente lo que se pretende se habla de una gestión directa supuestamente dotada con herramientas que hasta hoy sistemáticamente se han negado a poner en marcha. Y lo hacen muchos de los que hasta hoy han venido aprovechándose de las oportunidades que les ha ofrecido la industria o la sanidad privada.

Como también resulta tragicómico observar cómo al amparo de esta crisis algunos pretenden no solo arrimar el ascua a su sardina sino claramente obtener beneficio. Y no, no me refiero precisamente a los políticos o especuladores con el mercado chino. Me refiero a aquellos bajo la apariencia inofensiva de la ciencia o las organizaciones profesionales hacen batalla con sus planteamientos demagógicos para lograr aquello que por otras vías han sido incapaces. El recurso fácil de desautorizar y machacar a los políticos (por mucho que no estén dando la talla como esperábamos) no les otorga la razón ni les legitima, al contrario, deja ver sus limitaciones.

Conviene, pues, superar sesgos (todos incluidos los profesionales) y realizar un análisis completo, de todos los factores involucrados en esta crisis, para no acabar descalificando o culpando a quienes no han tenido arte ni parte en las decisiones.

Conforme esta pandemia se vaya superando y sin esperar a que se haga del todo, habrá que hacer balance. Y mucho me temo que habrá que adoptar medidas drásticas. No hay alternativas. Por un lado, será una tarea inaplazable redefinir y reforzar la salud pública.

Pero al mismo tiempo me temo que es imprescindible ya avanzar en nuevas formas de organización y de gestión de nuestro sistema sanitario en la búsqueda de la mayor transformación de este desde su creación. Realmente casi estaríamos hablando de su refundación, no solo por la crisis que hemos vivido y el riesgo cierto de nuevas crisis similares, sino por los retos que el envejecimiento, la cronicidad y las tecnologías suponen para el mismo.

Nota: Los comentarios que aquí se recogen no reflejan la opinión de SEDISA o cualquier otra organización en la que trabaje, haya trabajado o que haya representado.