María José Ruiz Montilla.

María José Ruiz Montilla.

Opinión

La sostenibilidad como dimensión ética de la calidad asistencial

María José Ruiz Montilla, presidenta del Comité de Ética Asistencial del Hospital Universitario Arnau de Vilanova de Lleida; miembro del Servicio de Calidad y Seguridad de Paciente; y vocal de la Sociedad Española de Calidad Asistencial (SECA)

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Cuando hablamos de calidad asistencial, pensamos casi siempre en ofrecer una atención segura, efectiva, eficiente y centrada en las necesidades de las personas. Son aspectos que hemos ido incorporando a nuestra manera de entender la calidad y que hoy nadie cuestiona. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de ampliar esta mirada e incorporar una dimensión que, aunque empieza a estar presente en nuestras organizaciones, todavía no ocupa el lugar que debería: la Sostenibilidad.

Durante mucho tiempo hemos considerado la sostenibilidad como una cuestión relacionada principalmente con el ahorro energético, la gestión de residuos o la reducción del consumo de materiales. Y, aunque todas estas actuaciones son necesarias, pienso que estamos ante algo mucho más importante. La sostenibilidad tiene una dimensión ética que afecta directamente a nuestra responsabilidad como profesionales sanitarios y a la manera en que entendemos la calidad de la atención que prestamos.

Hay una contradicción sobre la que deberíamos empezar a reflexionar. Los hospitales y centros sanitarios tienen como finalidad cuidar la salud de las personas, pero para hacerlo consumen grandes cantidades de recursos, generan residuos y producen un impacto ambiental que también tiene consecuencias sobre la salud. Es decir, mientras trabajamos para prevenir enfermedades y evitar daños, nuestra propia actividad puede contribuir, indirectamente, a generar otros.

Esta realidad nos obliga a revisar algunos de los principios éticos que orientan nuestra práctica profesional. Cuando hablamos de No Maleficencia, pensamos en evitar errores, complicaciones o actuaciones que puedan perjudicar al paciente. Pero ¿por qué no ampliar este principio a las consecuencias ambientales de nuestras decisiones? Si sabemos que el cambio climático y la contaminación tienen efectos sobre la salud, también es nuestra responsabilidad.

Lo mismo sucede con el Principio de Justicia. Estamos acostumbrados a relacionarlo con la equidad en el acceso a los servicios sanitarios y con una distribución adecuada de los recursos. Pero, también deberíamos preguntarnos, qué consecuencias tienen nuestras decisiones sobre las personas más vulnerables y sobre las generaciones futuras. Los recursos no son ilimitados y utilizarlos de manera responsable también es una cuestión de justicia.

En el ámbito de la calidad llevamos años trabajando para mejorar procesos, evitar actuaciones innecesarias y utilizar los recursos de forma eficiente, pensar en valor. La sostenibilidad no debería interpretarse como una exigencia añadida, sino como una dimensión de la calidad, vinculada con nuestro quehacer.

Evitar pruebas diagnósticas que no aportan valor, prevenir complicaciones, reducir desplazamientos innecesarios o mejorar la coordinación entre niveles asistenciales son ejemplos de actuaciones que benefician al paciente y que pueden reducir el impacto ambiental. No se trata de hacer menos por motivos económicos o ambientales, sino de hacer aquello que realmente aporta valor, utilizando los recursos de forma responsable y sin comprometer nunca la seguridad.

Pero hay otra cuestión que considero especialmente importante. Si realmente creemos que la sostenibilidad forma parte de la calidad asistencial, deberíamos empezar a evaluarla como tal.

Disponemos de indicadores para medir resultados clínicos, seguridad del paciente, satisfacción o eficiencia. Pero aún nos cuesta incorporar indicadores ambientales a nuestros sistemas habituales de evaluación. Y aquello que no medimos difícilmente acaba formando parte de nuestras prioridades.

No estoy planteando crear nuevos sistemas de evaluación ni aumentar la carga de trabajo de los profesionales. Planeo aprovechar las herramientas de calidad que ya tenemos e incorporar poco a poco criterios de sostenibilidad en los procesos asistenciales, en las decisiones de compra, en la evaluación de tecnologías y en los proyectos de mejora.

También creo que debemos evitar trasladar toda la responsabilidad a los profesionales. No podemos pedirles que trabajen de manera sostenible si las propias organizaciones no facilitan los recursos, la formación y las condiciones necesarias. La sostenibilidad debe formar parte de las decisiones de los equipos directivos y de los planes estratégicos de los centros, y no depender únicamente de la sensibilidad o la buena voluntad de las personas.

Desde mi punto de vista, las unidades de calidad y seguridad del paciente tienen mucho que aportar en este ámbito. Estamos acostumbrados a analizar procesos, identificar riesgos, promover cambios y evaluar resultados. Incorporar la perspectiva ambiental supone dar un giro a las dimensiones de la calidad.

También la bioética puede ayudarnos a avanzar, porque nos invita a reflexionar no solo sobre si hacemos bien las cosas, sino sobre si las decisiones que tomamos son las más adecuadas y justas.

Considero que la sostenibilidad debe dejar de verse como una iniciativa paralela a la calidad asistencial para convertirse en una parte de ella. No porque sea una exigencia institucional, sino porque responde a los mismos valores que deberían orientar nuestra actividad: cuidar, evitar daños, actuar con justicia y utilizar responsablemente los recursos disponibles.

No podemos hablar de excelencia sanitaria pensando únicamente en los resultados que conseguimos hoy, sin tener en cuenta las consecuencias que nuestras decisiones pueden tener mañana.

Y quizás esta sea la reflexión que deberíamos hacer: si nuestra responsabilidad es cuidar la salud de las personas, ¿no debería incluir también el cuidado del entorno que hace posible esa salud?