14 nov 2018 | Actualizado: 17:00

Una médico asiste un atropello mortal y escribe esta demoledora carta

Se dirige al conductor a través de su blog: "Eres un mierda"

Lugar del atropello donde han depositado flores y velas en memoria de la víctima.
Una médico asiste un atropello mortal y escribe esta demoledora carta
mar 05 diciembre 2017. 11.35H
Redacción
El pasado fin de semana se produjo en la localidad asturiana de Somió un atropello mortal que ha conmocionado a los vecinos, puesto que el conductor se dio a la fuga. La médica que atendió a la víctima, Marta Nornide, ha aprovechado su blog para colgar una demoledora carta de desahogo en la que reprocha su actitud a quien iba al volante del vehículo que acabó con la vida de Juan Fombona, de 38 años. 

En el texto, que comienza relatando su propia experiencia al volante cuando con 16 años ella misma atropelló a un vecino con la moto, tilda al conductor de "mierda" y de no tener "ni puta idea de lo que has hecho", además de desearle "que se le claven como puñales los mismos sentimientos de los familiares que, desesperados, agustiados, se preguntan una y otra vez si su ser querido sufrió". 

Después de asegurar a la familia que en ningún momento estuvo solo y que el golpe fue tan brutal que no le dio tiempo a sufrir, Nornide increpa al conductor -o conductora-: "Tú eres un cabrón. Un cobarde. Un miserable inmaduro que nunca debió tener entre sus manos un arma tan pdoerosa como es un vehículo, porque no ha sido capaz de afrontar las consecuencias derivadas de su uso. Un impotente, que no ha podido imponer su sentido del deber a sus instintos de huída. Un mierda. O sus equivalentes femeninos", lamenta. 

Según la prensa local, el vehículo autor del atropello ya habría sido identificado y localizado por la Policía Nacional. 

La facultativa expresa sus sentimientos en el texto completo a continuación: 

"A las pocas semanas de cumplir 16 años tuve en mis manos mi ansiado carnet de moto.

Aquel día llovía con ganas. Mi padre me dijo: "no se te ocurra salir hoy con la moto. Espera a un día soleado y la pruebas primero por las afueras antes de meterte en la ciudad".

Dos horas después, cuando mis padres no estaban en casa, cogí la moto y me metí, por supuesto, por el centro de la ciudad. No había persona más feliz, orgullosa y excitada que yo.

Todo iba de maravilla€ hasta que me tocó parar en un semáforo en rojo en una avenida de 3 carriles.

Cuando el semáforo se puso en verde, un hombre se lanzó a la carretera y la cruzó corriendo. El primer coche lo vio y pudo parar. La furgoneta de mi lado también lo consiguió: todavía recuerdo el sonido del frenazo y el del claxon.

Cuando yo vi al hombre, ya lo tenía encima. Frené en seco, pero la lluvia hizo resbalar las ruedas de mi moto y embestí al hombre de lleno. El señor salió lanzado en diagonal y golpeó con su espalda y su cabeza contra la pared.

Me quedé petrificada encima de la moto. El primer pensamiento que me vino a la cabeza (inconscientes 16 años) fue: "¡Dios mío, mi padre me mata! ¡Me quedo sin moto de por vida! ¡Con la ilusión que yo tenía por ella, y con lo que me costó sacar el carnet!".

El segundo fue: "¿Y si lo he dejado paralítico? ¿Y si se muere por mi culpa?".

El tercer pensamiento, tras mirar desesperadamente atrás, adelante y a ambos lados, fue: "No hay policía. Hay cuatro personas en la acera nada más. Con esta lluvia no se verá bien la matrícula de la moto. Y encima la culpa no fue mía. Fue del paisano. ¿Y si me voy? Así no se enteran en casa... Porque la que me viene encima puede ser muy gorda...".

Fueron momentos eternos de vacilación y dudas. Las ganas de acelerar la moto y marchar corriendo eran terribles.

Pero no pude. No fui capaz. Me puse a llorar, me bajé por fin de la moto y me acerqué corriendo al señor.

-Señor, ¿está usted bien? No le vi, no pude frenar, no sabe cómo lo siento, ¿está usted bien? Lo siento muchísimo, perdón, perdón...

Los segundos de angustia que pasé sin saber si el hombre estaba bien o le había hecho mucho daño, allí sola, delante de desconocidos, sintiéndome culpable por atropellarle, culpable por desobedecer a mi padre, asustada por las consecuencias fueron larguísimos.

Gracias a Dios, el hombre se puso de pie sin ayuda, me dijo "tranquila, chica, que estoy bien, fue culpa mía, que crucé mal, no pasa nada" y se alejó cojeando un poco.

Un señor me ayudó a arrancar la moto, porque temblaba tanto que no conseguía apretar a la vez las palancas de mano y pie.

Llegué al garaje, aparqué la moto, me senté en el suelo y me puse a llorar histérica durante media hora. Luego llamé a mi mejor amiga para contárselo. Al día siguiente compré todos los periódicos, buscando la noticia (que no aparecía). Tardé más de un mes en confesárselo a mis padres.

En mi trabajo he sido testigo de innumerables atropellos o golpes a peatones, motoristas, ciclistas. Algunos por completo accidentales. Otros debidos a un exceso de velocidad, al alcohol o a alguna imprudencia. Algunos han dejado al paciente con heridas leves. La mayoría con heridas graves. Demasiados han causado la muerte del accidentado.

Mientras hago mi trabajo con los pacientes, no puedo evitar fijarme de reojo en los conductores. La mayoría han abandonado su vehículo y están allí parados, con la cara blanca, sin saber qué hacer. Algunos se acercan para preguntar si pueden ayudar de alguna forma. Algunos ya estaban ayudando cuando nosotros llegamos, y se resisten a alejarse del paciente. Vagan por allí cerca, desorientados, nerviosos, asustados, con la atención dividida entre las preguntas del atestado policial y el estado del paciente. Muchas veces oímos detrás de nosotros un murmullo que se repite una y otra vez, como una letanía: "Lo siento, lo siento, lo siento...".

Cuando el suceso ha sido un accidente real, o fue "por culpa" de la víctima, me invade la compasión por el conductor o conductora. Sé perfectamente lo que están pensando y sintiendo. Si tengo la ocasión, me acerco para tratar de tranquilizarlos, para decirles que sé que ha sido un accidente, que así lo haré constar en el informe. Cuando el accidentado fallece, me costaría decir por cuál de los dos, por cuál de las dos familias, siento más compasión. Porque el causante del accidente nunca, jamás, volverá a ser el mismo. El peso de una muerte a sus espaldas hará que tarde mucho tiempo en poder levantar cabeza. Si la llega a levantar.

Y siempre pienso: "qué valor, qué integridad, está demostrando esta persona que está aquí, dando la cara, reconociendo su culpa, sabiendo que antes o después tendrá que enfrentarse a la familia del herido. Gracias por actuar como un buen ciudadano y una buena persona. Es lo que se debe hacer; pero es difícil hacerlo, y hay que agradecerlo y valorarlo".

Cuando el causante del accidente iba con exceso de velocidad, bebido, drogado, cometió una imprudencia€ la rabia sustituye a la compasión. Los "por qués", los reproches, las ganas de agarrarles por las solapas y de llamarles inconscientes, de gritarles que por su mala cabeza unas personas van a pagarlo muy caro, me invaden constantemente.

Pero normalmente no abro la boca. Ya habrá quien se lo haga saber, en el momento que sea oportuno. Ya pagarán, y con creces, en cuerpo (económica o judicialmente) y alma (con un remordimiento eterno) su negligencia.

Y aún y así me queda un punto de admiración hacia ellos. Porque están ahí. Porque se han quedado, han asumido su error, dan la cara ante el herido, los sanitarios y las fuerzas del orden, se abandonan en manos del sistema como una forma de comenzar a pagar por su acción. No sé si como herido, o como familiar del herido, podría perdonarles. Pero como testigo, les reconozco el mérito que tienen. Y entiendo que el sistema judicial también les reconozca la ayuda o la colaboración prestada. Y deseo sinceramente que, antes o después, cuando hayan pagado el precio correspondiente, lleguen a encontrar la paz.

Pero cuando llego a un accidente y el / la culpable se ha dado a la fuga...

Entonces les deseo muchas cosas.

Les deseo que les alcancen los mismos sentimientos que tienen en ese momento los testigos, el personal sanitario, los policías o guardias civiles que tratan de socorrer al herido. Los que tienen que tratar de buscar a sus familiares. Los que tienen que comunicarles la noticia, sin poder responder a las preguntas de qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, quién ha sido el/la responsable.

Les deseo que se les claven como puñales los mismos sentimientos de los familiares que, desesperados, angustiados, se preguntan una y otra vez si su ser querido sufrió, si recibió ayuda enseguida, si estuvo acompañado, o si, en cambio, quedó allí tirado, malherido y solo mucho tiempo. Que se atormentan con las dudas sobre si algo habría cambiado de haberse quedado el conductor en el lugar, de haber pedido ayuda temprana, de haber intentado socorrerle de alguna manera. Que no pueden dejar de preguntarse qué harían si alguna vez se lo encontrasen delante. ¿Podrían hacerle preguntas? ¿Podrían entenderle? ¿Podrían perdonarle? ¿Podrían soportar verlo sin lanzarse a agredirle? Tal vez sí, tal vez no; pero, al menos, SABRÍAN. En cambio el dolor de la ignorancia les destruye toda posibilidad de cerrar el duelo. Como aquellas personas desaparecidas que se dan por fallecidas pero de las que nunca se llega a encontrar el cuerpo.

La madrugada del sábado una persona atropelló a Juan, de 38 años. Lo dejó tirado en el suelo, malherido. Y se dio a la fuga.

Los padres de Juan y mis padres eran amigos de toda la vida. Yo pasé con Juan y su familia todos los veranos de mi infancia en la playa de San Juan.

Juanín, el más pequeño del grupo. El juguete de todos. El niño al que enseñamos a nadar, al que enviábamos de avanzadilla para frenar la ira de los padres ante la inminente bronca cuando liábamos alguna bien parda. Juanín, el que se perdió en la playa y nos tuvo a todos en vilo recorriéndola arriba y abajo gritando su nombre. Cómo lloraba Fernando, su hermano. Cómo lo abrazaba media hora después, cuando por fin sus padres lo encontraron asustado y acompañado de unos desconocidos.

El sábado lo encontré yo. Maldita sea, lo encontré yo.

Por lo menos pude decirles a sus padres y hermanos que todo había sido tan brutal, tan brusco, tan rápido, que había quedado inmediatamente inconsciente. Que no había sufrido en absoluto.

Les pude decir que desde el primer minuto, cuando un vigilante oyó el estruendo y se acercó a mirar, no había estado solo ni por un momento. El vigilante primero, la policía poco después, el personal sanitario de la UVI móvil en menos de 10 minutos, todos estuvimos junto a él. Le subimos a la ambulancia. Le atendimos, le cogimos de la mano, le hablamos, le tapamos. Estuvimos a su lado hasta que su corazón dejó de latir. Le acompañamos todo el tiempo que pudimos hasta dejarle en manos de los siguientes compañeros que le ofrecieron ya los últimos cuidados. Nunca, nunca, estuvo solo. Nunca, nunca, sintió dolor. No todas las familias tienen la posibilidad de saberlo con seguridad. Es lo único que yo he podido hacer por él, por ellos.

Quien le atropelló conducía un coche que dejó trozos esparcidos por la carretera. Lo buscamos con la UVI. Lo buscó y lo busca la policía. Y confío con todas mis fuerzas en que, antes o después, lo encontrarán. Pero para ese /esa "valiente" sí que tengo palabras directas.

La categoría de las personas no se mide por lo que dicen, ni por lo que piensan, ni por lo que sienten o dicen que sienten. Se mide por lo que hacen.

Una cría de 16 años fue capaz de quedarse en el lugar del accidente que había causado dispuesta a afrontar las consecuencias. El hombre que atropelló a mi hijo estuvo a su lado en todo momento, llorando angustiado; aún hoy sigue interesándose por él.

He visto [email protected], adultos y [email protected], sobrios o no, "limpios" o no, que han demostrado que, más allá de las circunstancias que los llevaron a provocar el accidente, son HOMBRES o MUJERES, de verdad.

Tú eres un cabrón. Un cobarde. Un miserable inmaduro que nunca debió tener entre sus manos un arma tan poderosa como es un vehículo, porque no ha sido capaz de afrontar las consecuencias derivadas de su uso. Un impotente, que no ha podido imponer su sentido del deber a sus instintos de huída. Un mierda. O sus equivalentes femeninos.

Te deseo todo lo que deseo a los otros "valientes" que se dan a la fuga, todo lo que sentí yo en el lugar del accidente, y todo el dolor, la angustia y la desesperación que los seres queridos de Juan han compartido conmigo, multiplicados hasta el infinito.

Deseo ardientemente que nunca me tenga que cruzar contigo vestida de SAMU. Porque pondrías a prueba de forma muy atroz mi juramento hipocrático.

No sé si fue un accidente o una negligencia. No sé si ibas [email protected] o "[email protected]". Y me importa un bledo. No hay nada que te exima.

Excepto que te entregues. Que te comportes como el adulto que se supone que eres. Que reconozcas tu error y tu culpa. Que tengas las narices de enfrentarte a esos familiares destrozados, que trates de explicarte, que les pidas perdón y que asumas voluntariamente las consecuencias de tu acto. Sin esperar a que te encuentren.

Entonces sentiré por ti ese punto de admiración que siento hacia las personas íntegras, decentes y valientes. Y te ayudaré en lo que pueda. Y desearé sinceramente que algún día, cuando hayas pagado el precio en cuerpo y alma, puedas volver a levantar cabeza y vivir en paz.

No creo que nada de esto te importe demasiado. Pero a lo mejor, si saco mis sentimientos afuera, pueden viajar por el aire y alcanzarte. Por si acaso, yo lo intento".
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