Residentes de Cirugía.

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Víricö

Un cirujano revela el 'precio oculto' de hacer el MIR: "Habría cambiado mi bata por casi cualquier cosa"

El cirujano Ángel Gávila recuerda cómo llegó a envidiar a cualquier trabajador de camino al hospital y critica que dormir mal, vivir con ansiedad o dejar de ver a los tuyos se asuma como parte de la formación

Y además: La compatibilidad entre la pública y la privada enfrenta a los médicos: "¿Conciliar para echar más horas?"

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Para miles de médicos jóvenes, la residencia es la etapa más decisiva de su carrera y también una de las más duras. Durante cuatro o cinco años, según la especialidad, los residentes combinan la formación con una carga asistencial muy alta y con guardias que pueden llegar a las 24 horas seguidas. Todo ello en un periodo en el que todavía están aprendiendo, en el que sienten que tienen que demostrar que están a la altura y donde se ha inculcado un pensamiento que dice que hay que superar esa etapa como sea.

Contra esa forma de entender la formación se ha pronunciado el cirujano Ángel Gávila. En un vídeo publicado en su cuenta de Instagram (@angel_gavila) recuerda la frase que escuchó "una y otra vez" en el peor momento de su residencia: “Ángel, la residencia es así: hay que aguantarla y punto”. Reconoce que quienes se lo decían sabían “perfectamente” cómo lo estaba pasando y que algunos lo hacían con buena intención.

Aun así, cree que el consejo no le ayudaba: “Cuando alguien se está ahogando, decirle que aguante un poco más no es enseñarle a nadar”. Y en el texto que acompaña al vídeo resume su postura en una frase: “Que sea frecuente no significa que sea normal”.

“Quería ser como el panadero”

Que la residencia sea una etapa dura no tiene que significar que sea algo donde el desgaste y el cansancio se vuelvan extremos hasta el punto de replantearte tu profesión. “Veía al panadero preparando el pan y pensaba: ‘Quiero ser como él’. Veía a un jardinero colocando unas plantas: ‘Quiero ser como él’”, recuerda. “En aquel momento habría cambiado mi bata por casi cualquier cosa, porque cualquier trabajo me parecía mejor que volver a cruzar aquella puerta automática del hospital”.

Sin embargo, el cirujano cuenta que lo más grave no era sentirse así, sino asumir que era lo normal. “Supongo que dormir mal es normal. Supongo que vivir con ansiedad es normal. Supongo que dejar de cuidarme es normal. Supongo que no ver a tu gente es normal. Supongo que hay que aguantar”, enumera, en referencia a los pensamientos que llegó a interiorizar. “Hoy sé que no”, afirma.

Pero esto no quiere decir que haya que restarle exigencia e importancia a la formación. “La residencia puede ser exigente, sí; puede haber guardias durísimas”, admite. Pero subraya que esa exigencia no debería costarle la salud a quien la atraviesa: “No necesitas desaparecer tú para convertirte en un buen médico. Es que es incoherente, es que no tiene sentido”.

La necesidad de herramientas

A todo ello se le suman los consejos genéricos y los intentos de ánimo que suelen recibir los residentes. “Tampoco creo que la solución sea decirle a un residente: ‘Sé más resiliente’, ‘organízate mejor’, ‘intenta descansar’”, señala, y apunta con ironía a la cercanía entre ambas palabras: “¿Por qué será que resiliente rima con residente?”. En su lugar, defiende la necesidad de “herramientas concretas” para dormir cuando se puede dormir, usar bien la cafeína, recuperarse después de las guardias, alimentarse mejor durante ellas, poner límites y gestionar “todo lo que pasa por tu cabeza mientras intentas aprender medicina”.

El mensaje final de Gávila se dirige a quienes hoy atraviesan esa etapa con la idea de que ya recuperarán su vida cuando terminen. “Si llevas meses pensando: ‘Esto es lo que hay, ya aguantaré, cuando termine la residencia recuperaré mi vida”. Quiero decirte algo que a mí me habría gustado escuchar entonces”, dice. Y concluye: “No tienes que esperar a terminar la residencia para empezar a vivir mejor dentro de ella”.