Capitolio de los EEUU en Washington DC.
EEUU transforma su estrategia de salud global: más control sobre la financiación y mayor responsabilidad para los países receptores
El Instituto George W. Bush, junto a una decena de organizaciones, desarrolla la estrategia 'America First Global Health Strategy'
La cooperación internacional en relación a la salud impulsada por Estados Unidos se prepara para una nueva etapa. El Instituto George W. Bush, junto a una decena de organizaciones y líderes mundiales de la salud, ha presentado una serie de recomendaciones para desarrollar la estrategia 'America First Global Health Strategy' (AFGHS), un modelo que busca que los países que reciben la ayuda asuman un mayor compromiso y que la financiación dependa cada vez más de los resultados obtenidos.
La propuesta mantiene el respaldo a algunos de los grandes programas internacionales impulsados por Washington, como el Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del Sida (PEPFAR), la Iniciativa Presidencial contra la Malaria (PMI) o el Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. Sin embargo, plantea un cambio en la forma de gestionar estos recursos, apostando por una mayor supervisión y una exigencia hacia los países socios y el liderazgo de estos sobre sus sistemas sanitarios.
Del volumen de inversión al impacto sanitario
Uno de los principales mensajes que el documento plantea es que la cooperación estadounidense debe dejar de medirse únicamente por el dinero destinado a los programas y comenzar a evaluarse por los resultados obtenidos sobre la salud de la población.
Para ello, los impulsores de la iniciativa proponen utilizar indicadores que permitan “centrarse en el control de nuevas infecciones y proporcionar una plataforma para la seguridad sanitaria integrada y la atención médica sostenible, junto con apoyo técnico para la transición”.
La intención es que exista una relación más directa entre la financiación concedida y los objetivos sanitarios logrados, facilitando, de esta manera, la evaluación continua del impacto de las inversiones de EEUU.
Países con mayor protagonismo
Uno de los principales cambios que plantea la estrategia es dar un papel más relevante a los países que reciben la ayuda. La idea es que los acuerdos se adapten a la realidad de cada sistema sanitario, pero también que sirvan para que estos países vayan ganando autonomía, refuercen su capacidad de financiación y dependan cada vez menos del apoyo económico de Estados Unidos.
El documento insiste, además, en la necesidad de implicar a organizaciones comunitarias, entidades religiosas “que atienden a zonas remotas y desatendidas” y representantes de poblaciones vulnerables para garantizar que los programas mantengan su cobertura durante ese proceso de transición.
Aunque no plantea una reducción explícita de la financiación internacional, el enfoque muestra una mayor exigencia respecto al uso de los recursos y a la capacidad de los países socios para demostrar avances reales.
Más control sobre la estrategia
Las propuestas también ponen el foco en la incorporación de nuevas herramientas para acelerar el control de enfermedades infecciosas. Entre ellas figuran la financiación de innovaciones terapéuticas, el fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica y el impulso a mecanismos que permitan a los propios países asumir la compra de medicamentos y otros suministros estratégicos.
Los promotores consideran que esta transición se tiene que realizar sin comprometer la continuidad de los programas que han permitido reducir la carga de enfermedades como el VIH, la malaria o la tuberculosis en las últimas décadas.
El documento también plantea que el Congreso de Estados Unidos tenga un mayor control sobre el desarrollo de la estrategia. Para ello, propone que reciba informes periódicos sobre la evolución de los acuerdos con los países socios y sobre el grado de cumplimiento de los objetivos marcados.
Además, apuesta por realizar evaluaciones y auditorías independientes para comprobar si los programas están teniendo el impacto esperado o si, por el contrario, los fondos destinados no se están usando de manera eficaz.
Un cambio de enfoque
Las recomendaciones con respecto a la política de cooperación sanitaria de Estados Unidos, apuntan a una forma distinta de gestionar las nuevas ayudas. La idea es mantener el apoyo a los grandes programas internacionales, pero exigiendo un mayor compromiso a los países que reciben la financiación y evaluando con más detalle los resultados obtenidos.
En este contexto, el Instituto George W. Bush defiende un modelo en el que la continuidad de las inversiones esté cada vez más ligada a la capacidad de los países socios para “fortalecer los sistemas de salud liderados por los propios países”, además de asumir una mayor parte de la financiación y demostrar que los recursos se traducen en mejoras reales para la salud de la población.