Redacción Médica
18 de septiembre de 2018 | Actualizado: Martes a las 19:05
Lunes, 29 de julio de 2013, a las 17:59

La Atención Primaria es como el pueblo durante el despotismo ilustrado. Todas las medidas administrativas y de reforma emprendidas por los monarcas absolutos del siglo XVIII parecían concebidas para colmar al pueblo, pero nadie se había preocupado de preguntar al pueblo qué era lo que realmente quería. Igual parece estar ocurriendo con la primaria, en boca de casi todos los políticos y gestores sanitarios como el auténtico pilar sobre el que debe descansar la nueva orientación del Sistema Nacional de Salud (SNS), pero perjudicada y desatendida cuando hay que tomar decisiones sobre planificación de recursos.

El último ejemplo de esta contradictoria situación ha sido la propuesta de las comunidades autónomas para la próxima oferta de plazas en formación especializada. Las comisiones nacionales de las especialidades habían planteado la necesidad de potenciar las plazas de medicina de Familia, restándolas de otras disciplinas. Los servicios públicos de salud no sólo no han atendido esta demanda de reequilibrio entre primaria y especializada sino que, además, han rebajado el número total de plazas disponibles para el primer nivel, ante el notorio disgusto de las sociedades científicas representativas.

Hay una frustrante incapacidad de la primaria para ocupar el lugar que se le presupone dentro del sistema. Hay causas conocidas, como la insuficiente respuesta de los médicos jóvenes, que no terminan de decantarse por el ejercicio en primaria, o el natural hospitalocentrismo del SNS, que da pie a que los servicios autonómicos guíen más sus decisiones en función de las exigencias de los servicios hospitalarios y de sus jefes que teniendo en cuenta las necesidades de la población, según ha subrayado el presidente Basora, de Semfyc.

No se entiende que si el sistema del futuro, por fuerza, tiene que ser más generalista, apoyado en una nueva reordenación de las capacidades y conocimientos de los especialistas, orientado a la cronicidad y a la dependencia, la primaria no esté experimentando un profundo cambio que contribuya a hacer real ese escenario sobre el que hay un muy amplio acuerdo de verosimilitud.

En cierto modo, las penas de la primaria no son nuevas. Los profesionales y sus sociedades científicas llevan lamentándose desde hace mucho, unos más críticos que otros, pero todos insatisfechos por un desarrollo del nivel que no responde, en modo alguno, a las expectativas que hay depositadas en su capacidad de resolución y en su contribución a que el SNS sea, efectivamente, de otra manera.

Obviamente, este problema no se va a resolver de un día para otro. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad puede entender y compartir el papel que debe jugar la primaria en el futuro, pero otro cantar es hacerle entender eso mismo a los servicios autonómicos de salud. Que es posible que lo entiendan y hasta coincidan, pero de ahí a adoptar medidas que implementen esas teorías, hay desgraciadamente un trecho aún muy largo.

Así las cosas, a primaria no le queda otra que seguir librando una batalla que sólo se puede ganar con disciplina, constancia y ni pizca de desencanto. Más difícil sería cambiar un estado de opinión, pero no es el caso: hay coincidencia general sobre el valor y la importancia de la primaria en la sanidad del futuro. Sólo falta movilizar la necesaria voluntad política para aplicar las teorías en las que, supuestamente, se está de acuerdo. Al final, debe ser una cuestión de tiempo, más o menos largo. Y primaria, con sus sociedades científicas a la cabeza, por separado o juntas, no debe desfallecer en el intento.