Redacción Médica
23 de julio de 2018 | Actualizado: Lunes a las 15:40
Jueves, 07 de noviembre de 2013, a las 20:51

Otra Subcomisión parlamentaria que se desangra por las vicisitudes del juego político. Los unos culparán a los otros y viceversa, pero esto tiene más pinta de que entre todos la mataron y ella sola se murió. Lo único cierto es que el abandono por parte de los grupos catalán y vasco del órgano, concebido en esta ocasión para asegurar la sostenibilidad del sistema sanitario, que ya nació mutilado por las bajas del PSOE e IU, ha terminado por mostrar con cruda evidencia que la sanidad es un territorio hostil para la consecución de pactos políticos que se puedan traducir en leyes que, a su vez, terminen trasladándose a la configuración y fisonomía del Sistema Nacional de Salud (SNS).

Sí estamos más habituados a escuchar posiciones comunes, y muy compartidas, respecto a asuntos donde es casi imposible no estar de acuerdo: un sistema de calidad, bien dotado financieramente, con profesionales motivados y reconocidos, con niveles asistenciales coordinados… Hablando de generalidades, como en ocasiones les gusta hacer a los políticos, el Pacto por la Sanidad parece que es una obviedad. Sin embargo, la historia demuestra que los acuerdos son solo dialécticos, del todo informales y que, por supuesto, ni obligan ni comprometen a nada.

No es la primera vez que los grupos políticos del Congreso fracasan en conformar un foro capaz, desde la lógica y saludable discrepancia, de construir un espacio de diálogo, entendimiento y conocimiento para concluir en un dictamen útil que pueda convertirse en una ley básica que se aplique en todos y cada uno de los servicios de salud de este país. Puede que el más famoso sea la Comisión Abril, que sí sustanció sus trabajos en un resultado que, a la postre, terminó pasando a la posteridad –el Informe Abril-, aunque su puesta en práctica fuera otro cantar. Pero ha habido otros intentos.

Con Aznar recién llegado al poder, el ministro Romay lanzó la idea de crear una Subcomisión para estudiar la reforma y modernización del SNS. Pero mientras los parlamentarios discutían sin ver muy claro el norte, el PP intentaba en solitario transformar la gestión de los hospitales, y pactando solo con CiU la financiación del sistema. Después, para más inri, el PSOE terminó dando el visto bueno a la Ley 15/1997 de Nuevas fórmulas de gestión, que no era sino un paso adelante para intentar modernizar los hospitales, aunque la Subcomisión no supo demasiado de aquel texto…

Con los socialistas de vuelta al Gobierno, la ministra Trinidad Jiménez buscó que los parlamentarios se afanaran en, sin rodeos, allanar el camino para lograr un Pacto por la Sanidad, sin otros circunloquios que despistaran del objetivo principal. Tras casi dos años de trabajos, reuniones y comparecencias, tampoco pudo lograrse un acuerdo formal. Al poco de llegar al cargo, Leire Pajín intentó convertir la consecución del Pacto por la Sanidad en uno de sus motores políticos, aunque tampoco lo logró. Bernat Soria también buscó el Pacto y hasta llegó a estampar su rubrica en un Informe de recomendaciones, pero cuando ya había dejado de ser ministro.

El inicio de la presenta legislatura también tuvo espacio para la eterna apelación a la necesidad del Pacto, pronunciada por el presidente Rajoy y también por la ministra Ana Mato para “garantizar un SNS de calidad, eficiente, universal, igual para todos y gratuito, fuera del debate político”. ¿Cómo no es posible estar de acuerdo? Pues no, no estamos de acuerdo.

Más que analizar las causas y razones que han abocado al fracaso a esta nueva Subcomisión -que formada aún por PP y UPyD se dispone a redactar el texto final del documento que habrá de elevarse, para su votación, al Pleno del Congreso- parece más apropiado que los partidos políticos reflexionen sobre su manifiesta incapacidad para alcanzar acuerdos de relieve, no importa el equilibrio de fuerzas y votos, ni el inquilino de Moncloa, ni la situación del SNS. Por principio, todos muestran su predisposición al Pacto, no importa las veces que se les pregunte, pero la realidad nos sitúa muy lejos de poder alcanzarlo.

Una de dos: o las discrepancias son más graves de lo que a veces aparentan, o directamente la sanidad es un asunto demasiado jugoso como para dejarlo fuera de la confrontación política.