15 nov 2018 | Actualizado: 19:10
Por Ismael Sánchez, director editorial de Sanitaria 2000
Lun 23 junio. 20.51H
Un estudiante de Farmacia, joven, risueño y seguramente inexperto y hasta iluso, ha puesto encima de la mesa una evidencia descorazonadora, que casi nadie se atreve a decir en público: que la Farmacia y la Medicina, que el médico y el farmacéutico, que el farmacéutico y el médico, tanto monta, monta tanto, están desconectados, que ni se miran ni casi se hablan. Y, claro, la sanidad lo nota.

Se nota ya en la Universidad, ha venido a decir Miguel Vargas, el presidente de los estudiantes de Farmacia, que dice lo obvio para seguramente, justo a continuación, escandalizarse: ¿cómo podemos estar tan separados de los estudiantes de Medicina? ¿Cómo ellos pueden estar tan desconectados de nosotros? ¿No se supone que vamos a, llegado el momento, tener que trabajar codo con codo? O, al menos, si no da para tanta familiaridad, ¿sí para una relación más estrecha, más habitual, más rutinaria en suma?

Nada de nada. Ni se miran, ni se hablan, ni se conocen. Unos, los futuros médicos, estudian algunas materias relacionadas con la farmacia, pero se ve que no les interesan mucho. Los otros, los que van para farmacéuticos, ni siquiera eso, aunque parece que se plantean un mayor acercamiento. Aunque, de momento, las circunstancias, las universidades, las facultades, los planes de estudio, no fomentan, no animan al roce.

En realidad, el descubrimiento del estudiante Vargas es el origen de una desconfianza legendaria que desde tiempo inmemorial ha situado al médico por encima del farmacéutico (como de cualquier otro profesional sanitario) y al farmacéutico pugnando por recortar ese hueco social de reconocimiento, que a veces parecía sideral e inalcanzable.

Las cosas han cambiado mucho en los últimos años y el farmacéutico ha agigantado su figura, al compás de las propias dificultades que ha tenido su desarrollo profesional, siempre necesario, siempre cuestionable, y su situación económica, más comprometida hoy que nunca. Digamos que los boticarios se han crecido en la adversidad y están cada vez más cerca de ser los agentes de salud que todavía no son del todo. Eso sí, desconectados de la Medicina. Y también de los médicos.

Entre otras cosas, porque a veces da la sensación de que los médicos están desconectados de todas las demás profesiones de su entorno. Tan acostumbrados y solitarios en su dicha profesional, cuando han tenido que despertar y hablar de equipos multidisciplinares, coordinación asistencial, protocolos pactados y toda esa suerte de diplomacia laboral que consiste en no dar un paso ni tomar casi una decisión sin comunicarla a alguien, aunque solo sea por pura cortesía, pues han crujido todas sus costuras y todos sus convencimientos y todas sus inercias.

Y la desconexión persiste.

Empezando por los límites de la responsabilidad de cada cual. El médico prescribe, el farmacéutico dispensa, ¿pero quién elige de veras? ¿Quién decide la marca o el genérico que se lleva el paciente? ¿Lo tenemos claro? ¿Lo tienen claro? No del todo, y es posible que ahí siga perviviendo una desconexión que arranca en la Universidad y que no se remedia ni en el centro de salud, ni en la oficina de farmacia ni en el hospital. Y que, en el fondo, es uno de los mayores lastres que, día a día, también supera nuestra sanidad.