Redacción Médica
20 de septiembre de 2018 | Actualizado: Miércoles a las 19:15
Martes, 09 de abril de 2013, a las 21:46

La ampliación de la edad pediátrica aprobada por el Gobierno ha vuelto a provocar las desavenencias entre colectivos profesionales, una circunstancia más habitual de lo que sería deseable. En esta ocasión los que tienen opiniones bastante alejadas cuando no directamente enfrentadas son los pediatras y los médicos de atención primaria.

La permanencia de los pacientes menores de 18 años en las unidades pediátricas era una de las reivindicaciones más características de los pediatras. Además, hace unas semanas, la Asociación Española de Pediatría (AEP) volvía a reclamar el aumento de la edad de asistencia para hacerla coincidir con la mayoría de edad al igual que sucede en otros países de la UE. A  su juicio, el pediatra es el profesional médico que más acostumbrado está  a hacer prevención y educación para la salud porque conoce al paciente desde el nacimiento.

No es esa, ni mucho menos, la impresión de atención primaria. Las tres sociedades científicas han coincidido en rechazar la medida del Gobierno y la han calificado al unísono de sinsentido. Pero las críticas han ido más allá, incluso cuestionando la capacidad de los pediatras para atender a los adolescentes, que estarían mejor en manos de los médicos de primaria o de los internistas. Curiosamente, Primaria ha reaccionado con dureza pese a que, inicialmente, la ampliación de la edad pediátrica sólo se aplicaría en la asistencia hospitalaria.

Ya en su día, según ha recordado Semergen, otra ampliación -en aquella vez, de 7 a 14 años- también generó polémica, por lo que Primaria ha decidido anticiparse y criticar que la medida puede terminar en su nivel asistencial.

Seguramente, la cuestión en sí es muy discutible y ambos colectivos tengan razones poderosas para defender sus posiciones de partida. Es posible que en esta materia sea muy complicado generalizar y crear normas porque igual que cada persona es un mundo, la edad tampoco tiene que implicar las mismas circunstancias en cada adolescente. De hecho, es muy probable que suceda todo lo contrario. Lo ideal sería analizar cada caso, dónde y por quién va  a ser mejor atendido un enfermo de 15, 16 o 17 años,  aunque esto no es posible ni organizativa ni asistencialmente hablando.

Con todo, pediatras y médicos de primaria harían bien en reflexionar primero sobre sus propias circunstancias como colectivo. Cuando no paran, seguramente con toda la razón, de criticar sus agendas saturadas, su escasez de recursos y su imposibilidad de dar una respuesta asistencial óptima a la demanda continuada y creciente que se les viene día a día encima, no parece lo más apropiado que aparezcan públicamente enfrentados por ver quién es el profesional más apropiado –y lo que es más peligroso, más capacitado- para atender al adolescente.

Puede resultar un recurso fácil, pero en estos casos acudir a la colaboración entre profesionales, al equipo mutidisciplinar y a la discusión científica es mucho más provechoso que alzar la voz y levantar fronteras y diques en el ejercicio. Sobre todo, y en primer lugar, para los adolescentes.