15 nov 2018 | Actualizado: 09:45
Addah Monoceros es Médico Interna Residente de Familia y resistente
Dom 04 noviembre. 11.30H
Hace apenas unos días, mientras me hallaba rotando en el servicio de Urgencias, me topé con una paciente que sufría una patología determinada. Tras hacerle la anamnesis y explicarle brevemente su diagnóstico, la mujer me dedicó una mirada de desconfianza.

—¿Y ya está? ¿Eso es todo?

—Sí. Las pruebas están bien. El seguimiento ya corre a cargo de su médico de cabecera.—Respondí yo.

—Los médicos de cabecera no tienen ni idea de nada.—Insistió la señora.

—Discrepo.—Repuse.—Yo misma soy médica de cabecera, ergo puedo garantizarle que su doctor sabrá bien cómo tratar con su patología.

La mujer abrió mucho los ojos. Era más que evidente que no esperaba mi respuesta y no tardó en expresarlo abiertamente.

—¿Me estás diciendo que eres médica de familia? Yo he venido aquí a que me vea el especialista, alguien que entienda, alguien con formación y conocimientos.

—Yo tengo formación.—Contesté, armándome de paciencia.—Y le aseguro que ahora mismo no hay ningún signo de alarma y que con esta medicación irá bien. No se preocupe. El seguimiento se lo hará su médico de cabecera.

—Eso sólo lo puede decir un especialista. No tú.

Por suerte, la sociedad está empezando a abrir los ojos y este tipo de situaciones son cada vez más infrecuentes, pero siguen terciándose. Y es algo que me duele sobremanera, tal vez porque yo misma acarreaba prejuicios similares antes de conocer la especialidad de la que hoy estoy más que orgullosa. De manera que voy a enumerar, a modo de resumen, por qué los médicos de familia deberíamos ostentar nuestro título con la cabeza bien alta.

Para empezar, somos los primeros en visitar a los pacientes. Esto significa que no sólo vemos “banalidades”, sino que literalmente nos enfrentamos a todo. Desde una persona que acude a las tres de la madrugada a renovar una receta, hasta el que viene por un resfriado común, hasta el hombre del dolor torácico al que terminamos diagnosticando un infarto o el que es traído en ambulancia tras un violento accidente de tráfico. Podemos toparnos con cualquier cosa. Esto requiere un conocimiento absolutamente brutal y una capacidad extraordinaria para salir a flote entre la incertidumbre y a las situaciones de estrés.

Por otro lado, trabajamos en distintos campos. Nos movemos bien en hospitales, pero también en centros de Atención Primaria, tanto urbanos como en ámbitos rurales. Y, cuando se trata de la Medicina Rural, lo hacemos con los mínimos recursos y a sabiendas de que la salud de un pueblo entero depende casi íntegramente de nosotros.


"Los médicos de familia deberíamos ostentar nuestro título con la cabeza bien alta"


Eso por no hablar de que somos los únicos facultativos a los cuales los pacientes llaman "mi médico". Seguimos a las personas desde su nacimiento hasta su muerte. No sólo conocemos su historial en lo que a salud respecta, sino también su vida familiar, emocional. Somos el apoyo con el cual siempre pueden contar. Somos, muy probablemente, los únicos especialistas que no sólo curamos con ciencia, sino también con corazón.

Las notas son engañosas. Los titulares de los periódicos también lo son. Y es innegable que los médicos de familia no solemos caracterizarnos por obtener las mejores puntuaciones en el examen MIR. Tampoco protagonizamos asiduamente las portadas de las noticias con nuestros grandes descubrimientos o espectaculares actos quirúrgicos.

Pero estamos ahí. Abajo. En los cimientos. Sosteniendo un sistema sanitario cada vez más frágil, un sistema sanitario en el que podemos salvar vidas, reconstruir almas rotas y brindarle al paciente un vínculo de dimensiones inimaginables. Somos los cimientos que sacan la fuerza de su amor a las personas, de la vocación médica en su forma más pura. Somos los que vivimos por y para el paciente, que no para el prestigio, que no para uno de sus órganos o sistemas, que no para su enfermedad, sino para ellos. Ellos, como seres humanos. Ellos, como sociedad y comunidad. Ellos, como parte del todo al que nos enfrentamos.

De manera que os invito a que os quitéis la venda ante la gran desconocida que es la Medicina Familiar. Os invito a mirarla con los ojos de quien ama y respeta la sanidad y todo cuanto ésta conlleva. Y entenderéis que la salud, sin sus cimientos, sin su razón de ser, sin la Atención Primaria, se quedaría en nada. Medicina de Familia no es una especialidad más. Es la especialidad. La especialidad que nos recuerda en qué consiste realmente ser médico. No precisamos nada más.