¿Puede un abrazo salvar vidas? ¿Puede una conversación evitar una muerte prematura? A estas preguntas, que podrían parecer retóricas o propias de la poesía, la
Organización Mundial de la Salud (OMS) responde con rotundidad en su nuevo informe:
From loneliness to social connection: Charting a path to healthier societies. La conexión social es un pilar esencial del bienestar y
un determinante de salud con efectos tangibles, medibles y aún insuficientemente reconocidos.
Según este informe, casi una de cada seis personas en el mundo ha experimentado soledad durante la última década. Y lejos de tratarse de una simple incomodidad emocional, sus consecuencias son graves: l
a soledad crónica causa unas 871.000 muertes al año y se asocia a mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo, trastornos depresivos y suicidio.
Este nuevo marco de análisis no es fruto de una moda pasajera ni de la nostalgia por las relaciones cara a cara en tibempos de hiperdigitalización. Es el resultado de
décadas de evidencia acumulada, de análisis comparativos entre culturas, de seguimiento longitudinal de cohortes, y de una observación más aguda tras la pandemia de Covid-19, que no creó el problema, pero lo hizo más visible. El documento de la OMS marca un punto de inflexión; y es que por primera vez se adopta una resolución mundial que
reconoce la conexión social como una prioridad de salud pública.
Una epidemia que atraviesa edades, culturas y clases sociales
Uno de los grandes aciertos del informe es
desmontar ciertos tópicos. La soledad no es, como a menudo se presupone, un fenómeno exclusivo de las personas mayores. De hecho, los datos muestran que los adolescentes (13-17 años) y los jóvenes adultos (18-29) presentan las mayores tasas de soledad percibida (20,9 por ciento y 17,4 por ciento respectivamente), seguidos de los adultos de mediana edad y, finalmente, de las personas mayores, que reportan tasas menores, pero más persistentes. Esto obliga a
repensar nuestras estrategias de intervención y a extenderlas más allá de las residencias de mayores o los
programas de envejecimiento activo.
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"Por primera vez se reconoce la soledad como una prioridad de salud pública"
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Además, el informe hace hincapié en qu
e la prevalencia de la soledad es más alta en países de ingresos bajos (24 por ciento) y en regiones como África o el Sudeste Asiático. Este gradiente social y económico desmonta otro mito: el de la soledad como fenómeno de sociedades ricas e individualistas. Es cierto que el individualismo puede aumentar las expectativas sobre las relaciones y, con ello, el sentimiento de desconexión. Pero también lo es que
la pobreza, la discriminación y la desigualdad de oportunidades son grandes generadoras de aislamiento estructural.
A ello se suma el impacto de determinadas condiciones de vida (vivir solo, padecer una enfermedad crónica, sufrir una discapacidad, migrar forzosamente, cuidar en soledad), y de entornos urbanos mal diseñados, sin espacios relacionales. Como en otros determinantes sociales de la salud,
la soledad tiene raíces estructurales, pero también consecuencias personales. Afecta no solo al bienestar subjetivo, sino a la esperanza de vida, a la funcionalidad, a la
salud mental, a la cognición y al riesgo de hospitalización. Y, como la OMS recuerda, también a la economía.
De la evidencia a la acción: una hoja de ruta con cinco claves
La Comisión de la OMS propone cinco áreas estratégicas de acción: políticas públicas, investigación, intervenciones eficaces, mejora de la medición y movilización social. Cada una de ellas está respaldada por ejemplos internacionales que demuestran que es posible actuar. Países como
Japón, Reino Unido, Alemania o Finlandia ya han implementado estrategias nacionales para combatir la soledad, con enfoques que van desde la creación de ministerios específicos hasta plataformas intersectoriales de colaboración.
Entre las propuestas más relevantes está la incorporación de
l “índice global de conexión social”, una métrica que permita monitorizar no sólo la ausencia de contactos (aislamiento objetivo), sino también la calidad y funcionalidad de las relaciones (soporte percibido, confianza, intimidad, sentido de pertenencia). Esta apuesta por la “salud social”, entendida como un
pilar inseparable de la salud física y mental, redefine nuestra comprensión del bienestar.
En términos de intervenciones, el informe pone el foco en
estrategias comunitarias (como la mejora del espacio público, el diseño de infraestructuras sociales, el fomento del voluntariado o los programas intergeneracionales), así como en intervenciones relacionales y tecnológicas, incluyendo el
uso cauteloso de plataformas digitales, realidad virtual o inteligencia artificial aplicada a la interacción social.
También se destaca la necesidad de campañas de divulgación, adaptadas culturalmente y participativas. Las estrategias que han demostrado ser más eficaces son aquellas que implican a las personas con experiencia vivida, que apelan al
sentimiento de pertenencia, y que no presentan la soledad como una debilidad individual, sino como un fenómeno colectivo que requiere respuesta colectiva.
La conexión como política pública
Desde la óptica de la gestión sanitaria, el informe plantea un reto y una oportunidad. El reto es incorporar la dimensión social como una variable más del riesgo sanitario, tanto en atención primaria como en salud mental, en cronicidad o en planificación sociosanitaria.
El cribado sistemático de la soledad en poblaciones vulnerables podría ser tan relevante como el del
colesterol o la
hipertensión.
La oportunidad está en reenfocar el sistema hacia una prevención más humana y relacional. Si la falta de conexión social multiplica la mortalidad como lo hace el tabaquismo o la obesidad, entonces las políticas públicas deben tener la determinación de tratarla con la misma intensidad y recursos.
Se trata de impulsar activamente entornos que generen vínculo, como barrios que favorezcan el encuentro social, instituciones que promuevan la inclusión y servicios sanitarios que fortalezcan la continuidad relacional.
La conexión social merece reconocerse como una prioridad estructural en salud y bienestar. Constituye una infraestructura vital para la vida colectiva. Y no solo desde el Estado. La OMS subraya también el papel de las
empresas, universidades, asociaciones vecinales y medios de comunicación en crear “entornos conectantes”. La promoción de la salud del futuro será, en buena parte, una promoción del vínculo.
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"El cribado de la soledad puede ser tan relevante como el del colesterol o la hipertensión"
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Finalmente, el documento de la OMS apela tanto a gobiernos e instituciones como a la ciudadanía. La conexión social también se construye en la política de lo cotidiano, a través de un saludo al vecino, una llamada telefónica sin prisas, una conversación sin pantallas, un café compartido desde la calma, una escucha atenta en medio de la jornada y una
presencia disponible cuando alguien atraviesa un momento difícil.
Los pequeños gestos, repetidos en el tiempo, generan una
red de confianza y pertenencia con un impacto mucho mayor del que solemos estimar. Como bien señala la Comisión, un acto de amabilidad puede convertirse en una auténtica herramienta de transformación social.
La transición demográfica, la crisis de cuidados,
el aumento de las enfermedades mentales y la fragilidad de los lazos comunitarios requieren un nuevo contrato social. El informe de la OMS nos proporciona una hoja de ruta para revalorizar lo que da sentido a la vida: los otros. Porque, al fin y al cabo, como ya recordaba
Aristóteles, somos animales sociales. Y, como expresa el pensamiento Ubuntu, “una persona es persona a través de otras personas”.