España es desde hace años un referente internacional en donación de órganos, con un modelo sólido que combina organización, profesionalidad y confianza social. Ese marco general permite comprender el contexto, pero no agota la explicación de todo lo que ocurre en los territorios. Hay realidades que no solo se inscriben en ese modelo, sino que lo trascienden por la continuidad y la magnitud de sus resultados. El balance anual de la Organización Nacional de Trasplantes vuelve a situar a Cantabria en una posición singular de liderazgo, con tasas de donación que duplican la media nacional. No se trata de un dato aislado ni de una oscilación estadística, sino de una trayectoria excepcional, mantenida en el tiempo durante once años consecutivos, que invita a ir más allá de la cifra y a recuperar una reflexión de fondo que a menudo se diluye en el discurso público.
Cuando un resultado de este tipo se mantiene de forma reiterada en el ámbito de la donación de órganos, la explicación difícilmente puede descansar solo en la generosidad entendida como virtud individual. La generosidad existe y es imprescindible, pero por sí sola no explica una continuidad prolongada. Lo que reflejan estos datos apunta a algo más estructural: una concienciación trabajada y sostenida en el tiempo, que convierte la generosidad en una posibilidad real y no en una exigencia heroica.
Durante años, el relato dominante sobre la donación ha puesto el acento en el altruismo de las familias. Es un reconocimiento necesario, legítimo y moralmente incuestionable, pero incompleto. La donación no nace de un impulso aislado en un momento de duelo extremo. Se apoya en valores previamente interiorizados, en una comprensión compartida del sentido de donar y en la confianza en un sistema que se percibe como éticamente sólido. En ese sentido, la concienciación no sustituye a la generosidad, sino que la hace posible y la protege.
Desde esta perspectiva, la diferencia entre generosidad y concienciación no es menor. Mientras la generosidad remite a una disposición moral individual que se activa en una situación concreta, la concienciación es un proceso colectivo, acumulativo y deliberado, que no se basa tanto en la excepcionalidad como en la coherencia. Cuando una sociedad ha interiorizado por qué donar tiene sentido, la decisión deja de vivirse como un sacrificio extraordinario y pasa a entenderse como una prolongación natural del cuidado. Es en ese tránsito donde la donación deja de depender del heroísmo y se convierte en cultura.
En Cantabria, esa cultura se traduce en una vivencia de la donación como una opción conocida, explicada y socialmente legítima. Esa normalización no surge de manera espontánea. Es el resultado de un trabajo prolongado que ha ido calando tanto en la ciudadanía como, de forma muy especial, en el propio sistema sanitario.
Una trayectoria que no es casual
La posición de liderazgo en donación no puede explicarse por un único factor. No es solo una cuestión de procedimientos ni de organización. Tampoco puede atribuirse a una modalidad concreta de donación. Es la confluencia de múltiples elementos la que ha ido construyendo, con el tiempo, un marco ético compartido. Ese marco no se expresa únicamente en los resultados finales, sino también en la capacidad del sistema para asumir prácticas especialmente complejas desde el punto de vista clínico y humano.
En ese escenario se entiende el desarrollo de la donación en asistolia, un ámbito en el que Cantabria es referente. No como causa única del liderazgo, sino como uno de los indicadores más claros del grado de madurez alcanzado. Se trata de una forma de donación exigente, que requiere tiempo, coordinación y una gran capacidad de acompañamiento, y que solo es viable cuando existe un alto nivel de credibilidad institucional y de confianza en los profesionales.
Este liderazgo adquiere además una dimensión más amplia cuando se sitúa en contexto. Mantener cifras de este nivel dentro de un país que ya es referencia internacional en donación sitúa a este modelo entre los más destacados también a escala mundial. No hace falta subrayarlo con grandilocuencia. Los datos hablan por sí solos.
Los profesionales como conciencia compartida
Conviene volver al origen de la reflexión. La concienciación no es un mensaje abstracto ni una consigna institucional. Se construye en la práctica cotidiana y, sobre todo, en las personas que articulan el sistema. La cultura de la donación se transmite antes dentro que fuera, y son los propios profesionales sanitarios quienes primero la incorporan como marco ético claro.
La Coordinación de Trasplantes y el conjunto de equipos del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla han sido actores clave en este proceso. No solo por su competencia técnica, sino por haber integrado la donación como parte natural del cuidado. Médicos, enfermeras y otros profesionales comparten una misma manera de entenderla, no como un acto excepcional, sino como una prolongación del compromiso asistencial incluso cuando la vida llega a su final.
La Coordinación de Trasplantes desempeña aquí un papel especialmente delicado. Más allá de la gestión de procesos, actúa como espacio de mediación ética y de comunicación experta. Es donde los protocolos se traducen en palabras comprensibles y donde se respeta el tiempo emocional de las familias. Ese trabajo, discreto y poco visible, constituye uno de los pilares más sólidos del modelo.
La baja tasa de negativas familiares ayuda a comprender esta dinámica. No habla de una mayor predisposición moral, sino de un marco previo más arraigado. Las familias llegan al momento de la decisión con una comprensión que reduce la carga moral y evita que la donación se viva como una imposición o un sacrificio extraordinario. La concienciación cumple aquí una función claramente protectora.
Valdecilla ha contribuido de forma decisiva a consolidar en Cantabria una narrativa serena sobre la donación, alejada del sensacionalismo y centrada en su valor social. Un relato que no recurre al heroísmo, sino a la coherencia. La generosidad sigue siendo necesaria, pero ya no está sola. Está acompañada por una comprensión compartida de por qué donar tiene sentido.
Quizá la lección más relevante no esté en el ranking ni en su reiteración, sino en esa distinción de fondo. Cuando la concienciación se cuida, la generosidad deja de ser excepcional y se vuelve cotidiana. No se dona más por azar. Se dona más cuando una sociedad, y quienes la cuidan desde dentro, han aprendido a entender la donación como parte central del cuidado colectivo.
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