Miguel Mamajón, psiquiatra infantil, recomienda "prohibir y educar" para evitar que pasen hasta 5h en dichas plataformas

"Prohibir y educar" para evitar "delitos y abuso" de redes en menores
Miguel Mamajón, psiquiatra infantil y responsable del 'Proyecto Pantallas' del Hospital Valdecilla (Santander). (Imagen de Colegio de Médicos de Cantabria).


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Capaces de definir desde su identidad hasta la forma de comunicarse, las redes sociales han pasado a ser un factor fundamental en la realidad y el desarrollo psicosocial de los adolescentes de hoy en día. Un nuevo escenario no exento de riesgos al estar "insuficientemente regulado" y poco "limitado" a ojos de los psiquiatras infantiles, quienes conciben como un "acierto" la propuesta del Gobierno de limitar el acceso a estas plataformas hasta los 17 años de edad

Así lo asegura en Redacción Médica Miguel Mamajón, psiquiatra infantil y responsable del Proyecto Pantallas del Hospital Valdecilla de Santander, una iniciativa centrada en la detección y abordaje de problemas de salud mental vinculados al uso abusivo de nuevas tecnologías. Aunque no representan a la población general en este rango de edad, lo cierto es que los datos de los pacientes que llegan al programa son alarmantes: "En líneas generales, pasan en torno a seis o siete horas fácilmente de media de teimpo de pantalla, cuatro o cinco de ellas en redes sociales".

Un problema de salud pública


Entre las posibles amenazas derivadas, el facultativo enumera "problemas de adicción y de exposición a contenidos violentos", especialmente en los más pequeños "que no están preparados para la visualización de determinados contenidos", así como la "génesis, mantenimiento y exacerbación de problemas de conducta alimentaria, problemas de sueño, problemas de depresión y de ansiedad". 

Más allá del ciberacoso o los trastornos de la conducta alimentaria, el psiquiatra alerta también de otras consecuencias menos visibilizadas. "Llama poderosamente la atención la comisión de delitos, acciones que los propios jóvenes no saben que son acciones delictivas", explica. Cita como ejemplo "intercambiar imágenes a través de redes sociales sin consentimiento de terceros" o participar en "discursos de odio". En este sentido, recalca que los menores "se están exponiendo a ser perpetradores y víctimas de delitos que se cometen por las redes sociales".

Diversos estudios apuntan además a un deterioro en los indicadores de bienestar psicológico en las generaciones más jóvenes. “Según muchos estudios, los jóvenes nacidos a partir de 2002-2003 tienen peores indicios de salud mental", afirma. Sin embargo, matiza que la evidencia aún no es exacta. "Muchos estudios se basan en cuestiones observacionales: mayor tiempo de uso, peores índices de salud mental. Pero nos falta concretar un poquito más cuáles son los mecanismos subyacentes que expliquen por qué se desencadenan estos procesos", observa.

A su juicio, la dimensión del fenómeno convierte la cuestión en un asunto colectivo. "Es una cuestión de salud pública en el sentido de que estamos poniendo a los menores en un escenario lleno de riesgos, es un campo de minas si no se regula bien", advierte, subrayando que los menores de 16 años son "bastante vulnerables y manipulables".

La clave: prohibir y educar


Por ello, el especialista valora positivamente los planes del Ejecutivo para poner coto a estas plataformas entre menores. "Me parece una medida bastante apropiada, ya que se basa en un un documento elaborado por un comité de expertos", señala. Aunque considera que "se podría haber aprobado antes", entiende que supone "un paso importante para reducir los índices de trastornos emocionales en los pequeños".

Para este psiquiatra, los 16 años suponen el umbral adecuado para establecer dicho límite ya que, a esa edad, "ya se tiene suficiente capacidad crítica y competencias para manejarse en este escenario". Retrasarlo hasta los 18, añade, podría suponer "una sobreprotección quizás excesiva".

Sin embargo, insiste en que "prohibir por sí solo no va a ser efectivo". Como analogía, recuerda lo ocurrido con el alcohol: "Se prohibió el consumo a menores de 18 años y no hemos conseguido que dejen de beber". A su juicio, si se aplican "prohibiciones todo el rato", puede generarse un efecto inverso al alimentar "esa tentación de lo prohibido" propia de la adolescencia. En definitiva, resume su planteamiento en una fórmula clara: "Hay que prohibir y educar".


Introducción progresiva y papel de la escuela


Entre las medidas concretas, propone una incorporación progresiva del móvil. "Si el joven quiere un teléfono, se le podría entregar a partir de los 14 años aplicando mecanismos de control parental", sugiere. En función del uso responsable, ese control podría ir reduciéndose hasta conceder "plena autonomía a los 16 años".

La educación digital, subraya, debe implicar tanto a familias como a centros educativos. "No todas las familias tienen los mismos recursos ni el tiempo para dedicarle a sus hijos con respecto a esto”, reconoce. Por ello, considera que el centro educativo "equipara y nivela", permitiendo proporcionar formación en competencias digitales "a todos los niños de todos los estratos".

El papel de los sanitarios


En este escenario, los profesionales sanitarios desempeñan también una función esencial. "Somos el primer estamento al que acude el joven y la familia cuando hay un problema de adicción o un trastorno emocional causado por las redes sociales", explica. Por ello, defiende que deben contar con la capacidad "para detectar, tratar u orientar", incluso en aquellos territorios donde no existan programas específicos.

El proyecto Pantallas de Valdecilla se sitúa así en la intersección entre prevención, intervención y acompañamiento familiar. Una respuesta sanitaria a un fenómeno que, como concluye el especialista, exige equilibrio: límites claros, educación en competencias digitales y una implicación conjunta de familias, escuelas, instituciones y profesionales de la salud.
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