15 nov 2018 | Actualizado: 15:45
Mar 28 abril. 21.40H
Seguro de sus cualidades para seguir siendo gerente en otro hospital, Mario González no ha tenido mayor inconveniente en reconocer que deja el área de Vigo por cansancio. Hay que tener mucha confianza en uno mismo, en tu prestigio profesional y en tu futuro laboral, para admitir que el cansancio, que bien puede interpretarse como síntoma de flaqueza, dirige tus decisiones. O quizá sea que González está cansado de verdad, agotado, que no lo puede ocultar ni seguir un momento más con la responsabilidad asumida hace dos años: el área de Vigo, lugar estratégico donde se dirime, desde hace años, la pugna social y profesional por saber qué tipo de sanidad quiere Galicia. Total nada.

Ser gerente en Vigo es como subir el Tourmalet continuamente durante 200 veces, dicen que explicó González, como para dar mayor verosimilitud a su explicación del cansancio. El símil ciclista, pirenaico y de alta montaña está llevado seguramente al límite, puesto que se da por sentado que tan alta responsabilidad ejerce un seguro desgaste, físico y psíquico, en quien la detenta, pero ello no parece razón suficiente para tirar la toalla. Ni acometer las tres grandes (Tour, Giro y Vuelta) en una misma temporada explicarían completamente el alcance de la decisión, que es preciso enmarcar en un plano más global, representativa del estado anímico de muchos directivos de la salud de este país, tras varios ejercicios agotadores donde han tenido que librar batallas con casi todos los agentes del sector y apenas han tenido aliados reconocibles.

Desde lejos, Vigo parece un lugar fronterizo, algo salvaje, combativo y atronador como la canción de Siniestro Total, hey, hey. Y Mario González parece todo lo contrario: bien parecido y educado, notable argumentador y mejor comunicador, diligente y riguroso en el ejercicio de su función. Habrá costado, por lo tanto, que la química funcione. Pero es que además ha habido muchos obstáculos de por medio: el traslado al nuevo hospital, la ubicación del laboratorio central, el reparto de población con Santiago, la unificación de servicios hospitalarios, la integración de la empresa pública Galaria, las huelgas de las urgencias del Meixoeiro  o las que intentaron detener el proyecto de áreas de gestión clínica, y hasta la renovación del concierto con Povisa.

Demasiada interferencia política para un perfil gestor, con experiencia en grandes hospitales de Asturias y de Aragón. Demasiado conflicto, un día sí y otro también, por obra y gracia de unas centrales sindicales especialmente combativas, que llevan sus quejas y reivindicaciones hasta las mismísimas puertas del Cielo. Demasiado ruido alrededor, que termina por alejarte de tu cometido, de tu aspiración profesional, de tu propósito por ser un directivo de salud más, centrado en las demoras, en las estancias medias y en el gasto por paciente. Demasiadas circunstancias como para no estar cansado de verdad.

Pero es que intuyo que el cansancio de Mario González es el de muchos otros, puede que casi todos, gerentes como él, que llevan años atrapados en el silencio de esos dos terruños tercamente separados: el de los políticos y el de los profesionales sanitarios. Los primeros no han tenido reparos en exigir el mayor ajuste presupuestario vivido nunca, sin renunciar por ello a mantener la misma calidad asistencial. Y los gerentes, cuales ilustres embajadores del supermercado Lidl y su más famoso lema (La calidad no es cara), parecen haberlo hecho posible.

Tampoco han encontrado mucho mayor apoyo en los profesionales sanitarios, que les han juzgado como los brazos ejecutores de una política infame, cortoplacista y sin imaginación alguna. Principio y fin de casi todos sus males. Sin saber, o sin querer enterarse, de que el gerente ha sido una víctima propiciatoria más de una situación que no ha habido más remedio que gestionar como buenamente se ha podido. En el mejor de los casos.

El cansancio solo es gratificante tras una buena vuelta de cinco o seis kilómetros en el que no solo mueves tus piernas y tu corazón, sino también tu cabeza. El cansancio laboral como el que ha llevado a Mario González a dejar una de las plazas más notables de la sanidad española es un mal síntoma de lo que el entorno puede llegar a hacer con un excelente profesional. Y es también una inquietante sospecha sobre el  (mejorable) ánimo de un colectivo que sigue siendo fundamental para el gobierno y la dirección de nuestro sistema sanitario. Si es que algún día les dejamos ejercer en libertad.