Redacción Médica
18 de julio de 2018 | Actualizado: Miércoles a las 14:55
Miércoles, 15 de abril de 2015, a las 22:43
La casualidad, el destino o la divinidad –depende de las creencias de cada cual- ha hecho coincidir en el tiempo el fallecimiento del histórico presidente de los farmacéuticos españoles, Pedro Capilla, con la repentina marcha de su sucesora, Carmen Peña, que parece más proclive a centrarse y concentrarse en su otra y no menos elevada responsabilidad: la Federación Internacional Farmacéutica. No es exagerado afirmar que con ambos líderes, la farmacia española cierra una página de su historia imposible de olvidar.

La imagen que de esta profesión tiene el resto del sector sanitario tiene mucho que ver con la particular manera de ser (y también de estar) de Pedro Capilla, un presidente que parecía y seguramente fue presidencialista, pero que en el fondo se caracterizó por la búsqueda permanente del consenso con los compañeros y de acuerdos posibles con los demás agentes, incluyendo a la Administración de turno.

Con intuición y habilidad, manejó a la profesión por un sendero de continuado ascenso profesional, lento pero seguro, sin posicionamientos de fuerza ni grandes reivindicaciones ni mucho menos pulsos de los que son frecuentes en otros colectivos (y más concretamente de sus representantes) que están en la mente de todos. Siempre atento a la estabilidad de su flanco económico, Capilla se esforzó por que el farmacéutico diera un paso más en el desarrollo de su lado profesional.

Capilla llegó al Consejo General en las postrimerías de los sesenta y por entonces la farmacia española era pobre y estaba descapitalizada. La amenaza era entonces la estatalización, es decir, convertir al farmacéutico en un funcionario del sistema. Además, la botica luchaba contra los prejuicios sociales, apoyados en un claro desconocimiento de su labor profesional dentro del sistema sanitario. Todo este escenario ha dejado paso, gracias a la labor emprendida durante estos más de 40 largos años, a una realidad más afortunada que, aunque presenta otros problemas, tiene un futuro mucho más esperanzador.

A la situación actual de crecimiento y ascendencia ha contribuido sin lugar a dudas la templanza y el aplomo de Carmen Peña, fiel representante de la escuela Capilla –no en vano trabajó a su lado como secretaria general- que ha terminado por superar al original. La todavía presidenta del Consejo General esquiva inteligentemente el cuerpo a cuerpo que sí buscan otros representantes, no sólo profesionales. Y en esa cautela con la que se ha movido en el sector durante estos seis años de presidencia ha estado en gran medida la clave de sus muchos logros, que parecían terminar por suceder casi por inercia, cuando en realidad tras su consecución se escondían horas y horas de trabajo constante, planificado y, a la postre, resolutivo.

El mejor ejemplo de esta capacidad para conseguir metas, no importa lo difícil que parezcan, lo dio Peña con su inopinado triunfo en las elecciones a la Federación Internacional, la misma institución por la que ahora apuesta hacia el futuro. Solo unas semanas antes de la votación, nada hacía pensar que la presidenta pudiera tener éxito en una tarea tan complicada como desconocida, en la que había que pulsar –y ganar- apoyos de países muy diferentes y aparentemente inaccesibles desde el punto de vista farmacéutico.

La decisión de Peña de echarse a un lado en el Consejo parece razonable desde el punto de vista institucional –el alcance de la Federación, que representa los intereses de unos tres millones de farmacéuticos en todo el mundo, está fuera de toda duda- y también profesional. Pero además es sana desde un punto de vista doméstico, porque, aunque comparado con Capilla, el periplo de Peña en el Consejo General parece corto, no lo es en absoluto, con una presidencia de unos seis años más otro período en la Secretaría General y en la Vocalía de Dermofarmacia.

Es bueno que las organizaciones sanitarias, y en esto los farmacéuticos vuelven a dar ejemplo, agilicen la rotación en sus puestos representativos lo que, a buen seguro, será prueba de capacidad y competencia de la propia profesión (como así consta en el caso del posible sucesor, Jesús Aguilar). Aunque con ello haya que pasar páginas que, como en el caso de Pedro Capilla y Carmen Peña, serán difícilmente repetibles.